Riñones encajados al natural y el pecho por delante en la espada: la rotunda verdad de Diosleguarde
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Con el aire gélido de la sierra madrileña colándose por los tendidos, el primer astado de Flor de Jara impuso su ley nada más pisar el albero. Un toro de lámina imponente y cuajada que arrancó, por su sola presencia, la primera ovación de la tarde. Juan Carlos Cubas lo recogió con mimo, meciendo los brazos para dejar un puñado de verónicas de recibo que tuvieron el don de la suavidad.
El tercio de varas trajo consigo la emoción del derribo en un encuentro vibrante, donde Gabriel Gutiérrez dejó un puyazo que cayó algo trasero. Repuesto el orden en el ruedo, el diestro peruano volvió a gustarse con el percal, firmando un quite por verónicas donde el tiempo pareció ralentizarse por la despaciosidad del trazo. Con la montera brindada al respetable, Cubas prologó su obra sometiendo la embestida por abajo con doblones de torero sabor. Ya en los terrenos del centro, estructuró una faena de gran inteligencia basada en las distancias. Supo darle pausas al animal y le perdió pasos entre muletazo y muletazo, buscando empapar de tela el viaje del astado. Con la diestra, alargando la mano hasta el final, brotaron derechazos de mucha hondura y excelente factura.
La mano izquierda exigió un esfuerzo distinto. Los naturales requirieron de un mérito sordo y técnico, pues el ejemplar de Flor de Jara protestaba aliviándose y soltando la cara justo al morir el trazo. Como epílogo, el diestro buscó la belleza del toreo fundamental: desmayó la franela en unos bellos muletazos diestros por bajo, cerrando la obra con un soberbio y larguísimo pase de pecho. En un ambiente donde el frío amenazaba con agarrotar los ánimos, la firmeza y la expresión de Cubas calaron hondo. Cobró una media estocada de efecto fulminante y paseó una cálida ovación desde el tercio, dejando un gran sabor de boca en la sierra.
Un inicio vibrante encendió los tendidos cuando Manuel Diosleguarde salió al encuentro del serio ejemplar de Pedraza de Yeltes. El capote del salmantino voló con enjundia, dibujando unas soberbias verónicas de recibo que calaron hondo y fueron fuertemente jaleadas por la afición de Miraflores. El astado cumplió y se empleó con fijeza en el peto montado por Nicolás Martín, dando paso a un vistoso tercio de banderillas donde Jarocho brilló dejando muy buenos pares.
Con el ambiente a favor, el espada brindó al público y rompió su faena por alto desde los adentros. Al ganar los medios, la muleta en la mano izquierda empezó a dictar naturales de muchísimo encaje. Leyó bien Diosleguarde las distancias y la condición del astado; sabiendo que no convenía obligarle, administró los muletazos a media altura, sin bajarle en exceso la mano. Al tomar la diestra, la faena cobró tintes de firmeza. El salmantino pisó terrenos comprometidos, cruzándose y echándose al astado muy encima, perdiéndole el paso justo para mantener la ligazón. Derrochó capacidad y una expresión rotunda frente a un animal áspero que, en ningún momento de la lidia, llegó a descolgar. El mérito fue superlativo: con los imponentes pitones del de Pedraza amenazando siempre a la altura de su pecho, Diosleguarde puso el corazón en cada cite para domeñar la embestida.
Como broche estético a una obra maciza, cerró el trasteo con el compás cerrado, recetando naturales a pies juntos que le envolvieron la cintura en un trazo largo y torero. Sin embargo, los aceros emborronaron el triunfo. Dejó una estocada muy delantera y el uso del verduguillo se volvió una tarea titánica. Sumó tres pinchazos con el descabello, rozando la angustia de escuchar el tercer aviso por escasos segundos. Un desenlace condicionado por la imponente alzada de un toro altivo, que se resistió a humillar y bajar la cabeza hasta el último aliento. Todo quedó en un respetuoso ovación tras dos avisos, premio frío para tanta disposición.
Jugaba en casa Alejandro Chicharro y el saludo al tercero de la tarde estuvo a la altura del compromiso. El diestro madrileño estiró los brazos y jugó bien la cintura para dejar un ramillete de estimables verónicas de recibo que despertaron el calor de sus paisanos. Cumplió el astado en el caballo, donde Rafael Pérez midió el castigo dejando un puyazo en buen sitio, para que luego Chicharro calentara los tendidos con un quite por ajustadas saltilleras. Comenzó su labor de muleta destilando torería, flexionando la pierna para someter al astado mediante ayudados por bajo, abrochando el inicio con un bellísimo trincherazo. Ya erguido, construyó series de derechazos que tuvieron hondura y buen trazo, pero a la obra le faltó el eco necesario. El ejemplar de Pedraza de Yeltes adolecía de falta de transmisión; su embestida sosa y deslucida impidió que la emoción prendiera y conectara del todo con los tendidos.
