Olga Casado, firme entre vapores : oreja en la sauna de Illumbe

Última actualización: 18 de agosto de 2025Por

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Salió el primero, de Núñez del Cuvillo, con buena presencia y nobleza en la mirada. Marco Pérez, aún sin años de alternativa pero con alma de maestro, lo recibió por delantales templados, como quien acaricia el porvenir. El paso por el peto fue sutil, dos puyazos medidos por Antonio Muñoz, respetando la clase que el toro empezaba a mostrar.

Quitó por chicuelinas con sabor, y brindó al público, consciente de que tenía delante un toro de embestida limpia, de nobleza generosa. Lo citó con el pase del péndulo, y desde ahí empezó a escribir una faena de hondura y cadencia. Los derechazos fueron largos, sentidos, y tras dos tandas, sonó “Dauder”, como si la música reconociera que algo grande estaba ocurriendo.

Marco fue cuajando al toro de principio a fin, con naturales hondos, cada vez gustándose más, más asentado, más torero. Pero el de Cuvillo, como si se agotara en su entrega, empezó a perder celo, y con ello, la transmisión. Fue entonces cuando el salmantino, sabio en su juventud, se metió entre los pitones y dibujó circulares al más puro estilo Paco Ojeda, con verdad y cercanía. Acertó en la medida. No se hizo largo. La faena tuvo ritmo, estructura y emoción. Solo la espada le negó el trofeo: dos pinchazos y una estocada en el sitio bastaron para que el premio se escapara por centímetros. El público, consciente del toreo vivido, respondió con una ovación con saludos. Porque cuando el arte se asoma con esa madurez precoz, el futuro ya está escrito. Silencio.

El segundo de la tarde salió con hechuras discretas y cara justa, sin ofrecer espacio para el lucimiento con el capote. En varas, Alberto Sandoval dejó dos puyazos en el sitio, el primero más severo, como queriendo despertar una bravura que nunca llegó.

El quite por tafalleras tuvo gusto y compostura, y el brindis fue íntimo: a Olga Casado, como quien ofrece lo que está por construir de joven a joven. Lo recibió en el tercio por estatuarios, firme, sin mover los talones, como si quisiera plantar su alma en el ruedo.

Pero pronto se vio que el toro no iba a colaborar. Por el pitón derecho se quedaba corto, sin terminar el trazo, sin entrega. El torero tuvo que llevarlo, guiarlo, casi rogarle que embistiera. Dejó algún natural suelto de gran factura, y derechazos con los riñones encajados, asentado, serio. Pero todo lo puso él. El toro era un muro, no un espejo. Y entonces, en un alarde de valor, se metió encima, muy encima. Rozó la tragedia, a escasos centímetros de los pitones, tocándolos incluso, como si quisiera desafiar el destino. Fue una faena de entrega, de torero muy por encima del toro, de lucha sin respuesta. Con la espada dejó un pinchazo, una estocada en el sitio y un pinchazo con el descabello. Ovación con saludos tras aviso. Porque cuando el toro no da, y el torero se impone, el público sabe reconocer el mérito de quien toreó al vacío. Ovación con saludos.

El tercero, novillo de La Purísima, salió al ruedo donostiarra sin ton ni son, como si se hubiera equivocado de plaza. De nefasta presencia para una plaza de primera categoría, fue más que protestado desde el primer instante. A su escasa estampa se sumó la falta de ímpetu: no quiso embestir a la capa de Olga Casado, y los pitidos se hicieron constantes, como un juicio unánime a la mansedumbre.

Sorprendentemente, empujó en el caballo de Manuel Sayago, como si por un instante recordara que era toro. Olga Casado brindó al público, y con la rodilla en tierra inició por doblones, queriendo imponer su voluntad desde abajo. En los medios dejó derechazos hondos, acompañados con la cintura, con gusto y temple. Pero el novillo buscaba la huida, marcaba querencias hacia toriles, y cada embestida fue robada, arrancada con paciencia y firmeza. Faltó algo de ajuste, sí, pero sobraron ganas. La torera se impuso a la mansedumbre, toreando a escasos metros de la puerta de chiqueros, donde el animal se refugiaba. Finalizó por poncinas, con sabor y decisión. Dejó una estocada en el sitio, certera. Y el público, consciente del esfuerzo y del mérito, pidió y otorgó una oreja de peso. Porque cuando el toro no quiere y el torero insiste, el triunfo tiene más valor. Oreja.

