Morante y Talavante cierran el primer fin de semana en El Puerto por la Puerta Grande
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Dos puertas grandes. Dos conceptos. Dos tauromaquias tan distintas como válidas. El Puerto de Santa María vivió una tarde de emociones contrastadas, de arte profundo y valor sin reservas. Morante de la Puebla expandió por los tendidos lo mejor de su tauromaquia: esa fusión ya consagrada entre Joselito y Belmonte, ese perfume de otro tiempo que convierte el ruedo en un altar. Talavante, por su parte, estuvo en Talavante: capaz de arrancar palmas por bulerías y, al instante siguiente, meterse entre los pitones en un arrimón seco y sincero. Juan Ortega no tuvo su tarde, ni el lote para tenerla.
Desde que su primer toro asomó por chiqueros, Morante dejó claro que venía a escribir historia. Toreó a placer, con esa elegancia que sólo poseen los elegidos. Suavidad de dioses y barroquismo propio: verónicas de cartel para el recibo, chicuelinas garbosas para llevar al caballo, y un brindis cargado de respeto al maestro El Juli. Llegaron los kikirikis, los molinetes, los naturales lentísimos, con una cadencia sobrenatural. Culminó con una estocada «hasta los gavilanes». Morante reventó —para bien— la temporada en una faena que queda para los anales de la plaza, que este año cumple 145 años de historia. Un recital de inspiración y torería que fue un regalo para los sentidos.
En el segundo de la tarde, Talavante firmó una faena muy suya : un cóctel perfecto entre el temple y el riesgo, entre lo elegante y lo tremendista. Toreo despacioso, desgarrado, con arrimones y pases por los muslos, de esos que cortan el aliento. La espada, en un principio, se resistió: pinchazo, estocada y descabello cerraron una obra que ya tenía acento de Puerta Grande.
Ortega abrevia con el tercero. Dejó algunos detalles de capa, lo intentó por ambos pitones con la muleta, siempre fiel a su concepto, con reposo y naturalidad. Pero el toro no reunía condiciones para su tauromaquia. Y cuando no se puede, lo mejor es abreviar. Gran estocada.
El cuarto fue un toro grandote, pasado de kilos, que nadie apostaba por él, menos aún después de colarse por ambos pitones. Todos pensábamos en un trámite breve. Pero ante un genio, mejor no jugar a adivino. Morante brindó al futbolista portuense Joaquín Sánchez y, desde ahí, se desató el cante grande. Sonó Juncal y el toreo se hizo sinfonía. Morante toreó con las zapatillas asentadas en el albero y dejándose caer sobre los riñones. Toreo jondo, a cámara lenta, con alma. La espada no rubricó la obra, pero ya nadie pensaba en el acero tras semejante derroche de arte.
En su segundo, Talavante sacó un faenón del esportón. Lo inició con un farol de pie y lo remató con unas bernardinas de infarto. Entre medias, un recital de toreo con sabor a vino viejo: reposado, gustándose, profundo, citando por la espalda, llevando muy toreado al de El Freixo. Faena con el sello del mejor Talavante. Hubo incluso una leve petición de indulto. Gran estocada y dos orejas justas.
En el sexto, pareció que podía haber cante grande. Pero todo se esfumó con la muleta. Faltó acople, sobró pulso contenido. Ortega lo intentó con su habitual parsimonia, pero no logró conectar con los tendidos. Estocada certera, pero silencio en el ambiente.
Corrida de Toros :
El Puerto de Santa María (Cádiz):
Entrada : Lleno con cartel de «No hay Billetes».
Toros : El Freixo : De buena presencia y buen juego. El 5º fue premiado con la vuelta al ruedo.
– Morante de la Puebla : Dos orejas y Ovación.
– Alejandro Talavante : Ovación y Dos orejas.
– Juan Ortega : Ovación y Ovación.
Por Manolo Herrera
Fotografías : Emilio Méndez / Circuitos Taurinos.
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