Santander fue altar, Vengativo puso la liturgia, y El Cid ofició la misa del toreo
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Abrió la corrida un toro de Victorino Martín, fiel al encaste, áspero en su expresión y parco en concesiones. Apenas permitió a El Cid algún delantal suelto y verónicas de compromiso. En el caballo, Espartaco le dejó un puyazo severo, como quien conoce bien los resortes de esa bravura tosca y vertical.
Brindó el sevillano al público con gesto íntimo, más que torero, casi nostálgico. Porque aunque nacido en Salteras, parte de su alma habita en la brisa de El Sardinero. Lo llevó a los medios caminando hacia atrás, con temple y distancia medida. Una vez allí, comenzó a tallar el diamante con la precisión del orfebre: con la muleta muy baja, perdiendo los pasos al final del trazo, como exige el toro que lleva en la entraña la alimaña del encaste.
La faena fue una pugna de inteligencia y oficio: naturales de mano prodigiosa, intentando domesticar una embestida punzante, que en cada mirada parecía hablar el lenguaje de la tragedia. En uno de esos momentos, el toro le lanzó un aviso silencioso y El Cid, veterano de mil batallas, respondió con un desplante firme, con la pierna por delante y el alma por detrás.
Sacó todo lo que tenía el de la A coronada, hasta el último aliento, y no se entretuvo más: tomó la espada como quien sabe que no hay nada más que rascar. En los terrenos del tendido dos, con el sol sobre sus espaldas y la sombra del toro como compañero, dejó una estocada contraria que precisó descabello. Pinchó dos veces y acertó al tercero. Ovación sentida, como quien despide a un torero que vuelve a su casa por la puerta de la emoción. Ovación con saludos.
Encaró Roca Rey el segundo de la tarde, un toro que respetaba las hechuras clásicas de Santander, y al que saludó con verónicas sueltas, más de recurso que de lucimiento. José Manuel Quinta dejó un puyazo sutil, como viene siendo habitual en el guion de lidia que exige el peruano: un toro de temple medido y reacción justa.
Quitó por delantales, pero tropezó en uno de ellos y quedó tendido en el suelo, envuelto en el capote como manta de salón. Dos segundos de tensión con la mirada del Victorino clavada en él: cuando el animal se lanzó a hacer presa, Roca, ágil y valiente, lanzó el capote al aire como si soplara el milagro. Salvó la escena con gesto casi heroico.
No hubo brindis. En el tercio de banderillas ya se intuía que el toro exigiría oficio. Lo llevó a los medios tirando de él hacia atrás, y ahí empezó a construir faena con derechazos hondos y largos, aprovechando su envergadura. El trasteo fue profundo, pero desigual: el pitón izquierdo del toro no ofrecía acometida franca, apenas se empleaba, y la faena tuvo que apoyarse en el pitón derecho.
Roca Rey puso colocación, paciencia, conocimiento. Las embestidas finales, suaves y lentas, parecían suspiradas por la brisa de otro encaste, casi mexicanas. Llegado el aviso, fue a por la espada: media estocada agarrada, un pinchazo y otra estocada que rozó lo entero. Al filo del tercer aviso, cayó el toro. Silencio en el ruedo, y un aire de respeto por quien sorteó la tragedia y buscó faena donde apenas hubo entrega. Silencio tras dos avisos.
El tercero, de hechuras más discretas que sus hermanos, salió al ruedo con viveza efímera. Lo recibió Jarocho con verónicas sueltas, y lo llevó a los medios dándole los adentros con magistral temple. En cada gesto, en cada movimiento, puso torería, como quien borda el toreo sin alharacas, pero con sabor.
Juan Melgar dejó un puyazo justo, y Jarocho, con la rodilla flexionada, volvió a los medios entre susurros de suavidad. Allí, en el centro del ruedo, quiso buscar la naturalidad frente a un toro parco, encerrado en sí mismo. El astado no acudía al cite del burgalés, agarrado al piso y reacio a desplegar su bravura. Apenas dejó hueco para la inspiración: un natural suelto, despacioso, de gran expresión, fue como un verso arrancado a la nada.
Jarocho optó por la nostalgia: cerró por un trasteo bello y antiguo, como evocación de faenas lejanas en tiempo pero cercanas en sentimiento. Estocada en el sitio, sin alardes, con verdad torera. Ovación para el hombre que puso todo frente a lo que nada ofrecía.
