Illumbe cerró sus ojos : Talavante y Hermoso, custodios del último latido de la feria donostiarra
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Salió el primero de El Capea como quien duda entre la bravura y el silencio, con la incertidumbre prendida en los pitones. Pero Guillermo Hermoso, jinete de estirpe, lo recibió a lomos de “Jíbaro”, clavando un rejón de castigo en el sitio justo, como quien escribe el prólogo de una sinfonía de dominio. Con “Ecuador” se alzó la emoción. El doble quiebro, marca personal, fue ejecutado de poder a poder, como un duelo entre la elegancia y la fuerza. Las banderillas cayeron como relámpagos precisos, y el ruedo se convirtió en escenario de una danza antigua, donde el caballo y el toro se buscan y se respetan.
Llegó “Mouteiro”, y con él el clasicismo. Guillermo tejió dos banderillas en lo alto, bordadas con temple, como si el tiempo se detuviera para admirar la armonía entre jinete, caballo y toro. Cada movimiento fue una estampa, cada giro una página de arte. Para el epílogo, “Generoso” trajo la solemnidad. Dos rosas de exposición, como ofrendas al público, y un par de cortas a dos manos que sellaron la faena con maestría. El rejonazo, en lo alto y de efecto fulminante, fue el punto final de una obra redonda. Dos orejas de peso, ganadas con verdad y belleza.
El segundo de Zalduendo salió al ruedo con nobleza contenida, y José María Manzanares lo recibió con gusto y mesura. Las verónicas de saludo fueron de trazo limpio, como pinceladas sobre el albero, marcando el compás de una faena que prometía elegancia. En el caballo, Paco María dejó dos puyazos. El primero, más severo, sirvió para medir la entrega del toro, que se empleó. El segundo, más medido, confirmó que las fuerzas del animal serían un bien escaso. Aun así, el alicantino tomó la muleta con serenidad, y comenzó su obra con muletazos de trazo largo, alargando la embestida cuanto le permitió el toro, como quien intenta estirar el tiempo antes de que se desvanezca.
La faena fue un ejercicio de cuidado y temple. El toro, justo de fuerzas, amenazaba con caer a cada paso, y Manzanares lo sostuvo con muletazos a media altura, cadenciosos, envolventes, como si lo meciera en un vaivén de terciopelo. Los naturales, sinceros y breves, fueron reflejo de la verdad del momento: el toro no daba para más, pero el torero sí. La estocada, en el estilo puro de Manzanares, fue un golpe seco y certero, como un broche de oro a una faena de pulso y tacto. El público, agradecido por la entrega y la estética, pidió y obtuvo una oreja, justa y sentida. Oreja.
Al tercero de la tarde lo recibió Alejandro Talavante con tijerinas que rompieron el aire y verónicas que lo remataron con temple, como quien escribe el primer verso de un poema. El toro de Zalduendo, de bravura contenida, se dejó lancear con nobleza. En el caballo, Manuel Cid dejó dos puyazos justos, sin excesos, midiendo la condición del animal. Talavante brindó al público, como quien ofrece su alma en cada muletazo. Se fue a los medios y, de rodillas, comenzó su faena con derechazos largos, hondos, demostrando que el toreo puede ser profundo incluso desde la tierra. Fue un inicio vibrante, de esos que despiertan el silencio reverente de los tendidos.
Ya en pie, la faena tomó el pulso de su torero. Los naturales, marca de la casa, surgieron de esa mano izquierda enfundada en misterio y verdad. Con ellos sostuvo las fuerzas del toro, que amagaba con venirse abajo pero encontraba en la muleta un refugio de cadencia. Sin ayuda, Talavante hiló muletazos medidos, precisos, evitando que el animal se derrumbara, pero sin renunciar al arte. El final llegó con un desplante desarmado, de esos que no necesitan espada ni gesto, porque hablan por sí solos. Con la tizona, dejó un espadazo trasero, suficiente para que el público pidiera una oreja, que le fue concedida como reconocimiento a una faena de sensibilidad y pulso contenido.
