Marco Pérez rompe moldes, Talavante los reinventa : Huesca vibra con el toreo del futuro y la maestría sin fechaº

Última actualización: 14 de agosto de 2025Por

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En la tarde de Huesca, bajo un cielo que parecía contener el aliento, Alejandro Talavante bordó el toreo con el primero de El Torero, un animal de nobleza serena pero escasa vibración. Lo recibió con delantales que no fueron saludo, sino caricia; la capa se convirtió en seda al viento, y el toro, aún sin fuego, se dejó llevar por la cadencia del extremeño. El puyazo fue apenas un suspiro, un roce medido que no quebró la armonía. No hubo brindis, como si Talavante quisiera hablar solo con el toro, sin testigos ni palabras. Y así, por alto, comenzó a hilvanar una faena íntima, de poder contenido y sometimiento elegante. El toro no tenía chispa, pero sí nobleza, y en esa falta de transmisión, Talavante puso el alma que faltaba. Llegaron los naturales, hondos como un suspiro largo, dictados por la mano izquierda que parecía escribir versos sobre la arena. Cada muletazo fue un trazo de profundidad, una línea que no se borra. El toro obedecía, pero era el torero quien mandaba, quien creaba, quien tejía la emoción que el animal no traía consigo. Cerró por bernardinas, ceñidas y valientes, como quien se despide con un beso robado al peligro. La estocada cayó en lo alto, certera, fulminante, como el punto final de un poema que no necesita explicación. El público, rendido, pidió las dos orejas, y el palco, esta vez, no dudó como en días anteriores. Fue una faena de artista, de torero que sabe que el arte no siempre necesita estruendo, sino verdad. Talavante convirtió la falta de raza en belleza, y en Huesca, por un instante, el toreo fue pura lírica. Dos orejas.

El segundo de la tarde llegó sin alarde, sin promesa de gloria. Emilio de Justo lo recibió con capa escasa, como quien sabe que la batalla no será de adorno, sino de fondo. El puyazo fue severo, como si el destino quisiera marcar desde el inicio que aquello no sería danza, sino pulso. Quitó por chicuelinas, breves y medidas, mientras el viento comenzaba a escribir su propia faena en los vuelos de la muleta. Arreció el aire, y De Justo, sin titubeos, se fue abajo, a buscar la verdad donde duele. El toro embestía a media altura, pero al final del viaje soltaba el veneno, como quien no perdona el atrevimiento de ser dominado. Fue faena de lidiador, de torero que no se rinde ante la aspereza. Cada pase era un forcejeo con la incertidumbre, un intento de someter a un animal que, en cuanto se sintió vencido, se negó a ceder. Pero De Justo, con temple y firmeza, fue ganando terreno, toreando por encima del toro, como quien impone su ley sin alzar la voz.
La estocada cayó en el sitio, justa y medida, pero el toro tardó en rendirse, como si quisiera dejar constancia de su resistencia. Sonó el aviso, pero también la ovación, esa que no mide trofeos sino respeto. Porque en Huesca, Emilio de Justo no toreó para el aplauso fácil, sino para la memoria de los que saben que el arte también se escribe en la lucha. Ovación tras aviso.

El tercero salió más justo de cara, pero con la nobleza suficiente para que Marco Pérez, aún con la juventud en los talones, le dibujara delantales de recibo que fueron promesa y afirmación. Lo llevó al caballo por chicuelinas al paso, con mimo y cadencia, y allí recibió un puyazo medido, tan justo que la vara se partió como si el toro quisiera dejar su huella en el hierro. Brindó Marco a Joselito Adame, que mañana dirá adiós a los ruedos, y ese gesto fue más que homenaje: fue continuidad, fue respeto entre generaciones. Comenzó la faena por doblones, y ya entonces la plaza se puso en pie, como si intuyera que lo que venía no era solo faena, sino declaración. El salmantino estructuró su obra sobre el pitón derecho, por donde brotaron derechazos largos, hondos, de poder sereno. Cada muletazo fue afirmación de mando, cada trazo una lección de temple. La faena creció en intensidad, y cuando llegaron los circulares, al más puro estilo de Paco Ojeda, el dominio se hizo evidente. Marco toreaba con el cuerpo, con la mirada, con la quietud que solo tienen los que entienden el tiempo del toro. Remató con un desplante desarmado, como quien se entrega sin defensa porque ya ha vencido. Huesca se puso en pie, rendida ante el arrojo y la verdad. Finalizó por manoletinas, ceñidas y valientes, y dejó una estocada tendida, casi entera, en el sitio. El toro tardó en caer, pero la oreja fue justa, merecida, celebrada.

