Miura olvidó su leyenda y Colombo la narró con recursos, emoción y un toreo que hizo vibrar las peñas
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Se abrió el portón y emergió el primero de Miura, alto como ciprés y fiero como leyenda. Manuel Escribano se fue a porta gayola, y en ese instante el ruedo se hizo silencio: una larga cambiada, precisa y solemne, marcó el comienzo. En el tercio, de rodillas, volvió a hilvanar la suerte, como oración trazada en la arena. Juan Francisco Peña picó con rigor: dos puyazos en su sitio, sin alarde, pero con verdad. Escribano bordó dos pares por dentro, uno brillante como tarde de feria, el otro de Colombo, con ese giro de la cintura que sabe a arte. Recibió por la espalda con el pase del péndulo, y en los medios, midió los tiempos. Toreó despacio por el derecho, a media altura, allí donde el toro mostró nobleza. El izquierdo se cerró, y aun así, el torero cruzó la raya para dibujar naturales de trazo largo, aunque la embestida fuera quebrada. El viento, traicionero, quiso robar compás y quietud, pero el de Gerena no se alteró. Faena limpia, serena, sin enganchones, hecha al toro noble y exigente. La estocada fue algo tendida, pero con mérito: metió bien la mano ante la altura en que el toro alzó la cara. El público, agradecido, rindió ovación con saludos: tributo justo a una lidia sincera.
El segundo de la tarde superaba en alzada al anterior, majestuoso en presencia, desafiante en mirada. Damián Castaño, resuelto, se fue a porta gayola y dejó una larga cambiada de verdad, en la que hubo que buscar tierra con urgencia para esquivar el encuentro feroz. En la suerte de varas, Adrián Majada administró dos puyazos severos, con dureza y precisión, templando el ímpetu del miureño. Ya con la muleta, pronto apreció Damián la exigencia del toro, llevándolo a los medios, donde se entregó en derechazos con gusto, siempre bien colocado, firme, consciente de que la faena requería rigor y sitio. El toro no regaló nada: embestidas medidas, caras, que exigían llevarlo muy tapado y con pulso fino. Por el pitón izquierdo, simplemente negó su juego. Cada pase fue robado, uno por uno, cruzándose el torero con verdad y firmeza, arrancando muletazos como si fueran joyas escondidas. La estocada, casi entera, cayó en lo alto. El toro rodó sin necesidad de puntilla, dando cierre a una labor seria y de mérito. El público respondió con una ovación, justa y medida, reconociendo el temple del torero y el valor de su entrega.
Saltó al ruedo el tercero, un Miura con hechuras de tren, poderoso y serio. Lo recibió Colombo con delantales de buen gusto, dibujados con suavidad y temple. En varas, Gustavo Martos brilló: dos encuentros precisos, ambos en el sitio, sin estridencias y con medida torera. Colombo y Escribano se encargaron del tercio de banderillas, dejando algún par delantero, todos con marcada exposición y entrega. Ya con la muleta, fue Colombo quien tomó el testigo, citando por el pitón derecho en los medios. El toro respondió con embestidas largas y profundas, aunque bruscas en su remate. La faena se trazó en línea recta, buscando ligazón en la aspereza, intentando amortiguar ese tornillazo final tan propio de los de Zahariche. El toro, poco a poco, comenzó a desinflarse, tragando menos, midiendo más. Aun así, el torero se mantuvo firme, sacando muletazos con mérito, cerrando por molinetes como broche de lidia seria. La espada viajó certera, un estoconazo en lo alto que hizo rodar al toro sin necesidad de verduguillo. El público, con justicia, concedió la oreja.
