Santander se enreda en el arte de un niño sabio: Marco Pérez, faena de luz y puerta grande

Última actualización: 26 de julio de 2025Por

¡Comparte esta historia!

Salió el primero de La Ventana del Puerto por toriles, toro de justa presencia y nobleza manifiesta. Alejandro Talavante lo saludó con verónicas de aroma antiguo, cosidas con delantales de seda y compás. En el caballo, Manuel Cid dejó un puyazo firme, pero marcando la bravura.

Sin brindis, el extremeño tomó el tercio y comenzó la faena por alto llevándolo a los medios, seguidos de remates por bajo que rezumaban poso y torería. Pronto se evidenció la clase del astado, de embestida noble y templada, al que Talavante toreó a placer por naturales de hondura y trazo largo, como dictados por la izquierda de los elegidos.

Con la diestra, buscó el ritmo, acariciando cada pase con sentido y mesura. La faena fue ganando enteros, y los molinetes respiraron torería de la cara. En un instante, lo pasó por la espalda con ajuste milimétrico, muy cerca del drama, pero enalteciendo el arte.

Las manoletinas del final fueron epílogo de valor sereno, coronado por una estocada efectiva seguida de certero golpe de verduguillo. Ovación con saludos, como rúbrica de una obra sólida. Ovación con saludos.

Salió el segundo de La Ventana del Puerto, toro de discreta estampa, pero de fondo generoso. Emilio de Justo lo saludó con tres verónicas de trazo firme y sello personal, temple sereno y cadencia de torero en plenitud. En el caballo, Juan Bernal dejó un puyazo medido, justo en fuerza, que respetó las virtudes del burel.

Lo llevó el extremeño a los medios por bajo, cosiendo los muletazos con hilo fino. Allí comenzó la sinfonía: naturales de pulso firme y derechazos que rezumaban hondura, aprovechando la noble embestida del animal. El de La Ventana derrochó clase, iba y venía con prontitud y entrega, exigiendo que cada muletazo fuera de verdad. De Justo, consciente de la joya que tenía enfrente, no escatimó esfuerzos: perdió pasos tras cada tanda para darle respiro y espacio, dejando que la emoción calara en el tendido.

El toro se revolvía tras cada embroque, como queriendo avisar que sabía dónde andaba la taleguilla del torero. En ese cruce de temple y exigencia, De Justo se entregó por completo. Y en el momento de entrar a matar, lo hizo con tanto arrojo que, tras la estocada, tendida, pero efectiva, el toro rodó sin puntilla. Pero el precio fue alto: el torero cayó como un héroe, voltereta de espanto, con la frente abierta en sangría. Oreja rotunda, de peso torero y entrega absoluta. El ruedo olía a gesta.

Salió el tercero, de Puerto de San Lorenzo, toro de exigua presencia por delante, protestado de salida por el tendido. No hubo lucimiento de capa: la lidia se volvió áspera desde los primeros compases. Puchano dejó un puyazo medido después de ser derribado en el primer encuentro, evidenciando las dificultades del astado. Quitó Marco Pérez por chicuelinas con gusto, intentando hilvanar emoción entre las grietas de un toro desconcertante.

Brindó al público cántabro, gesto noble que anunciaba entrega absoluta. En los medios lo esperó, lo citó, y se lo echó por la espalda en un suspiro, como quien desafía al destino con el alma por delante. La faena tomó vuelo entre derechazos que envolvían la cintura, pero el toro salía suelto, desentendido, sin entrega. Había que ponérsela, fijarlo, provocarlo y eso hizo Marco, que se echó encima para construir la embestida que el toro le negaba.

No fue un camino fácil: cada pase tenía más mérito que estética. En un desplante final, la tragedia rozó el albero. Cerró por ayudados por alto, con la pierna genuflexa, fundiendo juventud con valor templado. La estocada, contraria pero fulminante, cayó como sentencia final. El toro rodó, y con él el reconocimiento: oreja que premió la actitud y la ambición. Oreja.

Con el cuarto de La Ventana del Puerto, Talavante no buscó lucimiento de capa, quizá adivinando que la obra se escribiría en otro compás. El toro, altivo en su expresión y de agalgada hechura, recibió un puyazo sutil y medido por Miguel Ángel Muñoz, sin estridencias, respetando la armonía del conjunto.

