Rubén Vara, un vendaval de sangre nueva que puso en pie a La Candelaria

Última actualización: 4 de marzo de 2026Por

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Abrió la tarde un ejemplar de Ginés Bartolomé, un castaño de ojalada mirada y seria estampa, que venía a anunciar el rito. El percal despertó a la plaza en un hermoso diálogo de sedas: un duelo de quites donde Raúl Caamaño meció el engaño para dormir el tiempo en verónicas de rancio sabor. La réplica no se hizo esperar, y De Gracia se ciñó la embestida en chicuelinas de trazo escultural, revalidando la belleza de su recibo, donde ya había dibujado unas verónicas purísimas, como versos sueltos sobre el albero.

Llegado el último tercio, el cordobés descorchó su obra por abajo, sometiendo el ímpetu del animal con doblones de honda y añeja belleza. Al abrigo de los medios, la diestra dictó el compás. Los derechazos brotaron lentos, largos y cadenciosos, llevando al novillo cosido en los vuelos de la muleta para enroscárselo más allá de la cintura, con una limpieza cristalina. Hubo, además, pinceladas de inspiración, salpicando el quehacer con detalles de torería y algún farol que iluminó de pronto la faena.

Frente a un astado pronto y con el picante de la bravura, pero que a la postre regateaba el recorrido quedándose corto, De Gracia hizo gala de un maduro magisterio. Con pulso y oficio, fue tejiendo una red invisible, llevando al animal siempre muy tapado, engañando a la escasez de su viaje para robarle la gloria a cada pase. En la hora suprema, el acero le negó el premio rotundo con un pinchazo previo, pero una media estocada trasera bastó para que cayera el telón. El reloj marcó un aviso, y la plaza, agradecida, le entregó el calor de una sentida ovación.

El segundo, un novillo negro de Hermanas Ortega, encontró a Caamaño desafiando al miedo a porta gayola. Pero la verdadera poesía brotó al erguirse, durmiendo el engaño en verónicas mecidas de temple y gusto exquisito. En el turno de quites, Pedro Gómez cinceló otra bella estampa al percal, abrochada con una media verónica de inmensa hondura, preludio de la pureza en banderillas que dejó la plata de Jesús García.

Con la mirada en las estrellas, el toledano brindó al recuerdo de su abuelo recién partido, tiñendo el albero de una silenciosa y honda emoción. Arrancó la obra con airosos ayudados por alto ante un astado áspero y exigente que negaba el reposo. Frente a la aspereza, Caamaño impuso su ley: apostura vertical, la barbilla hundida en el pecho y un valor envuelto en torería.

La cumbre de su faena floreció al natural. De uno en uno, desgranó muletazos con la zurda de asombrosa madurez, luciendo una colocación y un poso impropios de su juventud. Fiel a su guion, cerró la simetría de la lidia acariciando de nuevo por ayudados y rematando la pintura con el adorno de un molinete invertido. El acero, con un pinchazo y media estocada tendida, rubricó la tarde. Quedó la vuelta al ruedo y, sobre todo, la estela luminosa de un concepto toledano al que habrá que seguir muy de cerca.

Rompió a la arena el tercero, un arrogante colorado de Hermanas Ortega, bien armado y pidiendo el carnet. Fiel a la melodía de la tarde, Pedro Gómez durmió el percal cincelando un ramillete de bellísimas verónicas. En su turno, el mexicano José Jacob Robledo desplegó las alas de sus zapopinas; un trance algo arrebujado por la codicia del animal, pero preñado de entrega y raza azteca.

Tras un tercio de rehiletes donde el madrileño se sobrepuso al fallo inicial para acabar clavando con gallardía, brindó a su abuelo quien observaba desde el tendido con el orgullo propio de quien admira a su nieto. Genuflexo en la arena, Gómez descorchó la obra con doblones de exquisito paladar, acariciando por bajo hasta llevarse el astado a los medios. Allí la fiera vendió cara su vida. Fue un novillo áspero, de los que exigen credenciales, cruzándose y lanzando derrotes a las nubes al final de cada trazo. Frente a la aspereza, surgió el asombroso magisterio del madrileño: con una seguridad sobrecogedora y un poso impropio de su juventud, le corrió la mano para domeñar la embestida.

Con el terno ya manchado de verdad y la entrega por bandera, encendió a los tendidos con ceñidísimos pases cambiados por la espalda. El riesgo cobró su peaje en una voltereta sin sangre, pero el novillero, en su firme apuesta por la final, se levantó para mirar a la muerte de frente: recetó unas agónicas y arriesgadísimas bernadinas sin ayuda del estoque. Tras dos pinchazos, cobró una estocada de efecto fulminante que le valió para pasear su triunfo y su valor en una merecida y clamorosa vuelta al ruedo.

El cuarto, del hierro de Ginés Bartolomé, chocó de frente con la osadía azteca. José Jacob Robledo desafió a la suerte aguardando a porta gayola, para prolongar después el arrebato con vibrantes faroles de hinojos en el tercio. El quite por chicuelinas de Jaime de Pedro comenzó a desvelar la frágil condición del astado, una falta de fuerzas a la que el mexicano replicó reivindicando su cuna con unas airosas y ceñidas saltilleras.

