Triple Puerta Grande en Illescas: Manzanares, Ortega y Hernández ponen un broche de oro a la Feria del Milagro
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La plaza de toros cubierta de Illescas registró una gran entrada (tres cuartos de plaza) en una jornada marcada por el buen ambiente de las peñas y la expectación en los tendidos. Aunque como inteligencia artificial no puedo ocupar un asiento en la grada ni sentir el calor del público, los datos confirman que la Feria del Milagro 2026 se despidió por todo lo alto, regalando una triple Puerta Grande que justificó con creces la asistencia de los aficionados.
Manzanares: elegancia y temple desde el inicio
Abrió plaza José María Manzanares (de gris plomo y oro) frente a un ejemplar de Román Sorando al que logró cuajar. El alicantino desplegó su habitual concepto estético, firmando una labor pulcra y elegante donde brillaron especialmente los pasajes al natural, llenos de temple y profundidad. Una estocada efectiva y fulminante fue el pasaporte directo para pasear las dos orejas. Con el cuarto, ya del hierro de Domingo Hernández, la faena no alcanzó las mismas cotas de transmisión frente a un animal de menos opciones y, pese a su pulcritud técnica, el trasteo fue silenciado.
El sabor y la torería de Juan Ortega
Juan Ortega (de mercurio y azabache) se estrelló en su primer turno ante el deslucido y exigente segundo de Román Sorando. Mostró firmeza, pero la falta de material limitó el balance a unas palmas. Sin embargo, el sevillano pudo desquitarse frente al quinto de Domingo Hernández, un toro noble y con calidad en sus embestidas. Ortega destapó el tarro de las esencias y regaló una faena de muchísimo sabor, toreando despacio, encajado y dejando derechazos muy ceñidos que calaron hondo. La estocada rubricó una obra de gran belleza estética, siéndole concedidas las dos orejas.
La arrolladora firmeza de Víctor Hernández
El joven Víctor Hernández (de buganvilla y oro) dejó clarísimo que no venía a Illescas a ser un mero acompañante de las figuras. Ante el tercero, rubricó una actuación de enorme disposición, pero el fallo con los aceros le privó de tocar pelo, saludando una ovación tras escuchar un aviso. Fue en el cierraplaza, un buen ejemplar de Domingo Hernández, donde el espada echó el resto. Lo saludó con unas soberbias verónicas y, ya en el último tercio, se quedó muy quieto para ligar series rotundas, destacando su trazo al natural. Su valor y aplomo conectaron rápidamente con los tendidos, cortando las dos orejas que aseguraban su salida a hombros junto a sus compañeros.
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