Volvió a morir para volver a vivir : Urdiales resucita en Bilbao como solo él sabe

Última actualización: 30 de agosto de 2025Por

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El primero de Garcigrande, bien armado, no concedió lucimiento en la capa. Pedro Iturralde administró dos puyazos medidos, en el sitio, como quien sabe que el toro no necesita castigo, sino respeto. No hubo brindis, pero sí intención. Diego Urdiales, sin alardes, comenzó por bellos trincherazos por abajo, y entonces Bilbao volvió a cantar “olé”, como quien reconoce en el silencio el eco de la torería.

El riojano se gustó en el inicio, y en los medios la faena tomó estructura. El de Garcigrande repetía, aunque con embestida incierta, con tornillazos al final del trazo que buscaban la hombrera. Pero Urdiales tragó, como quien no se amilana ante la duda, y justificó su presencia en Bilbao con la verdad por delante. La faena no fue redonda, pero sí honesta. Cada muletazo fue una declaración de fidelidad a su concepto, cada gesto, una forma de decir que el toreo no siempre necesita brillo, sino convicción. Y cuando dejó el espadazo —sublime, seco, certero— la plaza supo que había visto algo más que una faena : había visto a Urdiales ser Urdiales.

Vuelta al ruedo tras petición. Porque en Bilbao, cuando se torea con el alma, el reconocimiento no se mide por trofeos, sino por respeto.

El segundo de Garcigrande, bien presentado, negó el saludo de capa. Alejandro Talavante, sobrio, lo aceptó sin alarde. En varas, Miguel Ángel Muñoz dejó dos puyazos, el segundo más severo, en el sitio, como quien mide con precisión el pulso de lo incierto. Borja Jiménez, en el quite, bordó chicuelinas ceñidas y remató con una media verónica que fue suspiro.

Sin brindis, Talavante comenzó por abajo, como quien quiere hablarle al toro desde la raíz. En los medios, los derechazos fueron largos, hondos, pero al final del trazo el toro soltaba la cara, como quien se va sin atender al viaje. Por el izquierdo, la dificultad se hizo evidente, y el torero tuvo que estructurar todo por el derecho, donde el animal embestía cada vez con más descomposición.

Y sin embargo, Talavante hilvanó muletazos con hondura, con ese temple que no se impone, se ofrece. Fue metiendo al toro en la canasta, como quien construye belleza con lo que se deshace. Y cuando la faena alcanzó su altitud, se fue a por la espada, como quien sabe que ya todo está dicho. Cerró con manoletinas ceñidas, de las que cortan el aire. La estocada contraria hizo guardia, la segunda cayó en el sitio. Silencio tras aviso.

El tercero de Garcigrande, de tremenda amplitud de pitones, salió al ruedo como si quisiera imponer respeto desde la mirada. Borja Jiménez lo recibió a porta gayola, gesto ovacionado con fuerza, más aún por el eco reciente de su triunfo histórico. Luego, dos faroles de rodillas, templadas verónicas y una chicuelina que hizo vibrar Bilbao. La plaza se puso en pie, batida en palmas, como si el aire se llenara de promesa.

El paso por el peto, a cargo de Vicente González, fue medido, pero el toro empezó a perder las manos. Se pidió el pañuelo verde, pero el presidente no lo concedió. Borja, fiel a su entrega, brindó al público y se puso de rodillas en los medios, donde recibió al toro con una tanda de derechazos que fueron declaración de intenciones. El toro era pronto, se arrancaba con rectitud, y Jiménez le endosó derechazos sublimes, rematando por arriba para sostener la embestida. Los naturales fueron curvilíneos, sentidos, con ese corazón que no se enseña, se tiene. Pero el toro dijo basta. Con cinco tandas encima, se apagó. Y Borja, sabio, fue a por la espada, consciente de que no hay agua si no se puede abrir el grifo. Media estocada válida para hacer caer al de Garcigrande. Silencio.

El cuarto de Garcigrande salió protestado por su presencia, sin dar espacio al lucimiento de capa. En varas, Manuel Quinta dejó dos puyazos fuera de la ralla, duramente pitados por un público que no perdona la falta de rigor. Talavante quitó por chicuelinas templadas, como quien intenta devolver el pulso a la tarde. Y entonces apareció Diego Urdiales. Brindó al público, como quien sabe que lo que está por venir no es faena, sino comunión. Inició por ayudados por alto, y en los medios el toro se convirtió en manantial de embestidas limpias. Urdiales giró sobre su pierna izquierda, eje de una faena tejida con temple, con gusto, con esa barbilla encajada en el pecho que no es postura, sino convicción.

