La emoción torera de Curro Díaz marca el Domingo de Resurrección en una áspera tarde en Las Ventas
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El toreo, en su esencia más pura, es un ejercicio de verdad absoluta donde el alma queda al descubierto. La tarde en Madrid venía precedida por el doloroso trance personal de Curro Díaz, quien perdió a su padre y más fiel seguidor apenas dos días antes. En un gesto de hombría y compromiso con su profesión, el de Linares hizo el paseíllo en Las Ventas y dejó patente que, a veces, las penas se curan toreando.
El sentimiento a flor de piel de Curro Díaz
Esperaba Madrid a su torero con el corazón encogido, y el recibimiento tras el minuto de silencio fue de los que ponen los vellos de punta. Ante el abreplaza, un animal noble pero escaso de fuerzas, Curro dejó detalles de su inconfundible aroma. Un puñado de trincherazos con ese pellizco tan suyo sirvieron para arrancar los primeros oles de la tarde, saludando una ovación.
Pero lo mejor y más rotundo llegó con el cuarto, el toro de Martín Lorca que más se dejó hacer de todo el envío. La faena fue a más; el jiennense tragó quina cuando el toro amenazó con echar el freno, mostrándose entregado y firmísimo de plantas. Con el público totalmente volcado a su favor, hilvanó series de mucho calado, sacando a relucir su personal concepto. Tras una buena estocada que rubricaba la obra, asomaron los pañuelos pidiendo un trofeo que el presidente no concedió. A cambio, Curro dio una clamorosa vuelta al ruedo que supo a gloria bendita y a tributo hacia el cielo.
El imposible lote de Rafa Serna
El sevillano Rafa Serna llegaba a la primera plaza del mundo sabiendo lo mucho que se jugaba en este inicio de temporada, pero el azar en los corrales le jugó una mala pasada. Su primero fue un marmolillo defensivo, remiso a embestir y sin un ápice de entrega con el que era materialmente imposible construir una labor lucida.
En el quinto de la tarde, un astado que pareció tener algo más de transmisión en los primeros tercios, el trasteo de Serna no terminó de coger vuelo. Hubo voluntad e intentos por ambos pitones, pero el animal se vino a menos y la faena careció del eco necesario en los gélidos tendidos venteños. El silencio tras el uso de los aceros resumió el amargo trago de un torero sin opciones.
San Román, brutal firmeza sin recompensa
El mexicano Diego San Román cruzó el charco dispuesto a refrendar las buenas sensaciones que siempre deja en esta plaza. Con el capote anduvo lucido en su primero, un sobrero de Escribano Martín que salió descompuesto tras la devolución del titular. El queretano hizo gala de su ya habitual valor seco, esa verdad brutal de plantarse como un palo en terrenos donde queman las zapatillas. Hubo mucha entrega y disposición, tragando miradas, pero falló reiteradamente con los aceros y escuchó dos avisos.
Frente al sexto, que lució el hierro de Carmen Valiente, la historia siguió un guion parecido. Un astado carente de clase ante el que San Román volvió a apostar por la firmeza. Quiso imponer su ley robando muletazos de mérito, pero su labor no logró conectar con un tendido ya aburrido por el plomizo comportamiento general de la corrida.
Madrid cerró su Domingo de Resurrección con el sabor áspero de una corrida vacía de casta, salvada únicamente por el torero homenaje de un Curro Díaz que lloró por dentro mientras derramaba torería en el albero.
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