El cuarto de la tarde, de El Capea, irrumpió en el ruedo donostiarra como negado al arte del rejoneo, sin intención de embestir, sin entrega, como si desafiara al jinete a ganarse cada centímetro de faena. Pero Guillermo Hermoso, curtido en batallas a pesar de su juventud, lo enfrentó a lomos de “Nómada” y le colocó dos rejones de castigo de poder a poder, como quien impone respeto en medio de la indiferencia. Las banderillas fueron territorio exclusivo de “Berlín”, ese caballo lusitano que no sólo ejecuta, sino que interpreta el toreo a caballo con una plasticidad que roza lo sublime. Ante un toro que embestía a trompicones, sin ritmo ni entrega, “Berlín” ofreció una lección de lidia, de elegancia y de exposición. Se metió hacia los adentros con hermosinas de bella factura, dejando cuatro banderillas en lo alto, como estandartes de una faena construida desde la verdad y la inteligencia.
Para cerrar, Guillermo sacó a “Generoso”, con el que dejó un rejonazo, seguido de un certero golpe de verduguillo que puso fin a una faena de mérito. Porque ante un toro que no regaló nada, el rejoneador tuvo que hacer todo, y lo hizo con pulso, con riesgo y con verdad. La oreja que recibió fue de peso, como reconocimiento a una obra lidiadora que exigió oficio.
El quinto de Zalduendo salió al ruedo con presencia justa, sin ofrecer opciones para el lucimiento de capa. José María Manzanares, consciente de las limitaciones del astado, optó por la sobriedad en el saludo. En el caballo, Juan Carlos Sánchez dejó dos puyazos sutiles, medidos, como quien sabe que no hay fuerza que desperdiciar. El tercio de banderillas fue de alto nivel, con Diego Vicente brillando en dos pares de exposición que le valieron el saludo montera en mano. En un gesto de torero completo, Manzanares tomó el capote y lidió personalmente al toro, marcando el pulso del momento.
Con la muleta, la faena comenzó con una tanda extraordinaria de derechazos en redondo, de gran importancia, donde el alicantino mostró su dominio y estética. Los naturales brotaron con cadencia hasta que el toro, escaso de entrega, comenzó a buscar las tablas, negándose a seguir la franela. Manzanares, entonces, reestructuró la faena sobre el pitón derecho, tratando de taparle la salida, de mantenerlo en la pelea, aunque incluso por ese lado el toro se fue en ocasiones, dejando claro que no quería más. El final fue en cercanías, en redondo, con un cambio de mano de gran gusto, como broche de una faena construida con inteligencia y pulso. La estocada, recibiendo, quedó algo trasera, y el torero falló con el descabello en una ocasión, acertando a la segunda. La oreja que recibió fue justa, premio a una labor de torero curtido, que supo sacar lo poco que había y vestirlo con elegancia. Oreja.
El sexto de Zalduendo, bien presentado y con aire de lo cercano a lo que requiere San Sebastián, fue recibido por Alejandro Talavante con verónicas templadas, de trazo limpio, como quien acaricia el viento con la capa. En el caballo, Miguel Ángel Muñoz dejó dos puyazos justos, sin excesos, midiendo la condición del astado. En banderillas, Manuel Izquierdo brilló con dos pares de exposición que le valieron el saludo montera en mano, cerrando un tercio de gran nivel. Con la muleta, Talavante comenzó por estatuarios, los mejores muletazos de la tarde. Sobrios, firmes, ajustados al albero como si el torero estuviera clavado en la arena, sin moverse ni un ápice. Fue un inicio de gran impacto, donde el silencio del ruedo se convirtió en respeto. En los medios, dejó dos tandas de derechazos de buen trazo, llevados hasta el final de la cintura, ante un toro que ofrecía nobleza pero carecía de transmisión, como si su embestida no llegara del todo al tendido.
Los naturales fueron por abajo, con gusto y cadencia, mostrando el toreo pausado y elegante que caracteriza al extremeño. Para cerrar, Talavante recurrió a las bernardinas, ajustadas y limpias, como epílogo de una faena medida y estética. La estocada, algo caída, fue suficiente. Sonó un aviso, pero el público pidió las dos orejas, y fueron concedidas, faena de impacto. Dos orejas.
Corrida Mixta :
San Sebastián (Guipúzcoa):
Entrada : Menos de media plaza.
Toros : El Capea (1º y 4º) y Zalduendo (2º,3º,5º y 6º).
– Guillermo Hermoso de Mendoza : Dos orejas y Oreja.
– José María Manzanares : Oreja y Oreja.
– Alejandro Talavante : Oreja y Dos orejas tras aviso.
Fotografías : BMF Toros.
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