Quebrar la quietud, desbordar el alma: Israel Guirao reina en Valdemorillo

Última actualización: 2 de marzo de 2026Por

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Abrió plaza un ejemplar de Cerrolongo de armónica y bella lámina. Lo saludó César de Juste con el arrojo de una larga cambiada, dibujando lances en los que la seda del capote pronto desveló la frágil condición y el escaso motor de su oponente. Intervino Rodrigo Cobo en un quite por verónicas, sufriendo un inoportuno enganchón en el remate, a lo que De Juste replicó con gallarda prontitud.

Llegado el último tercio, el joven espada ofició un trasteo tejido con los hilos de la quietud más rotunda, el temple y una clarividencia absoluta para acariciar las virtudes de su antagonista. Las cumbres de la lidia florecieron por el pitón siniestro. Allí, la derramada nobleza del buen astado se fundió con el trazo desmayado y soberbio del novillero, dictando una magistral lección de pureza donde la naturalidad se elevó a la categoría de arte. Exquisitas y profundas las maneras de De Juste.

Hizo gala, además, de la gran virtud de la medida. Sin estridencias ni excesos, con la obra ya cincelada y el recuerdo de los naturales latiendo aún en el tendido, demostró un magisterio inusual en el manejo de los tiempos. Abrochó entonces la faena con unos ayudados por alto de profunda belleza y sabor añejo.

Sin embargo, la suerte suprema le negó los trofeos. Una primera estocada tendida y contraria fue escupida por el animal, a la que siguió un acero que hizo guardia y un uso errático del verduguillo. Se lamentaba el torero en el ruedo, pero la cruz de los aceros no logró disipar el exquisito y grato aroma que su toreo dejó flotando sobre el albero. Vuelta al ruedo tras aviso, arropado por el calor de una faena para paladear.

Saltó a la arena el segundo de la tarde, herrado con la divisa de Guerrero y Carpintero, luciendo unas hechuras amables, ideales para el lucimiento en este escalafón. Rodrigo Cobo supo leer de inmediato el compás aletargado de sus primeras embestidas, meciendo el percal para regalar dos verónicas preñadas de cadencia y hondo sabor. El turno de quites nos dejó la estatutaria intervención del valenciano Israel Guirao, quien cinceló unas gaoneras de perfil purísimo, clavadas las zapatillas en la arena con marmórea quietud. Cobo intentó la réplica por delantales, aunque en esta ocasión el vuelo de la tela no encontró la redondez soñada. Emotivo y cargado de verdad fue el prólogo de su faena. A través de los micrófonos, el novillero alzó la voz hacia los más pequeños, trazando un hermoso alegato para que nadie logre marchitar jamás su ilusión por la tauromaquia.

Ya en el corazón del ruedo, con la figura erguida como un junco, dio distancias a su oponente. El astado acudió de largo, franco y constante, y Cobo lo embarcó en un toreo de mano baja, largo trazo y profunda hondura. La obra alcanzó sus cotas más altas toreando al natural; encajando los riñones, el joven espada derramó sobre el albero un empaque sublime.

Y si bien es cierto que el motor del animal fue perdiendo fuelle y emoción a medida que avanzaba el trasteo, sobre el albero de la plaza quedó grabada a fuego la firma de un novillero de exquisito gusto e ideas cristalinas. Abrochó su quehacer doblándose toreramente, con unos ayudados por bajo que destilaron el aroma de la tauromaquia más clásica. Coronó la obra con una estocada en todo lo alto que, aunque de efecto tardo, fue el pasaporte para pasear una muy merecida oreja.

En tercer lugar asomó por chiqueros otro ejemplar de la divisa de Guerrero y Carpintero, de armonía grata. Israel Guirao lo saludó con el arrojo de una larga cambiada, para luego cincelar un ramillete de lances sueltos de capote que ya destilaban una bellísima y honda expresión. En el turno de réplica, Gabriel Segura resolvió con brillantez al ejecutar el siempre vistoso «quite de oro», lidiando con solvencia frente a un novillo de embestida áspera y pegajosa.