El cuarto, de Núñez del Cuvillo, salió al ruedo con volumen acorde a la plaza, pero sin permitir lucimiento alguno con el capote. Se cruzaba, se desordenaba, y en un momento de apuro obligó a Marco Pérez a tomar el olivo para evitar ser prendido. La faena comenzaba cuesta arriba. En varas, Salvador Núñez dejó dos puyazos, el segundo apenas un trámite, como si el toro ya anunciara su escasa resistencia. Pero Marco, fiel a su concepto, trenzó una faena de mucho gusto, con derechazos importantes, templados, en los que el toro mostró nobleza, sí, pero sin transmisión. Embestía sin decir nada.

El salmantino puso todo lo que tenía: entrega, estética, y hondura. Los naturales fueron largos, hasta detrás de la cintura, pero el toro se venía a menos con cada pase, apagándose poco a poco, como una vela sin aire. Con la espada dejó dos pinchazos y una estocada en el sitio. El público, respondió con un respetuoso silencio como fatigado por los 40 grados y exteriores y los cerca de 50 interiores… Silencio.

El quinto, más justo de presencia que el anterior, fue recibido por Marco Pérez con verónicas de rodillas, como quien quiere imponer desde el suelo la voluntad de torear. Puchano dejó dos puyazos, el primero al encuentro, ambos sutiles, respetando la escasa expresión del animal. Marco quitó por caleserinas, y con ellas sumó el cuarto quite distinto de la tarde: variedad, imaginación y oficio, algo que no pasa desapercibido. En banderillas, Elías Martín dejó buenos pares, saludando montera en mano.
Brindó al público, y de nuevo se puso de rodillas en el tercio, llevándolo toreado con ayudados por alto, con gusto y compostura.

El toro, noble pero sin alma, no dijo nada. Marco no tuvo un lote malo, pero sí uno vacío, sin emoción ni transmisión.
Aun así, dejó derechazos profundos, templados, pero sin eco en los tendidos. Consciente de ello, mandó parar a la banda de música, en un gesto de torero que sabe leer la faena y su entorno. No quiso adornar lo que no merecía adorno.
Con la espada dejó cuatro pinchazos y una estocada certera. Ovación tras aviso. Una tarde en la que los aceros de Marco no fueron certeros. Ovación tras aviso.

El sexto novillo, muy mal presentado, sin hechuras de plaza de primera categoría —como el tercero—, parecía anunciar otra faena cuesta arriba. Pero Olga Casado, con la rodilla flexionada, lo recibió por verónicas de gran expresión, como quien decide torear incluso cuando el toro no lo merece. En varas, Jabato dejó un primer puyazo severo y un segundo a modo de trámite. Olga quitó con el capote a la espalda, demostrando exposición y valor. Raúl Ruíz saludó tras parear con poder, sumando verdad a la lidia.

Brindó al público, y de rodillas comenzó a trenzar una serie de gran entrega. Ya frente al patio de cuadrillas, puso gusto a todo lo que hizo: derechazos con expresión, acompañando la embestida, con corazón y sutileza. Fue desarmada en dos ocasiones, desluciendo el conjunto. No fue torpeza, fue fidelidad al estilo. Finalizó en redondo, de rodillas, cerrando una faena que, pese a los defectos propios de la falta de rodaje, dejó al coso donostiarra con ganas de verla de nuevo. Con la espada dejó tres pinchazos y una estocada certera. Ovación.

Corrida Mixta :
San Sebastián (Guipúzcoa):
Entrada : Menos de media plaza.
Toros : Núñez del Cuvillo (1º,2º,4º y 5º) y La Purísima (3º y 6º).
– Marco Pérez : Ovación con saludos, Ovación con saludos tras aviso, Silencio y Ovación tras aviso.
– Olga Casado : Oreja y Ovación.
Sobresalientes : Miguel Ángel Sánchez y Héctor Roberto.
Incidencias : Marco Pérez mató dos toros más tras la baja de Morante de la Puebla. Elías Martín saludó tras parear al 5º, Raúl Ruíz hizo lo propio en el 6º.
Fotografías : BMF Toros.

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