Santander fue testigo de un torero en cruz : la épica de Castaño contra la leyenda de Miura

Última actualización: 25 de julio de 2025Por

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Salió el primer Miura, hondo de pecho y fiero de sien, Escribano lo paró con temple y poesía breve. Pero algo fallaba en su andar sin concierto… Puyazo, sospechas, pañuelo verde: un toro sin son fue devuelto al olvido.

El segundo Miura salió con más cuerpo que cara, negando lucimiento de capa. Peña dejó un puyazo trasero y un picotazo breve tras el cambio de tercio.

En banderillas, Escribano encendió la llama: poderoso el segundo, vibrante el tercero al quiebro y violín que alzó a Cuatro Caminos.

En los medios, comenzó la faena con cautela. El toro, justo de fuerzas, se dejó por el izquierdo con nobleza, aunque alzaba la cara al cerrar cada pase. Las embestidas eran lentas, casi con perfume de faena mexicana, más suaves que profundas. Escribano marcó pausas, midió los tiempos, y tejió una obra serena, consciente de la condición del toro.

Cerró con pinchazo y estocada. La ovación fue sincera, como agradecimiento al buen oficio. Ovación con saludos.

El segundo, armado de pitones y sin juego en la capa, fue medido en varas: un puyazo severo y un picotazo discreto por Manuel Sánchez. Galván, con el gesto noble, lo brindó al público y lo llevó al tercio del seis, donde el toreo comenzó en susurros.

La música tejía fondo mientras brotaban derechazos a media altura, con gusto en cada trazo y cuidado en cada gesto, como quien viste al toro con dignidad. Por el izquierdo, lo llevó largo, en naturales de valor quieto, sabiendo que cada pase era un roce con el abismo. El Miura avisaba, pero Galván tejía sin estridencias.

Ni fue larga ni breve: la faena tuvo la medida justa, en tiempo y forma. Cerró con molinetes que acariciaron el aire y dejó una estocada casi entera, aunque la demora del toro apagó algo la brisa de la ovación.

Saludó Galván. Y en la arena quedó el aroma de un torero sincero. Ovación con saludos.

Salió el tercero, largo y desafiante. Damián Castaño lo recibió con verónicas. José Adrián Majada se fue justo en el primero de los dos puyazos; el segundo, una caricia medida.

La faena comenzó en los medios, donde el torero desató derechazos que estremecieron. Luego llegaron los naturales, de leyenda, paridos con sudor y coraje, ante un Miura que fue memoria viva del hierro. Castaño, mermado tras ser prendido, sumado a la merma que ya traía de tierras galas, respondió con épica: derechazos de difícil cuaje, lucha de carne contra instinto. El Miura, de los que no regalan, se revolvía en cada trazo, sabiendo siempre dónde herir. Un brindis a la leyenda de un hierro histórico.

Hasta cuadrarlo fue guerra. Pinchazo, luego estocada delantera. Y cayó la oreja, como tributo a la entrega sin alarde. Oreja y rumbo a la enfermería.

El cuarto, bien armado y con presencia, salió de toriles como promesa torera. Escribano lo enfrentó a porta gayola, con gallardía, aunque después el capote no encontró ocasión para lucir. Juan Peña colocó un único puyazo, medido y justo, y el quite por chicuelinas fue tan ajustado como breve.

En banderillas brilló: par de poder, otro de fuera a dentro, y el quiebro en tablas que robó el aliento a Cuatro Caminos. Con la muleta, tras brindar a Juan del Val, se marchó a los medios y trazó el péndulo con solemnidad. Pero la faena, pronto, se volvió cuesta arriba.

El toro, carente de fondo, no transmitía. Cabeceaba en el trazo, perdía las manos si se le exigía abajo. Hubo derrotes secos, giros traicioneros al final de cada muletazo. Escribano insistió en cercanías, prolongando la lidia con firmeza y entrega, pero la emoción era esquiva.

Con la espada dejó un pinchazo y una estocada en el sitio. Ovación tras aviso, como reconocimiento al empeño frente a un toro que prometía más por fuera que por dentro. Ovación con saludos tras aviso.

Volvió el hierro de Miura en un toro corpulento, fuera de tipo, más carne que esqueleto. Galván lo recibió en los adentros y lo condujo sin lucimiento a los medios. Juan Pablo Molina le dejó un puyazo severo en el sitio que hasta arrancó la divisa. En banderillas, Juan Carlos Rey se jugó con mérito y fue ovacionado.

Galván, sin brindar, apostó por la verticalidad. A media altura buscó dominar la embestida áspera, sin opción clara: derrotes altos lo desarmaron, y el toro, sin entrega, le levantó en pleno derechazo. No hubo comodidad ni temple por ningún pitón, y aun así, el torero logró naturales hondos por momentos, aprovechando mínimos resquicios. El desplante final de rodillas fue torero y sincero.

La espada dejó guardia, aunque efectiva. Galván pidió perdón, consciente de la imperfección. Silencio tras aviso, frente a un toro que mostró el lado más crudo de su encaste. Silencio tras aviso.

El sexto, Miura altivo, brotó al ruedo con trote de desafío, recorriendo los confines de la plaza como quien busca puerta al infinito. Barbeó las tablas como náufrago sin orilla. Castaño, torero en vigilia, sólo pudo caminarle en espiral de respeto, sabiendo que el ímpetu era río sin cauce.

La música del mejor puyazo sonó desde la vara de Javier Martín, que en el sitio dejó verdad, y el público respondió como viento sobre trigales: ovacionando. Brindis solemne a la alcaldesa Gema Igual, gesto de rito y entrega.

En los medios se encontraron, torero y toro, como dos amantes bajo luna de julio. Castaño soltó los derechazos más limpios de la tarde, y el sevillano astado se entregó como quien encuentra alma hermana. Citado con temple, el salmantino tejía hilos de oro y silencio. Fijeza tuvo el animal, casi humana, pues no apartó mirada cuando Damián se alejaba; lo seguía como sombra noble, como guardián del instante.

La faena por la diestra fue sinfonía, sostenida en el tiempo como un suspiro prolongado. Por el izquierdo, en cambio, el camino fue áspero, de roca y decisión. Con el arte ya sembrado, se fue Castaño a por la espada. El acero dejó pinchazo primero, luego estocada algo baja, pero llena de intención. Y la ovación llegó, con saludos al ruedo, como despedida de una obra que, aun imperfecta, quedará en la memoria. Vuelta al ruedo.

Corrida de Toros :
Santander (Cantabria):
Entrada : Tres cuartos de plaza.
Toros : Miura (1º,1ºBis,2º,3º,5º y 6º) y El Pilar (4º).
– Manuel Escribano : Ovación con saludos y Ovación con saludos tras aviso.
– David Galván : Ovación con saludos y Silencio tras aviso.
– Damián Castaño : Oreja y Vuelta al ruedo.
Incidencias : Tras finalizar el paseíllo sonó el Himno Nacional. Posteriormente Damián Castaño recogió una calurosa ovación desde el tercio. Juan Carlos Rey saludó tras parear al 5º.

Por Aitor Vian.
Fotografías : Arjona / Lances de Futuro.

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