Rotundidad de Roca Rey en Toledo
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La tarde del 19 de junio quedará grabada en los tendidos toledanos como una de esas que se cuentan con brillo en los ojos. En plena festividad del Corpus, la plaza fue un hervidero de pañuelos, pasión y promesas cumplidas.
Morante abrió la tarde con un toro reservón, pero cuando desenvainó su capote, Toledo enmudeció. Toreó como si bordara encajes sobre el aire, con una cadencia que solo él conoce. No fue su tarde más rotunda, pero dejó aromas que embriagaron. Una oreja simbólica, casi litúrgica.
Roca Rey, por su parte, incendió la plaza. Su primero lo recibió de rodillas, dominador, valiente, con la templanza de los elegidos. Faena de infarto, con pases ligados y miradas al tendido que cortaban la respiración. El premio: dos orejas y la plaza en pie. Su segundo fue menos colaborador, pero él se mostró firme hasta el último pase.
Y Tomás Rufo, profeta en su tierra, se entregó desde el primer cite. A portagayola, como quien se juega todo por honrar el ruedo que le vio nacer. Su toreo, honesto y ligado, hizo temblar a los suyos. Una oreja le supo a poco, pero su entrega valió como mil.
Los toros de Daniel Ruiz, desiguales pero con dos ejemplares de bandera, completaron un cartel que recordó por qué el toreo es rito, riesgo y revelación.
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