Silencio tras la belleza, Aguado torea con alma pero no culmina
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Salió por la puerta de los sustos el primero de la ganadería de Jandilla, astado de gallarda estampa y bien armado de pitones. Lo recibió Ortega con verónicas de cadencioso compás, templando el ímpetu de la fiera y serenando el aire. Recibió severo castigo en el caballo por parte de José Palomares, quien hundió el puyazo con tino y firmeza. Ortega replicó por chicuelinas de mano baja, y a punto estuvo de ser alcanzado por el toro; se revolvió con casta, rematando con media de aroma añejo, que vino a morir allá, detrás de la taleguilla. Ya con la franela roja, el inicio fue solemne: doblones por alto, ejecutados con señorío, aunque el último estuvo a un suspiro de la cornada. Supo escapar el torero. En los medios le sacó derechazos con temple, pues el burel exigía verdad en el trazo y mando en la muleta. Ortega lo llamó desde lejos, dándole reposo entre tandas, aunque el de Jandilla salía desentendido tras cada pase. Pero cuando se quedaba en la tela, surgía la ligazón limpia y sentida. Los naturales fueron profundos, hondos como raíz vieja, llenos de naturalidad, y en ellos Ortega se dejó el alma. La faena, de orfebrería fina, fue cúmulo de matices y sutilezas. Al entrar a matar con la de acero, la primera estocada hizo guardia. La segunda, algo caída. Silencio en los tendidos, que supieron valorar la entrega sin estrépito.
Bajo los acordes de “Sigue siendo el Rey”, salió al ruedo Roca Rey para recibir al segundo de Jandilla, toro bien armado, de presencia firme. Lo saludó con dos verónicas y el capote a la espalda, como quien manda en la plaza y sabe hacerlo con poder. José Manuel Quinta administró puyazos sutiles, y Antonio Chacón, con oficio y arrojo, clavó buenos pares asomándose al balcón como manda el canon. El diestro brindó al respetable, alzando la montera al cielo pamplonés. Se inició la faena de muleta de hinojos, pasándose el toro por la espalda en gesto soberbio, cerrando con un pase de pecho que pareció eterno, como si el Perú entero respirara con él. El clamor fue de las peñas, que giraron su mirada hacia aquel traje de celeste y oro que reverberaba bajo el sol navarro. Los derechazos, largos, hondos, de pulso sereno, dejaron aire entre tandas como si el tiempo mismo aguardara. Luego, ya cruzado, la mano izquierda tejió naturales de profundidad insospechada, con la muleta baja, mientras el toro protestaba sus terrenos. La faena fue estrechando distancias; el burel ofrecía cada embestida a caro precio, y el peruano, certero, finalizó por circulares, bordando el toreo de cercanías con dominio y quietud. Pamplona lo sintió en la piel. Cerró por bernardinas, ajustadas, sin aliento entre pecho y pitón. Entró a matar con una estocada de impacto —como si Sugar Ray hubiese clavado su puño de leyenda— aunque el toro resistió, y fue preciso el descabello, errando en dos intentos. Ovación del respetable tras dos avisos, reconociendo el arrojo y el valor.
Recibió Pablo Aguado al primero de su lote con verónicas de primor y seda, templadísimas, como susurros al viento, y ya en los primeros viajes del toro se vislumbró la nobleza que traía prendida entre los pitones. Mantuvo el sevillano la calidad al quitar por chicuelinas al paso, dejando al burel en los dominios del piquero Salvador Núñez. Éste dejó puyazo trasero en primer encuentro, repitiendo en el segundo con pulso más fino y menor rigor. Volvió Aguado a tomar el capote para ejecutar delantales de regusto, cerrando con una media verónica digna de cartel. Contestó Ortega con verónicas de gusto exquisito, en temple y mimo. Aguado, sobrio, no brindó esta vez. Tomó la muleta presto y en la mano, abriendo faena con un molinete de bandera, seguido de soberbios derechazos de largura y hondura, rematando por un trincherazo que elevó la temperatura de los tendidos. Así se dio inicio al último tercio, con aroma de grandeza. El toro, de Jandilla, exhibió calidad y entrega, y Aguado desplegó temple sin tasa, naturalidad en cada trazo, y una sonrisa que cruzaba los tendidos como si presentara sus credenciales al cante grande del toreo. Cada pase profundo, cada muletazo en los medios tenía sabor a faena de altos vuelos. Lo más jondo llegó por el pitón derecho, donde se coció la magia, y cerró con ayudados por alto, de innegable belleza. Con la espada, se deslució el broche: dos pinchazos y media estocada dejaron sabor a incompleto. Aun así, el respetable tributó ovación, reconociendo que en la plaza había toreado un hombre inspirado, que acarició el arte con la yema de los dedos.
