Oreja por coleta en el cierre de Manizales
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La Monumental de Manizales cerró sus puertas este domingo bajo el mismo manto de agua que bendijo gran parte del ciclo. Pero ni la lluvia «pertinaz» —como dicta el tópico y la realidad de estas tierras caldenses— pudo apagar el fuego de una tarde de contrastes, sustituciones de última hora y, a la postre, la consagración de un nuevo nombre en la historia de la feria: David de Miranda.
Con un cartel remendado por las bajas de Roca Rey y Juan de Castilla, la expectación no decayó, transformándose en una tarde de responsabilidad y arte. Se lidiaron toros de Ernesto Gutiérrez, la divisa de la casa, nobles en general pero de juego desigual, que permitieron a la terna tocar pelo y salvar el honor en el epílogo ferial.
Sebastián Castella: El magisterio sin espada
El francés, ídolo local y torero de culto en esta plaza, llegó a Manizales dispuesto a llevarse su quinta Catedral. Y cerca estuvo.
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Primer toro: Abrió la tarde con una faena de sapiencia y estructura. Ante un toro que pedía distancia y temple, Castella impuso su ley. Hubo ligazón y esa quietud estatutaria que le caracteriza. La estocada fue suficiente para pasear la primera oreja de la tarde.
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Cuarto toro («Boyardo»): Aquí se vivió el cénit artístico de la tarde. Castella cuajó a «Boyardo» bajo el aguacero, en una faena que fue in crescendo. El francés se abandonó, toreando al ralentí, con la plaza entregada y sonando el pasodoble Feria de Manizales. Era faena de dos orejas y de Catedral, pero el acero, tantas veces su aliado, esta vez se negó a entrar. Tres pinchazos dejaron el premio en una clamorosa vuelta al ruedo que supo a triunfo moral.
Juan Ortega: El perfume de Triana en los Andes
Entró sustituyendo a la máxima figura peruana, pero Juan Ortega no es plato de segunda mesa; es un manjar para paladares exquisitos.
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Segundo toro: El sevillano dejó su tarjeta de visita con un quite por delantales que detuvo el tiempo. Con la muleta, bordó el toreo por momentos, dibujando naturales que fueron caricias. No fue una faena rotunda por la condición del animal, pero sí una obra de detalles preciosistas. La estocada cayó en sitio y cortó una oreja de peso.
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Quinto toro («Escribiente»): No hubo opciones. El toro se apagó pronto y Ortega, que necesita la colaboración del oponente para su toreo de compás, abrevió. Silencio.
David de Miranda: La garra que vale una Catedral
El onubense llegaba para sustituir a Juan de Castilla y terminó llevándose la gloria absoluta.
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Tercer toro: Poco pudo hacer en su primero, un animal deslucido con el que se mostró firme pero sin eco en los tendidos.
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Sexto toro: Fue en el «cierraplaza» donde Miranda se jugó el todo por el todo. Con la lluvia arreciando y el ruedo pesado, planteó una faena de entrega total, valor seco y quietud pasmosa. Entendió las embestidas del Gutiérrez y logró una conexión eléctrica con los tendidos. La estocada fue fulminante. El palco asomó el pañuelo y la plaza rugió. El trofeo (oreja con fuerte petición de segunda según el sector) fue la llave que, sumada a la rotundidad de su actuación, le valió para ser proclamado triunfador oficial de la Feria, alzándose con el preciado Trofeo de la Catedral de Manizales.
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