Al echarse la franela a la zurda, el lucimiento se convirtió en una quimera. Chicharro se vio obligado a robar los naturales de uno en uno, imposibilitada cualquier opción de ligazón ante un animal que, además de no emplearse nunca en los vuelos, acabó cantando la gallina y buscando el refugio de las tablas. Ante la condición huidiza de su oponente, el madrileño no escatimó en esfuerzo: tiró de voluntad y acortó los terrenos, cerrando el trasteo con un arrimón, pisando terrenos muy comprometidos y pasándose los pitones por los muslos. A la hora de la suerte suprema, la espada no viajó con certera eficacia. Tras dos pinchazos, cobró una estocada casi entera, de colocación algo trasera. Sonó un aviso, pero la afición de Miraflores no quiso dejar sin recompensa la innegable entrega y disposición de su torero, obligándole a saludar una cariñosa ovación.
Poco permitió el lucimiento de capa el cuarto de la tarde, un ejemplar de Pedraza de Yeltes de imponente estampa y cuajo, aunque con la cara más cómoda por su condición de abrochado de pitones. El tercio de varas despertó el enfado del respetable: Rafael Galán dejó un primer puyazo trasero y muy caído que provocó una severa pitada, antes de rectificar con un segundo castigo más severo, pero esta vez en buen sitio.
El ambiente se calentó gracias a la competencia en el quite. Juan Carlos Cubas entró en turno por ajustadas chicuelinas, encontrando la rápida e impetuosa réplica de Manuel Diosleguarde, quien avivó los tendidos alternando vibrantes tafalleras con gaoneras. El tercio de banderillas tuvo nombre propio: Jesús Robledo «Tito», quien se vio obligado a saludar montera en mano tras clavar dos pares de enorme exposición y verdad.
En el que era el segundo toro de su presentación como matador en España, Cubas no quiso dejarse nada en el tintero. Tras brindar su labor al empresario y apoderado peruano Tito Fernández, hincó las rodillas en la arena del tercio para iniciar la faena, transmitiendo una entrega absoluta desde el primer muletazo. Ya erguido y en la jurisdicción de los medios, el diestro peruano cimentó su trasteo sobre la mano diestra. Enfrente tenía al toro más complejo y exigente de lo que iba de festejo, un animal de embestida incierta que nunca terminó de entregarse. Lejos de afligirse, Cubas demostró un evidente oficio y maduras facultades lidiadoras para resolver la papeleta ante las deslucidas acometidas de su oponente, buscando sacar agua de un pozo seco.
Puso el epílogo a su seria actuación pasándose los pitones a milímetros en una tanda de manoletinas. Entró a matar con rectitud, cobrando una estocada casi entera de impecable colocación. Sin embargo, la escasa brillantez de la condición del toro enfrió el reconocimiento, y todo quedó silenciado tras doblar el animal.
El quinto de la tarde, un astado de Flor de Jara serio y muy bien armado, se topó de bruces con la ambición desmedida de Manuel Diosleguarde. El diestro salmantino calentó el gélido ambiente recibiéndolo de hinojos en el tercio, recetando una vibrante larga cambiada. Ya en pie, se estiró con el percal para dibujar las verónicas más rotundas y de mayor belleza de toda la tarde. El tercio de varas dejó un muy buen puyazo a cargo de Alberto Sandoval, prologando un brillante tercio de rehiletes donde Elías Martín se la jugó de verdad, arriesgando una enormidad y dejando pares de gran exposición.
Con la muleta, Diosleguarde rompió su labor doblándose con el animal, llevándolo por abajo con poder y torería hasta ganar la jurisdicción de los medios. Una vez en el centro del ruedo, la faena se convirtió en un ejercicio de tesón. El salmantino tuvo que ir robando los muletazos de uno en uno ante la evidente complejidad de ligar las series, lidiando además con un astado que tendía a defenderse sacando la cara por las nubes al morir el trazo. Pese a las dificultades, la zurda de Diosleguarde dictó pasajes de mucha hondura. Con los riñones encajados y una firmeza de hierro, logró extraer naturales larguísimos que tuvieron el poso de la verdad.