Poco hubo que contar con el capote en el segundo de Ortega, pues no logró lucimiento ante un toro que no ofreció entrega. En el caballo, Óscar Bernal aplicó dos puyazos recios, de firme castigo, marcando con severidad el trámite de varas. Los primeros tercios transcurrieron como de puntillas, sin alzar vuelo ni encender pasiones. Con la muleta, Ortega inició doblando por abajo, queriendo someter desde el mando, pero el astado se mostró deslucido, mirón en la salida de cada pase, brusco en sus maneras. Su defecto capital fue la distracción constante, cabeceando al cierre de cada trazo sin fijación ni nobleza. Ortega, sobrio, resolvió con un macheteo torero, y sin más trámite, fue por el acero. Logró una media estocada delantera. Silencio respetuoso en los tendidos, que supieron que, esta vez, no hubo materia para el cante grande.
Poco lucimiento ofreció el quinto de la tarde en el saludo de capa, sin opción al arte primigenio. Fue picado con escasa entrega, apenas dos encuentros, cada uno en diferente montura: Sergio Molina y José Manuel Quinta fueron los encargados del trámite de varas, que pasó casi desapercibido. En el tercio inició Roca Rey con estatuarios de gesto firme, buscando imponer mando desde el inicio. En los medios dejó derechazos de notable hondura, sacando lo poco que el astado ofrecía, pues el de Jandilla exigía mando pero devolvía poco. Se descalzó el peruano, gesto de entrega, y con la izquierda bordó naturales de profundidad sentida, toreando largo, muy templado, aunque el toro apenas mostraba transmisión ni eco en los tendidos. Llegado el momento de entrar a matar, el acero no acudió con fortuna: dejó tres pinchazos antes de lograr la estocada. La ejecución no fue fina, y la faena, pese al esfuerzo, se cerró en silencio.
Sin opción al lucimiento con el capote salió el postrero de la tarde. Mario Benítez aplicó buenos puyazos, medidos y en sitio, dejando constancia de oficio. Iván García bordó los pares de banderillas con arrojo, y saludó montera en mano, mereciendo la ovación de los tendidos por su entrega. Aguado tomó los trastos con elegancia, y el inicio de faena fue de factura bella: doblones por abajo, sobrios y sentidos. Luego, en los medios y a pies juntos, dibujó derechazos limpios como la cal de su Sevilla. El toro, de Jandilla, mostró clase pero sin humillar del todo; todo a media altura, con nobleza pero sin profundidad. Por naturales, Aguado ofreció limpieza y ese aroma barroco tan propio del toreo sevillano que lleva en la sangre. Arte sin alharacas. Fue por el acero, dejando un pinchazo y luego media estocada efectiva. El público, en respetuoso silencio, supo leer el cuajo y el estilo de un torero que honra la esencia. Un silencio que en Pamplona es sonido de trompetas.
Corrida de Toros :
Pamplona (Navarra):
Entrada : Lleno.
Toros : Jandilla : De excelente presencia y juego variado.
– Juan Ortega : Silencio y Silencio.
– Roca Rey : Ovación tras dos avisos y Silencio.
– Pablo Aguado : Ovación con saludos y Silencio.
Incidencias : Iván García saludó tras parear al 6º.
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