Tarde de almas desnudas : Rafaelillo, la firmeza herida ; Castilla, la temeridad serena

Última actualización: 13 de julio de 2025Por

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Desde los toriles emergió el primero de la tarde, ejemplar de José Escolar que impuso respeto desde el primer instante: 600 kilos de seriedad, alto y fibroso, con expresión de los que no se entregan. En el tercio fue recibido de hinojos con larga cambiada de mérito, y desde entonces dio señales de que no habría concesión ni humillación. Agustín Collado administró el castigo en varas con templanza y saber, dejando buenos puyazos que midieron la bravura sin quebrar del todo la fiereza del astado. Con la franela vino la confirmación: el toro exigía sitio, mando y dominio. Rafaelillo, curtido en lides duras, desplegó facultades lidiadoras. La colocación se volvió imperativo absoluto, y cada muletazo hubo de ser un trazo aislado, pues el toro negaba la ligazón con sus embestidas secas, rematadas con la cara por las nubes. Por el pitón derecho se vio alguna oportunidad; por el izquierdo, la dificultad se tornó áspera. Y sin embargo el murciano, firme en su empeño, se plantó sin titubeos, siempre vigilante, porque el Escolar sabía muy bien dónde estaba el torero. Faena de mérito ante un enemigo de exigencia mayor. El cierre vino con macheteo sobrio y a por la tizona. Un pinchazo bajo precedió a una estocada que cayó casi entera. El respetable, conocedor del esfuerzo y del temple, tributó al torero cerrada ovación.

Saltó al ruedo el segundo ejemplar, con hechuras serias y trapío digno de plaza de primera. Lo saludó Robleño llevándolo por abajo, imprimiendo temple en alguna verónica suelta, en una toma de contacto que evidenció mayor humillación que la mostrada por el primero. El Legionario ejecutó la suerte de varas con rigor, puyazos recios y en el sitio justo, midiendo al astado sin concesiones. En quites, Juan de Castilla mostró arrestos al lancearlo con el capote a la espalda, gesto de valentía que caló en el tendido. Cumplida fue la lidia de Iván García en el tercio de banderillas, con eficacia y orden. La faena muleteril la inició Robleño por doblones de trazo hondo, marcando terreno y sometiendo desde abajo. El toro no regalaba nada, pedía colocación exacta, y por el pitón derecho permitió al madrileño ligazón por momentos, siempre que la muleta se quedara en la cara y el trazo fuera largo y bien tapado. En uno de los cites faltó colocación, y el burel, avisado, lo cobró al instante. Por el izquierdo, Robleño intentó e incluso logró robar naturales de mérito singular, ayudado por su firmeza y torería. El madrileño tiró la moneda al aire y exprimió cuanto tuvo el animal, llevando siempre muy cubierta la embestida y evitando las brusquedades del astado. Se tiró a matar con resolución: un pinchazo delantero precedió a una estocada levemente trasera. El público valoró el esfuerzo y la entrega, y respondió con ovación sentida.

Saltó al ruedo el tercero, de imponente alzada y encornadura seria, mirada que imponía respeto. Lo recibió Juan de Castilla con buen hacer capotero, dejando verónicas de ajuste y temple que supieron conectar con la plaza. En varas, Iván García dejó dos puyazos breves, medidos en castigo, administrando con tino. El colombiano brindó al público con gesto sincero, y la faena comenzó con gesto de épica: se puso de hinojos en los medios, y allí, con hambre de gloria, se fue hacia el toro que reculaba, sacando derechazos de rodillas de generosa longitud. La embestida del Escolar traía picante, transmisión y mucha verdad. El torero se metió entre pitones con una entrega sin reservas, guiando las acometidas con firmeza y gran actitud. Cada muletazo fue una afirmación de valor y de voluntad, frente a un toro bravo y correoso que exigía mando y corazón. Cerró por manoletinas ceñidas, donde se rozó el límite entre el arte y el drama. Al entrar a matar, se tiró encima del toro con decisión, pero pinchó, y el de Escolar le lanzó el pitón directo al pecho, milagrosamente sin encontrar carne. Se levantó con entereza, contempló el lugar donde la cornada pudo haber tenido eco, y en acto casi simbólico, dejó una estocada algo tendida pero de fulminante efecto. El público, arrebatado por la emoción y la entrega, pidió trofeo: cayó la oreja con justicia. Faena de alto voltaje y corazón abierto.