Parejo en hechuras, como los anteriores, salió el cuarto de la tarde con seriedad y presencia. El Cid lo saludó con verónicas de gusto añejo, como quien acaricia el recuerdo en cada lance. En el caballo, Mario Benítez dejó un puyazo severo, medido con rigor, que marcó los compases de la bravura que se avecinaba.
Brindó El Cid a Roca Rey, torero y testigo de una faena que iba a quedar en mármol. Cuando se colocaba en los medios, el toro se vino como ráfaga de poder, y El Cid, sin pestañear, echó a volar su mano izquierda: naturales sublimes, torería improvisada como sólo pueden bordar los tocados por la inspiración.
El Cid continuó por el pitón izquierdo, porque aquel manantial de bravura pedía hondura y cadencia. El toro embestía con ritmo y nobleza, y el sevillano, con su muleta hecha abanico de seda, fue dibujando muletazos de una largura insólita. Por el derecho, el toro humillaba con igual entrega, y el toreo se hizo profundo, casi litúrgico.
Los naturales que se vieron en ese tercio fueron, sin duda, de lo mejor de la feria. Todo tuvo vuelo, muñeca y música. Las arrancadas del bravo “Vengativo” fueron tan gustosas que el tendido pedía a susurros el indulto. Pero El Cid, fiel a su concepto, prefirió sellar la obra con espada: estocada entera, como firmada por el alma.
Cayeron las dos orejas. El toro recibió la vuelta al ruedo. El Cid, entre lágrimas, saludó al presidente, se lavó las manos como quien purifica el rito y recogió los trofeos con la honradez de quien ha dado su verdad. Cuando terminó la vuelta, la juventud del tendido entonó “Santander la Marinera” como si cantaran al toreo eterno. Dos orejas y vuelta al ruedo al toro.
No hubo lucimiento de capa para Roca Rey en el quinto, un toro de hechuras parejas pero de expresión reservada. Sergio Molina dejó un puyazo sutil, bien colocado, que marcó el tono de la lidia sin alterar las cualidades del astado.
El diestro peruano brindó al público, como quien anuncia una entrega que no se escatima, pero pronto se enfrentó a una embestida sosa, sin chispa ni transmisión. El toro de Victorino Martín dejó la cabeza alta al final del trazo y negó cualquier atisbo de emoción. Roca trató de encauzar su bravura con pulso firme, pero no hubo eco en los tendidos. Los enganchones y la falta de ritmo marcaron la tónica.
Los naturales surgieron de uno en uno, con esfuerzo y sin continuidad, y ni el toro ni el torero terminaron por encontrarse. Faltó alma, faltó conexión, y la faena se diluyó sin trascendencia. Llegada la hora de entrar a matar, dejó una estocada trasera y necesitó del descabello. La división de opiniones tras dos avisos reflejó la falta de comunión entre ruedo y graderío.
El sexto, bien hecho de lámina, lo recibió Jarocho dándole los adentros con elegancia y andándole hacia atrás con compás, en un saludo donde ya se adivinaba la intención de bordar el toreo. En varas, Óscar Alba dejó un fuerte puyazo, algo caído, que el toro acusó sin descomponerse.
Brindó el burgalés a El Cid y Roca Rey, como quien reconoce linajes de toreros. Lo llevó a los medios por abajo, con la rodilla flexionada, y desde allí puso la pureza al servicio del tendido. Todo fue gusto, figura compuesta, temple de clasicismo refinado. El toro, sin embargo, pronto se paró: faltó duración, pero no nobleza.
Jarocho decidió que donde no hubiera emoción por fuera, se pondría alma por dentro. Toreó con suavidad, midiendo cada paso y dando importancia a cada muletazo. El broche llegó por naturales a pies juntos, en serie singular: entre pase y pase, echaba la muleta detrás de la espalda, como quien vela el secreto, dejando que cada natural respirara con su propia historia. Toreo de evocación, de memoria torera.
Pinchazo primero, estocada en el sitio después. Ovación como despedida serena a una tarde hilada con arte y sensibilidad. Vuelta al ruedo.
Corrida de Toros :
Santander (Cantabria):
Entrada : Lleno con cartel de «No hay Billetes».
Toros : Victorino Martín : De buena presencia y buen juego. El 4º fue premiado con la vuelta al ruedo.
– El Cid : Ovación con saludos y Dos orejas tras aviso.
– Roca Rey : Silencio tras dos avisos y División de Opiniones tras dos avisos.
– Jarocho : Ovación con saludos y Vuelta al ruedo.
Incidencias : Tras finalizar el paseíllo sonó el Himno Nacional.
Por Aitor Vian
Fotografías : Arjona / Lances de Futuro.
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