Ya con la pañosa en la mano, Guirao se marchó al epicentro del ruedo. Allí, impávido y con plantas de mármol, enarboló un prólogo de bellísimos estatuarios por la espalda. Fue un inicio vibrante y boyante, dejando en el ambiente la innegable sensación de un poderío rotundo. Atornillado en los medios, dictó una soberbia sinfonía de derechazos, jugando con magisterio los vuelos de la sarga al quebrar el trazo; un recurso de exquisita técnica para acariciar, exprimir y alargar hasta el infinito el viaje del novillo.

Pero la cumbre del deleite para la afición de Valdemorillo llegó al tomar la mano izquierda. Sus naturales brotaron limpios, de purísimo trazo, sujetando el palillo apenas con la yema de los dedos en un alarde de abandono, suavidad y torería. Quedó sobradamente demostrado sobre el albero que este joven espada desborda madurez; su toreo pide a gritos, y con absoluta justicia, el salto inminente al escalafón con picadores.

En el epílogo de la lidia, el valenciano acortó las distancias para pisar los siempre comprometidos terrenos de cercanías. Allí se abandonó en torerísimos desplantes, acariciando la testuz del astado, y trenzó unas soberbias luquesinas. Como colofón antes de perfilarse, recetó unas ceñidas y escalofriantes bernardinas que terminaron de poner al público en pie.

La suerte suprema fue un relámpago de verdad: una estocada fulminante, de muerte instantánea, que hizo rodar sin puntilla a su oponente. Dos orejas de ley paseadas en triunfo que lanzan un mensaje luminoso a la tauromaquia: la cantera de Valencia goza de una salud envidiable y abriga un futuro brillante. Como broche de oro a esta conjunción perfecta entre hombre y animal, los despojos del extraordinario ejemplar de Guerrero y Carpintero fueron honrados con una excesiva vuelta al ruedo en el arrastre.

Saltó a la arena el cuarto, herrado con la divisa de Cerrolongo. Un ejemplar de imponente estampa, seria arboladura y cuajo de novillo picado que arrancó de salida la ovación unánime y el respeto de los tendidos. Con el corazón en la mano, marchó Gabriel Segura a la puerta de los sustos para recibirlo a porta gayola, aunque la arrolladora embestida inicial le obligó a quebrar ágilmente el cuerpo para salvar el sobrecogedor trance.

Lejos de amilanarse, el joven espada encendió la chispa en el tercio clavando las rodillas en la arena, hilvanando un recibo por faroles vibrante y eléctrico. El tercio de quites se tornó en una épica y accidentada batalla: Armando Rojo se echó el capote a la espalda por saltilleras, sufriendo una aparatosa voltereta de la que se repuso con gallardía para rematar por ceñidas tafalleras. No quiso ceder terreno Segura, quien replicó por estoicas gaoneras, resultando prendido de igual modo, por fortuna, sin mayores consecuencias que la angustia en la grada.

Ya con la pañosa, ancló las zapatillas en el epicentro del ruedo para iniciar el trasteo por estatuarios, pasándose los temibles pitones por la espalda con una quietud pasmosa. Pese a su comprensible escasez de oficio, el novillero derrochó una actitud encomiable, cimentando una labor presidida en todo momento por la firmeza y la clarividencia. El toreo fundamental llegó al natural; de hondo trazo, tocando el morrillo y dejando que el animal se rebosara al máximo en los vuelos frente a un oponente que, más allá de su fiera presencia, regaló nobleza y embestidas francas.

Pecó el novillero, quizá, de la sed propia de quien ansía el triunfo, dilatando en demasía la obra. Y en el epílogo, al ejecutar las ajustadas bernardinas, sobrevino el drama. El astado lo prendió de forma espeluznante, propinándole una dura caída que le abrió una aparatosa brecha en la ceja. Pero la raza de los toreros está forjada en un crisol distinto: con la tez teñida de rojo, mermado pero indómito, regresó a la cara del toro para recetar, con un valor rayano en lo irracional, dos bernardinas más de riesgo límite.

Tres pinchazos hondos, rubricados tras una entrega total, bastaron para despachar al de Cerrolongo. Sonó un aviso, pero el público supo reconocer la sangre, la verdad y el derroche de valentía del joven espada, rindiéndole honores en una clamorosa vuelta al ruedo.

