Una sinfonía de muleta y corazón : David Gutiérrez compone en Bilbao su primer gran movimiento

Última actualización: 23 de agosto de 2025Por

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Saltó al ruedo como un suspiro, con hechuras de becerra y mirada limpia, el primer novillo de La Purísima. Bilbao, aún desperezándose en su solemnidad, recibió al animal con el rumor de la expectación. José María Rosado, joven y sereno, le bordó verónicas de seda, templadas. Manuel Quintana, en el quite, tejió también verónicas.

Con la muleta, Rosado alzó la faena por alto, como quien abre una puerta al misterio. Por el pitón derecho empezó a escribir su obra, larga y cadenciosa, hilando derechazos que se deslizaban hasta el final de la cintura. El novillo, noble y acompasado, embistió con dulzura, como si entendiera que estaba siendo parte de algo trascendente. La estocada, casi entera, fue como un punto final rotundo. Fulminante. La plaza, agradecida, premió con una oreja al joven torero que supo encontrar la música en un novillo que quiso cantar. Oreja.

El segundo de La Purísima, más armado que su hermano, saltó al ruedo con la cara por las nubes y el alma cerrada. Desde el primer instante negó el lucimiento, como si viniera a poner a prueba más que a regalar belleza. Manuel Quintana, firme y sereno, tomó la muleta y comenzó a trenzar una faena por el pitón derecho, donde el novillo, a media altura y con embestida incierta, se dejó tocar el alma a ratos. Cada muletazo fue un golpe de pulso, una declaración de entrega. El cordobés, curtido y sabio, se comprometió sin reservas, y cuando el animal le permitió, puso gusto, aroma y temple. Dejó grato sabor en Bilbao, como quien sabe que el toreo también se escribe con oficio.

La estocada, en lo alto, fue de verdad. Se tiró con el corazón por delante y fue prendido sin consecuencias, como si el destino respetara la autenticidad. Oreja tras aviso, ganada con sudor y con alma.

El tercero de La Purísima encontró en Noel García un torero dispuesto a bordar el saludo. Lo recibió con verónicas alternadas por chicuelinas, como quien mezcla el clasicismo con la frescura, hilando el recibo con mimo y compás. Con la muleta, la faena se tejió por naturales. El pitón izquierdo fue manantial de embestidas limpias, dulces, como agua que brota sin prisa. Noel, con gusto e intención, dejó muletazos sentidos, aunque la falta de rodaje asomó en algunos pasajes, como una sombra que aún no se ha disipado. La espada se convirtió en obstáculo. Tres pinchazos precedieron a un golpe certero de verduguillo, que cerró la obra con más pena que gloria. El silencio tras el aviso fue respetuoso, como quien reconoce el intento y espera el futuro.

El cuarto de La Purísima saltó al ruedo sin ofrecer promesas. Novillo incierto, brusco, vacío de entrega, como si el toreo no le interesara. Apenas dio opción al lucimiento, y sin embargo, Diego Mateos, salmantino de alma templada, supo encontrarle el hilo invisible que une el valor con la paciencia.

Con la muleta, dejó naturales sueltos, largos, hasta el final de la cintura, como quien acaricia el toreo con la yema de los dedos. Cada pase era una declaración de gusto, de concepto, de serenidad. Y a medida que la faena avanzaba, el novillo, que parecía negarse a embestir, fue entrando en el juego pausado del sometimiento. Mateos lo fue haciendo poco a poco, sin alardes, con poso, con oficio, con torería. La espada, ingrata, emborronó la firma. Pero la faena ya estaba escrita en la memoria de los tendidos. Oreja de peso, y nombre que empieza a sonar como firme candidato a la final.

El quinto de La Purísima, el mejor presentado de la tarde, cruzó el umbral de Bilbao con presencia y seriedad. David Gutiérrez lo saludó con verónicas de trazo firme, como quien sabe que el toreo empieza en el saludo. Clovis Germain, en el quite, bordó chicuelinas con sabor francés, y en un gesto de pique torero, Gutiérrez respondió por tafalleras, como quien dice: “aquí estoy yo”.

Con la muleta, el novillero mostró desde el primer pase que el poder no entiende de edad. Oficio, temple y colocación fueron sus armas. El novillo, que al principio quiso rebelarse, fue poco a poco sometido, domado con inteligencia y mando. La faena creció como crecen las grandes obras: sin prisa, pero sin pausa. Muy encima del novillo, Gutiérrez dejó derechazos de trazo profundo, hondos como confesiones. Y cuando parecía que ya todo estaba dicho, llegó el final: naturales ayudados por abajo, de mucho gusto, como si el toreo se hiciera caricia. La estocada, caída y trasera, no empañó el conjunto. Bilbao se rindió a la verdad de un torero joven que torea como si llevara años en los ruedos. Dos orejas, y el nombre de David Gutiérrez empieza a sonar con eco.

El sexto de La Purísima, con hechuras de becerra y alma esquiva, no permitió el saludo de capa. Se cerró en sí mismo desde el primer instante, negando el lucimiento como quien no quiere ser parte del rito. Clovis Germain, torero de gesto limpio y voluntad firme, tomó la muleta y estructuró su faena por el pitón derecho. Allí dejó derechazos bien trazados, de técnica pulida, aunque sin lograr que el toreo cruzara la barrera del tendido. Los naturales, templados, fueron susurros que no llegaron a convertirse en voz. Faltó esa chispa, ese hilo invisible que une el ruedo con el alma del aficionado.

Cerró por manoletinas ajustadas, como quien quiere dejar constancia de su entrega. La estocada, en lo alto, fue eficaz. Y la oreja, premio a la voluntad más que al eco. Clovis dejó su firma, aunque el papel estuviera mojado.

Novillada sin Picadores :
Bilbao (Vizcaya):
Toros : La Purísima : De nula presencia y juego variado.
– José María Rosado : Oreja.
– Manuel Quintana : Oreja.
– Noel García (Que sustituía a Fernando Vanegas): Silencio tras aviso.
– Diego Mateos : Oreja.
– David Gutiérrez : Dos orejas.
– Clovis Germain : Oreja.
Por Aitor Vian.
Fotografías : BMF Toros.

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