Brindó Talavante al respetable, y allí comenzó el conjuro. De rodillas lo recibió, cambiándoselo por la espalda en un alarde de valor y estética. Fue inicio de vértigo, sublime, marcando el rumbo de una faena para el recuerdo. El toro fue un colaborador excelso, noble y repetidor, que acudía a la franela allá donde se la colocara el extremeño, como imantado por el temple.

Los naturales llegaron con hondura, como brotados de un manantial antiguo; los molinetes invertidos, de mérito y sabor añejo; los pases de las flores y los derechazos se hilvanaron con buen gusto, como quien borda una sinfonía. Talavante, inspirado y en plenitud, llevó el trasteo a cotas sublimes, hasta que el toro, quizás agotado de tanta entrega, se fue a las tablas.

El diestro, lejos de afligirse, pisó terrenos comprometidos, allí donde se forja el arte con sangre y riesgo. El de La Ventana respondió aún con nobleza, permitiendo cerrar la faena con estocada tendida de efecto fulminante. El clamor fue inmediato: oreja ganada con justicia y fuerte petición de la segunda, desatando bronca al palco por su negativa. Oreja con fuerte petición de la segunda y bronca al palco.

El quinto de La Ventana del Puerto pisó el ruedo con buena presencia, bien armado de pitones. Emilio de Justo lo saludó con una larga cambiada de rodillas que encendió los tendidos desde el primer instante. En su camino al caballo, lo llevó por chicuelinas al paso, pero sufrió una voltereta por la rodilla que, afortunadamente, no tuvo consecuencias aparentes. Germán González dejó un puyazo medido, respetuoso, que preservó las virtudes del astado.

El brindis al público fue preludio de lo que estaba por llegar. De Justo llevó al toro a los medios con pases del desdén por abajo, y lejos de venirse a menos, el toro se creció, mostrando clase y motor. Otro toro de bandera, y el extremeño lo entendió con la sensibilidad de quien escucha más allá de la embestida: colocación exquisita, trazo largo y muletazos plenos de encaje. Toreo sentido, pausado y verdadero.

Los derechazos viajaron hasta detrás de la cintura, mientras el pecho acompañaba la obra como pincel en lienzo. Todo fue expresión: sentimiento puro entre toro y torero, diálogo de alto voltaje estético. El toro, de clase suprema, encontró en De Justo su compañero ideal, y el extremeño se entregó sin reservas.

Finalizó la faena con naturales de ajuste y cadencia, rematando una obra de profundidad. Media estocada y certero golpe de verduguillo pusieron punto final. Sonó el aviso, pero la ovación fue rotunda, como reconocimiento a una faena sincera y de altos quilates. Ovación con saludos tras aviso.

Cerró plaza el sexto de La Ventana del Puerto, bien armado y de seria expresión. Apenas permitió a Marco Pérez una verónica suelta con sello propio, pues el toro no se prestó a mayores luces con el capote. En varas, Alberto Sandoval dejó un puyazo mesurado, y el astado apenas se empleó, reservándose para la muleta.

El joven salmantino, con sorprendente madurez, lo llevó por abajo hasta los medios, y desde ahí edificó una faena pensada al milímetro: compostura, orden, y una organización casi académica. El toro, noble pero falto de chispa, exigía mucho del torero, que se entregó en cuerpo y alma para mantener encendida la llama.

Con la muleta por el derecho, Pérez apostó por las cercanías, hilvanando muletazos con el mentón hundido en el pecho y la figura compuesta, como quien dialoga con el destino. Se hizo en redondo, en la forma que tantas veces marcó Paco Ojeda, cuando la faena se sustenta más en la convicción que en la embestida.

El epílogo llegó con manoletinas de ajuste y encaje, dejando un pinchazo y estocada baja, pero de efecto suficiente. Sonó el aviso, pero el premio fue oreja, ganada con constancia, pulso sereno y mérito por encima del comportamiento del toro.

Corrida de Toros :
Santander (Cantabria):
Entrada : Tres cuartos de plaza.
Toros : La Ventana del Puerto (1º,2º,4º,5º y 6º) y Puerto de San Lorenzo (3º): De juego variado y presencia desigual.
– Alejandro Talavante : Ovación con saludos y Oreja con fuerte petición de la segunda y bronca al palco.
– Emilio de Justo : Oreja y Ovación con saludos tras aviso.
– Marco Pérez : Oreja y Oreja tras aviso.
Incidencias : Tras finalizar el paseíllo sonó el Himno Nacional.

Por Aitor Vian.
Fotografías : Arjona / Lances de Futuro.

¡Comparte esta historia!

También podría gustarte