Saltó a la arena en quinto lugar otro serio y astifino ejemplar con el hierro de Guerrero y Carpintero, luciendo una arboladura que recordaba la imponente estampa de su hermano anterior. Lo aguardaba Armando Rojo, quien se hincó de hinojos para encender los tendidos con una vibrante larga afarolada, abrochando su saludo capotero con una media verónica de bellísima factura y regusto añejo. El turno de quites trajo consigo el siempre latente escalofrío del peligro: Rodrigo Villalón, al trenzar unas ceñidas chicuelinas, fue prendido por los pitones, saliendo milagrosamente ileso del trance. Con el orgullo intacto y torera gallardía, replicó el propio Armando Rojo pergeñando unas gaoneras de purísimo y gallardo trazo.

Tras brindar su obra al cónclave, el espada se marchó con decisión a los medios para dejar al respetable sin aliento. Allí, desprovisto del estoque simulado y con una quietud marmórea, inauguró el último tercio con un ceñidísimo pase cambiado por la espalda, desgranando desde ese instante una tauromaquia de exquisita composición y empaque. Surgieron entonces las series en redondo; derechazos preñados de buen fondo y de una limpieza inmaculada. El astado se dejó hacer, noble en su caminar, pero huérfano de esa chispa y transmisión que dotan de emoción a las grandes faenas.

Frente a esa embestida algo mortecina, Rojo opuso un inquebrantable compromiso estético: cada muletazo fue concebido como una oda a la honradez, persiguiendo la máxima pureza y la verdad más absoluta en cada cite y en cada remate. Coronó su elegante labor acariciando la embestida con unos bellos ayudados por alto, plenos de torería. A la hora de la suerte suprema, el uso de los aceros deslució el triunfo al dejar dos estocadas de colocación trasera. El público, sin embargo, sabedor del buen gusto y la honestidad derramada sobre el albero, le tributó una calurosa ovación que el joven espada recogió saludando desde el tercio.

Cerró plaza un sexto ejemplar que, devolviendo la mirada a las amables hechuras de los primeros de la tarde, correspondió en suerte a Rodrigo Villalón. El capote no halló el cauce del lucimiento en el saludo inicial, quedando el percal huérfano de vuelos. Sí cobró vida el tercio de quites, donde César de Juste interpretó las chicuelinas con ajuste, encontrando pronta réplica en un Villalón que dibujó unas tafalleras mecidas y de muy buen aire.

Tras brindar al cónclave, el joven espada pergeñó un inicio de faena buscando los medios mediante toreros doblones por bajo. Sin embargo, la clarividencia le obligó a rectificar de inmediato la altura del engaño: la franca endeblez del animal pedía a gritos mimo y alivio, protestando y perdiendo las manos si se le obligaba a humillar en exceso. En el corazón del ruedo se vivió el amargo contraste de un novillo que atesoró voluntad en sus intenciones, pero cuya frágil anatomía le negó el empuje necesario para culminar el viaje. Frente a esa condición de cristal, Villalón porfió por alumbrar un toreo de trazo luengo y profunda expresión. En medio de la carencia, brotaron pasajes de sereno relajo, cimentados en una verticalidad impoluta y una cadenciosa despaciosidad. Con la muleta dormida, dejó constancia de que, aun huérfano de un oponente cabal, en sus muñecas germina la semilla de un toreo templado y puro; una obra bella y en ciernes que tan solo aguarda el toro propicio para terminar de cuajar y eclosionar.

El telón de la tarde cayó tras una media estocada que hizo necesario el uso del verduguillo. Tras escuchar un aviso, el silencio se apoderó de los tendidos, despidiendo al novillero con el respeto de quienes intuyen el potencial que aún está por venir.

Novillada sin Picadores :
Valdemorillo (Madrid):
Entrada : Un tercio.
Toros : Cerrolongo (1º,4º y 6º) y Guerrero y Carpintero (2º,3º y 5º): El 3º fue premiado con la vuelta al ruedo.
– César de Juste (Que sustituía a Daniel García): Vuelta al ruedo tras aviso.
– Rodrigo Cobo : Oreja.
– Israel Guirao : Dos orejas.
– Gabriel Segura : Vuelta al ruedo tras aviso.
– Armando Rojo : Ovación con saludos.
– Rodrigo Villalón : Silencio tras aviso.
Por Aitor Vian.
Fotografías : Kilómetro Cero.

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