El cuarto de la tarde fue otro Miura de alzada imponente y largos tercios, cuya sola aparición reafirmó la seriedad del encierro. Manuel Escribano, firme en su apuesta, se fue a porta gayola y lo recibió con decisión, dejando una larga cambiada que selló el saludo con temeridad. En varas, Juan Peña colocó un primer puyazo digno de elogio, bien señalado y con el toro empleándose con bravura. El segundo, algo más trasero, cumplió su cometido sin el mismo ajuste. En banderillas, compartieron tercio Escribano y Colombo; el toro se hizo dueño del ruedo, y mientras Escribano no logró redondear con los palos, Colombo dejó un par expuesto y valeroso. Brindó Escribano al público, y desde tablas, con una mano, lo recibió por alto, marcando el inicio de una faena a un toro que exigía verdad en cada gesto. Bravo, encastado, sin regalar nada, el de Miura puso el listón en las alturas. Fue necesario poder, pulso y temple. Escribano se impuso, dejó hondos derechazos, asentados y sentidos. El toro mantuvo su poder sin venirse a menos, y el torero mostró que pasa por un gran momento. Finalizó por manoletinas, como rúbrica de entrega. Con la espada dejó un pinchazo, seguido de una estocada casi entera que hizo caer al toro sin demora. Ovación con saludos merecida, tributo al oficio frente a un toro que pidió autenticidad desde el primer pase.
Saltó el quinto, de pitones generosos y andar pausado, anunciando desde el principio la escasez de brío que traía consigo. Lo recibió Damián Castaño con verónicas pausadas, como queriendo infundir aliento al Miura que apenas sostenía su propio peso. Javier Martín picó con mesura, dejando dos puyazos bien medidos, respetuosos con las pocas fuerzas del animal. Castaño, con gesto torero, brindó al gran Miguel Indurain, como quien ofrece su esfuerzo al titán de las ruedas. La faena fue de tacto y paciencia: el torero se convirtió en enfermero, cuidando cada pase como quien vela por un suspiro. Toreó a media altura, sin exigir, tratando de disimular la flojedad que se evidenciaba en cada embestida desganada. El toro, noble pero soso, no transmitía, y el silencio de los tendidos parecía entenderlo. Cerró la obra de rodillas, como en tiempos idos, y remató con un desplante de sabor antiguo, abriendo la chaquetilla en homenaje a una escuela ya escrita. Con la espada dejó una media estocada y dos golpes de descabello que pusieron punto final. La ovación fue contenida, elegante, como quien agradece más la intención que el resultado. A veces, el arte está en saber lidiar incluso cuando el toro no quiere danzar.
Cerró plaza otro ejemplar muy del tipo de Miura: serio, ensillado y de mirada áspera. Lo saludó Colombo con chicuelinas de recibo, rematadas a una mano, aunque con escaso lucimiento por la falta de entrega del burel. La suerte de varas se repartió entre dos petos: Israel de Pedro y Gustavo Martos administraron puyazos medidos, sin excesos, conscientes del carácter reservón del astado, que comenzaba a mostrar querencia. Colombo respondió con un quite por zapopinas, en gesto torero ante el inicio de la mansedumbre. El tercio de banderillas brilló como el más lucido de la tarde: pares de gran exposición y ajuste, destacando un al violín de Colombo que encendió los ánimos del tendido. Brindó al conjunto de peñas, como guiño a la afición entregada. Ya con la muleta, se evidenció la escasez de transmisión del Miura. Todo lo puso el torero: oficio y efectismo. Tuvo que torearlo a media altura, empleando recursos efectistas para mantener la atención y construir faena. Finalizó en los terrenos del toro, allí donde el burel quiso estar, y fue en ese espacio, entre verdad y riesgo, donde resonó el grito unánime desde los tendidos: “¡TORERO, TORERO!” La espada viajó con fuerza: estocada en lo alto, de impacto seco, de esas que pesan. Oreja con petición de la segunda concedida, como justo colofón al esfuerzo de quien hizo de la nada faena variopinta, del paladar de las peñas.
Corrida de Toros :
Pamplona (Navarra):
Entrada : Lleno.
Toros : Miura : De buena presencia y juego variado.
– Manuel Escribano : Ovación con saludos y Ovación con saludos.
– Damián Castaño : Ovación y Ovación con saludos.
– Jesús Enrique Colombo : Oreja y Oreja con petición de la segunda.
Por Aitor Vian.
Fotografías : Emilio Méndez / Suerte Matador.
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