Con sobriedad y sin alardes capoteros se presentó el segundo de la lidia de Rafaelillo, un toro de presencia imponente, con dos pitones como puñales de acero, que imponían respeto desde cualquier ángulo. En el caballo, Daniel López ejecutó buenos puyazos, dosificando con mesura el castigo a tan serio oponente. Rafaelillo brindó al público con el corazón por delante, gesto de torería añeja. Lo recibió de rodillas en el tercio, mostrando esa mezcla de valor y veteranía que define a los toreros curtidos. En los medios, el toro sacó clase y nobleza, y el murciano le compuso una faena templada, llevándolo largo y ligando con oficio. Pero el destino tejió una encrucijada: el astado, que hasta entonces había colaborado, prendió al torero por la taleguilla, rompiéndosela, obligándole a despojarse de la chaquetilla en pleno fragor. A partir de ahí el toro se transformó, se hizo más difícil, más exigente, y Rafaelillo tuvo que tirar de toda su hondura torera. Tragar saliva, y ponerse. Ya tocado por el percance, sacó fuerzas de lo hondo para mantenerse firme ante un toro que no concedía y ante un cuerpo que empezaba a resentirse. Dejó una estocada tendida, pero de efecto suficiente. Al término, se sentó en el estribo, dolido, y salió a saludar entre lágrimas de dolor, arropado por una ovación cálida y sincera desde el tercio. La oreja, en esta ocasión, no fue sólo al toreo. Fue al coraje, al aguante y al alma que Rafaelillo dejó entre las tablas. Se fue directo a la enfermería.

Volvió a abrirse el portón de los sustos y, como si la tierra temblara, salió otro tren de José Escolar, 600 kilos de seriedad y respeto, esta vez para Fernando Robleño. No hubo lucimiento capotero, pues el toro se impuso en presencia y temperamento desde el primer instante. Pedro Iturralde, en el peto, dejó buenos puyazos, medidos y en sitio, templando con técnica el torrente que traía el astado. Robleño, antes de tomar la muleta, brindó a su madre en directo por los micrófonos de One Toro, en un momento de emoción íntima que impregnó la faena de sentido humano. Con la franela en mano, el madrileño comenzó a hilvanar muletazos de gran corte, mostrando su clase y torería curtida. Por el pitón izquierdo dejó los naturales más destacados de la tarde, hondos y sentidos; por el derecho, los derechazos fueron de factura sublime, templados y largos, con Pamplona rendida ante su oficio. El toro, bravo y con emoción, sacó raza y mantuvo el interés hasta el final. Robleño puso todo su conocimiento al servicio de una faena que respiró autenticidad. Sin embargo, con la espada no tuvo fortuna: pinchó en varias ocasiones, y lo mismo ocurrió con el descabello. Pese a ello, la plaza premió la entrega, el aroma clásico y el poso de torero grande. Ovación cerrada para Robleño, en reconocimiento a una labor de altura frente a otro ejemplar exigente.

Salió el sexto de José Escolar, bien armado y con expresión reservada. Juan de Castilla lo recibió llevándolo a los medios, ganando los adentros sin alarde pero con firmeza. El primer puyazo, trasero y deslucido, fue ejecutado por Teo Caballero, que no logró que el toro se empleara; el segundo, con mismo resultado, dejó entrever la escasa voluntad del astado. Ya en los medios, el colombiano lo citó con determinación, pero pronto se hizo evidente que aquello no era un toro al uso. De celo, apenas lo justo; de bravura, ninguna señal. Castilla intentó, insistió, se metió con él por todos los caminos posibles, sin encontrar respuesta. Fue un toro que ponía a prueba no sólo el oficio, sino la paciencia y el temple del torero. Cuando llegó el momento supremo, la faena se tornó en drama. El toro se volvió imposible, negando el cite, desentendido de la lidia como si no perteneciera al rito. Juan dejó una estocada delantera sin efecto y otra casi entera, que tampoco tumbó al animal. Por momentos, pareció invencible en su mansedumbre. Finalmente, como si se rindiera a su propio desencuentro, el toro se echó al suelo, y Rafi Goria estuvo certero con la puntilla. Ovación tras aviso, más por el esfuerzo del torero que por lo ofrecido por un astado sin entrega.

Corrida de Toros :
Pamplona (Navarra):
Entrada : Lleno.
Toros : José Escolar : De excelente presencia y juego variado.
– Rafaelillo : Ovación y Oreja.
– Fernando Robleño : Ovación y Ovación.
– Juan de Castilla : Oreja y Ovación tras aviso.
Fotografías : Emilio Méndez / Suerte Matador.

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