Pero el verdadero culmen de la obra estaba reservado para la suerte suprema. El salmantino se perfiló y entró a matar a cara o cruz, volcándose sobre el morrillo y tirándose encima del astado cual suicida que no mira atrás. La espada quedó ligeramente contraria, pero la entrega fue tan rotunda que el efecto resultó fulminante. La plaza, sobrecogida por la inmolación en el embroque, pidió los trofeos con fuerza, paseando finalmente una oreja de indudable peso que premia la capacidad y el valor sin fisuras del torero.
El cierraplaza, herrado con el hierro de Flor de Jara, levantó murmullos de admiración y fue aplaudido de salida por su bellísima lámina y finas hechuras. Lo saludó Alejandro Chicharro meciendo el percal, dibujando unas verónicas de exquisita cadencia que ralentizaron el tiempo y presagiaron cosas mayores. El tercio de varas fue solventado con eficacia por Héctor Vicente, quien midió el castigo dejando un buen puyazo.
Pero si hubo un momento de clamor rotundo en los primeros tercios, ese llevó la firma de Iván García. El torero de plata protagonizó un tercio de banderillas cumbre, asomándose al balcón y cuadrando en la cara para dejar dos pares de soberbia perfección. La plaza de Miraflores entera se puso en pie, absolutamente rendida ante la torería y la exposición de tan excelentes rehiletes.
Con los tendidos a favor de obra, Chicharro rompió su faena por alto, acompañando la embestida con una naturalidad pasmosa. Al ganar los medios, echó la franela a la zurda y comenzaron a brotar naturales de suma importancia, dictados por el difícil don de la despaciosidad. Cuando tomó la diestra, la obra alcanzó cotas de máxima expresión: enroscándose el toro hasta el final de la cintura, regaló series de una pureza y un temple excepcionales.
Gran parte del mérito lo tuvo la excelente condición del ejemplar de Flor de Jara, un animal noble que rebosó clase y calidad por ambos pitones. Frente a él, el joven diestro madrileño se abandonó, dando una dimensión rotunda, la de un torero de corte verdaderamente caro.
Lamentablemente, el embrujo de la muleta se diluyó a la hora de manejar los aceros. Un pinchazo previo dio paso a una estocada delantera casi entera que no bastó, obligando al diestro a utilizar el verduguillo hasta en tres ocasiones. Sonó un aviso, pero la afición supo premiar la altísima nota artística de su labor, obligándole a saludar una sentida ovación que puso un brillante punto final a la tarde.
El cierraplaza, herrado con el hierro de Flor de Jara, levantó murmullos de admiración y fue aplaudido de salida por su bellísima lámina y finas hechuras. Lo saludó Alejandro Chicharro meciendo el percal, dibujando unas verónicas de exquisita cadencia que ralentizaron el tiempo y presagiaron cosas mayores. El tercio de varas fue solventado con eficacia por Héctor Vicente, quien midió el castigo dejando un buen puyazo.
Pero si hubo un momento de clamor rotundo en los primeros tercios, ese llevó la firma de Iván García. El torero de plata protagonizó un tercio de banderillas cumbre, asomándose al balcón y cuadrando en la cara para dejar dos pares de soberbia perfección. La plaza de Miraflores entera se puso en pie, absolutamente rendida ante la torería y la exposición de tan excelentes rehiletes.
Con los tendidos a favor de obra, Chicharro rompió su faena por alto, acompañando la embestida con una naturalidad pasmosa. Al ganar los medios, echó la franela a la zurda y comenzaron a brotar naturales de suma importancia, dictados por el difícil don de la despaciosidad. Cuando tomó la diestra, la obra alcanzó cotas de máxima expresión: enroscándose el toro hasta el final de la cintura, regaló series de una pureza y un temple excepcionales.
Gran parte del mérito lo tuvo la excelente condición del ejemplar de Flor de Jara, un animal noble que rebosó clase y calidad por ambos pitones. Frente a él, el joven diestro madrileño se abandonó, dando una dimensión rotunda, la de un torero de corte verdaderamente caro. Lamentablemente, el embrujo de la muleta se diluyó a la hora de manejar los aceros. Un pinchazo previo dio paso a una estocada delantera casi entera que no bastó, obligando al diestro a utilizar el verduguillo hasta en tres ocasiones. Sonó un aviso, pero la afición supo premiar la altísima nota artística de su labor, obligándole a saludar una sentida ovación que puso un brillante punto final a la tarde. Ovación tras aviso.
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