Tras un brindis volado en la distancia, buscando el abrazo de los suyos a través de las cámaras, descorchó la obra de rodillas, pasándose el peligro por la espalda. Sin embargo, la fiera de cristal pronto hincó los belfos en la arena, dictando que el trasteo debía ser labor de enfermero: a media altura, mimando la embestida y sin apreturas.

Frente a la orfandad de brío, Robledo compuso la figura. Con apostura erguida y cadenciosa, supo aprovechar la inercia dormida del animal para hilvanar derechazos de bella lámina y suma despaciosidad. Faltó, no obstante, esa transmisión vibrante del astado que enciende y arrebata a los tendidos. La suerte suprema quedó rubricada con una estocada casi entera, cosechando una respetuosa ovación como recompensa a su pulso y temple.

Saltó a la arena el quinto de Ginés Bartolomé, un astado de agradable presencia. El granadino Jaime de Pedro lo saludó hincando las rodillas en el albero para robarle una vibrante larga cambiada, preámbulo de unas verónicas mecidas al ralentí que hicieron crujir en olés los cimientos del coso madrileño. La cumbre con el percal floreció instantes después: Rubén Vara firmó el quite de la tarde pasándose los pitones por la faja en unas gaoneras de inmenso valor y transmisión. Herido en su orgullo torero, De Pedro dio réplica ciñéndose la embestida en unas tafalleras.

Ya con la sarga en la mano, descorchó la obra acariciando el viaje por bajo, destilando sutileza en diestros doblones. Al ganar los medios, el toreo brotó cristalino y despacioso. Todo lo que allí dibujó estuvo preñado de pureza, buen gusto y una cadencia que embriagaba la escena.

Sin embargo, el novillo fue agriando su carácter. En su ocaso, comenzó a defenderse, soltando la cara y acortando cada vez más su recorrido. Tan escaso fue el viaje que, al interpretar un soberbio trincherazo, el granadino fue prendido en un susto mudo que, por fortuna, no hizo sangre. Pese a las complicaciones, dejó grabada la firma de un concepto purísimo, de esos que auguran grandes páginas en el futuro del toreo. Tras un pinchazo, una estocada en buen sitio y el golpe certero del verduguillo, el reloj marcó un aviso antes de que la plaza le entregara una calurosa ovación.

Cerró plaza el sexto, el astado de mayor cuajo y remate de la tarde, que saltó a la arena devorando capotes. A porta gayola le aguardaba Rubén Vara, tragando saliva y derrochando una quietud espartana para aguantar, estoico, el escalofriante extraño que le hizo el animal en el embroque. Ya en el tercio, el hijo del matador Sánchez Vara encadenó dos vibrantes largas cambiadas que desembocaron en mecidas verónicas, poniendo a batir palmas a los tendidos de Valdemorillo. El prólogo al percal lo abrochó De Gracia, sumándose a la fiesta con un templado quite por verónicas.

Pero el delirio llegó con los rehiletes. Vara puso a la cubierta de La Candelaria literalmente en pie, interpretando un tercio soberbio. Dejó tres pares de poder a poder, asomándose al balcón y cuadrando en la cara con una exposición total, apoyándose en la embestida para salir airoso y con impulso de cada duelo.

Tras el emotivo brindis a Gómez Escorial, la faena de muleta detonó con una vibración desbordante desde el primer cite. Brotaron derechazos preñados de poder y largura, muletazos hondos que conectaron como un calambrazo en el tendido, fraguando, sin lugar a dudas, la obra de mayor calado de toda la tarde.

En su ocaso, el novillo enseñó las complicaciones: buscó las tablas rajándose y cazó al novillero con certero celo en una voltereta de la que, por fortuna, emergió ileso y con la raza intacta. Frente a la adversidad, Vara desplegó un oficio arrollador, casi insultante para su juventud. Dictó una lección de mando y poderío, envolviendo cada pase en una transmisión mágica y difícil de explicar con palabras.

La rúbrica llegó con el acero: una estocada enterrada hasta la bola, de ligera tendencia trasera, y un definitivo y certero golpe de descabello. El presidente asomó los dos pañuelos y el doble trofeo puso el broche de oro a su rotunda actuación.

Novillada sin Picadores :
Valdemorillo (Madrid):
Entrada : Un tercio.
Toros : Ginés Bartolomé (1º,4º y 5º) y Hermanas Ortega (2º,3º y 6º).
– José Antonio de Gracia : Ovación tras aviso.
– Raúl Caamaño : Vuelta al ruedo tras aviso.
– Pedro Gómez : Vuelta al ruedo.
– José Jacob Robledo : Ovación tras aviso.
– Jaime de Pedro : Ovación tras aviso.
– Rubén Vara : Dos orejas.

Por Aitor Vian.
Fotografías : Kilómetro Cero.

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