Y de pronto, como una tormenta de verano, llegaron los naturales. No fueron pases, fueron revelaciones. Toreó con una naturalidad casi asombrosa, como si el toreo le brotara de la piel. Fusión de misticismo y templanza en cada trazo. Bilbao en pie, rendido, como quien reconoce que en esa plaza manda él. Los derechazos fueron estoicos, pararon el tiempo. El blanco y negro de la arena se volvió fotografía antigua, y Urdiales, torero de otra época, volvió a ser presente. Cerró con naturales a pies juntos, y uno con la pata adelante que recordó a De Paula. Hasta los areneros se quitaron la boina, como quien se quita el sombrero ante la torería.

Desde la galería se escuchó un grito: “¡Qué grande eres, Diego!”. Tres segundos después cayó la estocada, tremenda, fulminante. Matías sacó las dos orejas de golpe. Y Urdiales, con la sonrisa de quien sabe que ha vuelto a tocar el alma de Bilbao, se fue por las dos orejas y no las soltó en toda la vuelta al ruedo. Impresionante. Porque hay toreros que torean, y hay toreros que resucitan. Y en Bilbao, Diego Urdiales siempre vuelve a ser eterno.

El quinto de Garcigrande fue recibido por Alejandro Talavante con tijerinas de bella expresión, como quien abre el telón con un gesto de arte. En varas, Manuel Cid dejó dos puyazos medidos, y el extremeño brindó a Diego Urdiales, como si la faena fuera también un homenaje entre toreros de alma.

Empezó de rodillas en el tercio, como quien se entrega desde el suelo para elevar el toreo. En los medios, los derechazos fueron largos, templados, pero lo mejor vino por naturales, donde Talavante se metió en los pitones, rozando la espinilla, como si el cuerpo no tuviera miedo. En uno de esos desplantes fue prendido, sin aparentes consecuencias, y se levantó como quien no se resigna a la prudencia. Y entonces cruzó más aún la línea. Derechazos con la barbilla encajada, naturales sin ayuda, cerquísima, como si el toreo fuera también desafío. Remató con un desplante desarmado, de esos que no se ensayan, se sienten. Bilbao se puso en pie, rendido ante el valor sin precedentes, como quien reconoce que hay gestos que no se pueden medir, sólo admirar.

La estocada cayó en el sitio, fulminante. Oreja para el torero que toreó con el cuerpo, con el alma, y con esa temeridad que no busca el aplauso, sino la verdad.

El sexto salió con la tarde ya caída, y Borja Jiménez lo esperó a porta gayola como quien se juega algo más que la vida: la fidelidad a sí mismo. Fue un saludo de pecho abierto, de actitud sin fisuras. En varas, Tito Sandoval dejó dos puyazos medidos, sin alardes, como quien sabe que el toro ya tiene cita con otro destino.

Con la muleta, Jiménez se puso pronto y firme, en redondo, en el tercio, y los derechazos brotaron limpios, hondos, como si el tiempo se detuviera en cada giro. En los medios, cambió de mano y el toreo se volvió más íntimo, más tenso: por el izquierdo, el toro se revolvía sabiendo dónde estaba el torero, y Borja, muy encima, muy cerca, no cedía ni un palmo. Los naturales fueron de riñones encajados, citando desde lejos, con esa verdad que no se grita, se demuestra. Cerró por manoletinas, como quien firma con sangre su compromiso. Media estocada bastó para que el toro se echara. Y la ovación, más que premio, fue reconocimiento: a la entrega, al valor, a la actitud que no se negocia.

Corrida de Toros :
Bilbao (Vizcaya):
Entrada : Tres cuartos de plaza.
Toros : Garcigrande : De buena presencia y juego variado.
– Diego Urdiales (Que sustituía a Morante de la Puebla): Ovación con saludos tras petición y Dos orejas.
– Alejandro Talavante : Silencio y Oreja.
– Borja Jiménez : Ovación y Ovación.
Por Aitor Vian.
Fotografías : Philippe Gil Mir (haz clic para ver la galería completa).
Bilbao 22-08-2025 vespertina

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