El cuarto de la tarde salió sin entrega, sin clase, sin ese mínimo de nobleza que permite siquiera el intento de lucimiento. Talavante lo recibió con voluntad, pero el toro negó cualquier posibilidad desde el primer instante. En varas, el puyazo fue medido, como queriendo respetar lo poco que había por delante, pero ya entonces se intuía que no habría historia que contar. Brindó al público, gesto de torero que no se rinde, aunque el destino ya estuviera escrito. La faena fue un ejercicio de paciencia y técnica, pero el toro se defendía, embestía descompuesto, sin ritmo ni intención. Talavante trató de imponer orden, de buscarle la cara, de hilvanar algo que pudiera llamarse faena, pero no había materia prima. No había clase, ni fondo, ni siquiera un atisbo de colaboración. Abrevió con dignidad, entre las palmas del público que reconocía el esfuerzo sin recompensa. Dejó una media estocada en el sitio, eficaz y sobria. El silencio fue el epílogo justo, no por falta de torero, sino por ausencia de toro. Silencio.

El quinto de la tarde, también de El Torero, salió sin entrega en el capote, negando el lucimiento desde el primer tercio. Emilio de Justo, fiel a su concepto, lo llevó al caballo por chicuelinas al paso, con temple y pulso, y allí recibió un puyazo medido, justo en intensidad, como queriendo despertar lo que el toro no traía de origen. La faena fue un ejercicio de dominio. El toro no fue sencillo: le faltó ritmo, le sobraba brusquedad, y exigía un torero capaz de imponer orden sin perder la compostura. De Justo, con los riñones encajados y la muleta baja, logró extraer naturales de gran mérito, hondos y templados, que fueron lo mejor de su obra. Por ese pitón izquierdo encontró la vía para construir, para emocionar.
Por el derecho, el toro se volvió más áspero, más incierto. De Justo se metió entre pitones, se la jugó sin alardes, y allí, en la cercanía, volvió a demostrar que el valor también puede ser elegante. La estocada fue fulminante, certera, como cierre rotundo a una faena de torero curtido. Sonó el aviso, pero la oreja fue concedida con justicia. Emilio de Justo volvió a imponerse a la dificultad, y en Huesca dejó constancia de que el toreo también se escribe en la firmeza.

El sexto cerró la tarde con presencia y seriedad, bien armado, y Marco Pérez lo saludó con las verónicas más templadas y gustosas de la corrida. Toreó despacio, con cadencia, y cada lance fue una declaración de estilo. El capote se convirtió en lienzo, y el joven salmantino lo manejó con la soltura de quien ha nacido para esto. En varas, el puyazo fue severo, marcando el carácter del toro, que desde entonces mostró cierta aspereza. Marco inició la faena en los medios con un pase del péndulo de máxima exposición, pasándoselo por la espalda a escasos centímetros del drama. La plaza, consciente del riesgo, rompió en palmas, reconociendo el arrojo y la entrega. Las dos primeras series por el pitón derecho fueron de gran cadencia y hondura. El toro, aunque justo de raza, permitió el lucimiento en ese tramo inicial. Pero pronto se vino a menos, y Marco, como en su anterior toro, tuvo que recurrir al poder, al sometimiento, a la cercanía. Se metió en terrenos comprometidos, donde el toreo deja de ser estética para convertirse en verdad. Cerró la faena por derechazos sin ayuda, con la muleta en una sola mano, como quien quiere dejar constancia de su dominio. La estocada, casi entera y algo contraria, fue suficiente. Sonó el aviso, pero la oreja llegó como premio a una faena de madurez y entrega. Marco Pérez volvió a demostrar que su juventud no es impedimento para torear con profundidad. En Huesca, cerró la tarde con poder y temple, dejando claro que su nombre ya no es promesa, sino presente.

Corrida de Toros :
Huesca :
Entrada : Lleno.
Toros : El Torero : De buena presencia y juego variado.
– Alejandro Talavante : Dos orejas y Silencio.
– Emilio de Justo : Ovación tras aviso y Oreja tras aviso.
– Marco Pérez : Oreja y Oreja tras aviso.

Por : Aitor Vian.
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Huesca 12-08-2025

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