Sin brújula ganadera, Zulueta marca el norte del toreo en Vista Alegre

Última actualización: 26 de agosto de 2025Por

¡Comparte esta historia!

El primero de la tarde, de hechuras serias y mirada noble, encontró en Sergio Sánchez un torero dispuesto a abrir la puerta grande del alma. Lo recibió de rodillas, como quien reza con el capote, dejando tres verónicas de gran dimensión, bordadas con el hilo del valor, pues fueron de hinojos.

En varas, el novillo empujó con bravura al peto de Álvaro Marrón, que fue derribado en el primer encuentro. El segundo puyazo, más medido, completó el rito. Javier Zulueta, en el quite, dejó delantales templadísimos, como caricias al viento.

Sánchez brindó al público y comenzó la faena por estatuarios, cambiándoselo por la espalda con una quietud que cortaba el aliento. No se movió ni un ápice: el toreo detenido, el tiempo suspendido. En los medios, hilvanó una tanda de derechazos limpios, donde todo fue a favor del novillo, noble pero tardo en los cites. El extremeño, sobrado de facultades, construyó una faena de mando y serenidad, sobre todo en los derechazos en redondo, que fueron lección de dominio y compás.

Cerró por bernardinas ajustadas, y aunque el metisaca precedió a una estocada en el sitio, la obra ya estaba escrita. Ovación con saludos tras aviso, como reconocimiento a una faena que dejó poso.

El segundo de La Purísima encontró en Javier Zulueta un torero tocado por la gracia. El recibo, de verónicas y chicuelinas de extrema cadencia, rozó lo sublime, como si el capote se deslizara sobre un pentagrama invisible. Chocolate, en varas, dejó dos puyazos sutiles, como quien no interrumpe la música sino que la acompaña. Martín Morilla, en el quite, bordó chicuelinas de buen corte, y el aire se llenó de aroma clásico.

Zulueta brindó al público y clavó la rodilla en la arena, iniciando por ayudados por alto que brotaron con cadencia y buen hacer. Los trincherazos fueron soberbios, como versos que se deslizan sin ruido pero con hondura. Bilbao se batió en palmas, rendido ante la inspiración de un torero que tiene mucho que contar.

Los naturales fueron de una naturalidad al alcance de pocos, templados como suspiros que se alargan. Los derechazos, hasta el final, tuvieron el perfume del clasicismo más puro. La estocada, de gran ejecución, tardó en hacer caer al novillo, pero la faena ya había calado. Oreja tras aviso, y el nombre de Zulueta quedó escrito en la memoria de los tendidos.

El tercero de La Purísima, bien presentado y con aire de respeto, fue recibido por Martín Morilla con verónicas de trazo firme, como quien quiere dejar claro desde el saludo que el toreo es cosa seria. En varas, Santiago Chamorro dejó dos puyazos, el primero más severo, marcando el compás de una lidia que pedía verdad.

Morilla brindó al público y se fue al novillo con el alma por delante. Muy encima, arrollador, construyó una faena con corazón y entrega, robándole muletazos sueltos de gran factura, como quien arranca belleza de donde apenas hay materia. Los derechazos fueron notables, y la faena, medida, sin alardes ni excesos, como quien sabe cuándo detener el verso.

La espada, ingrata, se convirtió en sombra. Un pinchazo y una estocada casi entera precedieron a cinco intentos con el descabello. La ovación tras dos avisos fue más reconocimiento que celebración, pues al acertar con el descabello al sexto intento se expiró un rotundo alivio bilbaíno.

El cuarto de La Purísima salió como un relámpago, cruzando la puerta de toriles con la furia de lo imprevisible. Sergio Sánchez lo esperaba a porta gayola, y sólo el instinto le salvó de una cornada que habría escrito tragedia. El novillo, de imponente presencia, más toro que utrero, dejó claro desde el primer instante que la tarde no sería fácil.

José Adrián Majada lo midió en varas con dos puyazos justos, y Zulueta, en el quite, bordó chicuelinas que pusieron algo de dulzura en una lidia áspera. Tras brindar al público, Sánchez se fue al novillo con la muleta como escudo y el alma por delante. Trenzó derechazos y naturales con entrega, pero el oponente, falto de picante y de alma, no quiso sumarse al baile. El extremeño justificó su presencia con compromiso y firmeza, sabiendo que a veces el toreo es resistencia.

Lo mejor brotó en las distancias cortas, donde dejó un desplante desarmado que cortó el aire de Bilbao, gesto de impacto y verdad. La espada, sin embargo, volvió a ser sombra: un pinchazo y una estocada casi entera, seguidos de varios intentos con el descabello. Silencio en los tendidos.

El quinto de La Purísima, escaso de presencia y sin alma, fue recibido con pitos desde los tendidos. No hubo lugar al lucimiento de capa, ni promesa alguna en su salida. El ruedo se llenó de silencio, como si el toreo tuviera que reinventarse desde la ausencia.

Javier Zulueta, fiel a su concepto, tomó la muleta y comenzó a trenzar una faena medida, consciente de las escasas fuerzas y la nula transmisión del novillo. Toreó a media altura, buscando siempre el trazo limpio, aunque los muletazos no lograban cruzar la barrera del tendido. No hubo opción al triunfo, pero sí al respeto.

Finalizó a pies juntos, como quien cierra el telón con dignidad. La estocada, casi entera, fue de efecto fulminante, como un punto final rotundo. Ovación con saludos, reconocimiento a la entrega sin recompensa, al oficio que se mantiene incluso cuando el toro no quiere ser historia.

El sexto de La Purísima, bien armado y de seria expresión, permitió a Martín Morilla hilvanar un ramillete de verónicas de buen trazo, como quien quiere abrir la última página de la tarde con aroma clásico. En varas, Manuel Ramos dejó un puyazo severo, marcando el compás de una lidia que pronto se tornaría cuesta arriba.

Con la muleta, Morilla se mostró encajado, con la figura compuesta y el alma dispuesta. Los derechazos fueron de trazo firme, pero el novillo, vacío de entrega, no hizo ni amago de embestir. Cada intento precisaba de tres toques, como si el animal estuviera clavado al albero, negándose a ser parte del rito.

El joven torero lo intentó por todos los medios, con tesón y dignidad, pero el toreo necesita respuesta, y esta nunca llegó. Tres pinchazos precedieron a una estocada casi entera. El silencio que siguió fue más respeto que castigo.

Novillada con Picadores :
Bilbao (Vizcaya):
Entrada : Un cuarto de plaza.
Toros : La Purísima : De buena presencia y juego variado.
– Sergio Sánchez : Ovación con saludos tras aviso y Silencio.
– ⁠Javier Zulueta : Oreja tras aviso y  Ovación con saludos.
– ⁠Martín Morilla : Ovación tras dos avisos y Silencio.
Por : Aitor Vian
Fotografías : Philippe Gil Mir (clic para acceder a la galería completa).
Bilbao 18-08-2025

¡Comparte esta historia!

También podría gustarte