La furia vino de las sillas, no de las astas : Ventura hizo vibrar Cuatro Caminos

Última actualización: 23 de julio de 2025Por

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En Cuatro Caminos, con la brisa del Cantábrico aún dormida, salió el primero de Los Espartales: un toro de 622 kilos, serio en presencia, lento en intención. Andy Cartagena lo recibió sobre «Felino», caballo de temple y mirada firme, y con él logró encelar al toro, dejando un rejón de castigo que marcó el compás de la faena.

Con «Duende», la plaza se estremeció. Dos banderillas de poder a poder, clavadas con precisión y alma, y vueltas al ruedo llevando al toro cosido a la grupa, como si el caballo tejiera la embestida con sus patas. Fue un momento de vértigo y belleza, donde el ruedo se convirtió en danza.

Luego apareció «Cartago», vestido de perla oscura, y cada gesto frente al toro fue un susurro de torería. Guiñaba las orejas, toreaba con el cuerpo entero, y Andy, desde arriba, tejía silencios con la mirada. La faena tomó forma de ceremonia.

Con «Pintas», la música cambió de tono. Tres cortas al violín, ejecutadas con pulso y compás, y un saludo al tendido apoyado en el estribo, como quien agradece sin palabras. El rejón de muerte fue trasero, y el toro, bravo en su resistencia, no quiso caer. Solo al segundo intento, en el sitio, se rindió. El descabello, esquivo, negó el remate perfecto. Ovación tras aviso.

Al segundo de la tarde lo recibió Diego Ventura con «Guadalquivir», caballo de río lento y mirada firme. El rejón de castigo, algo caído, fue apenas un prólogo, un trazo inicial en el lienzo de Cuatro Caminos. Pero con «Nivaldo» llegó la ebullición: dos quiebros de engaño puro, de esos que no se explican, solo se sienten. El caballo, templado y expresivo, toreaba con el cuerpo entero, y Ventura, desde arriba, tejía vértigo con precisión.

Y entonces apareció «Bronce», y la plaza se transformó. Dos banderillas de importancia, clavadas con los pechos por delante, llevando al toro cosido a la grupa, como si el aire mismo se plegara al compás. Guiñaba las orejas «Bronce», como quien sabe que está escribiendo historia. Y cuando remató con la banderilla sin cabezada, Santander se puso en pie. El caballo hizo la genuflexión, y el ruedo se volvió altar. Era el momento: esto es todo.

Con «Guadiana», Ventura dejó tres cortas al violín, de mucho valor, como notas finales de una sinfonía. Se tiró a matar con verdad, pero el pinchazo y el rejón trasero empañaron el cierre. Aun así, la ovación con saludos tras la petición fue sincera, como quien reconoce que el arte no siempre necesita trofeo para quedarse en la memoria. Ovación con saludos tras petición.

El tercero lo brindó Andy Cartagena a la alcaldesa de Santander, Gema Igual. Enseguida se apreció que estaba descoordinado, pañuelo verde.

El tercero bis salió sin alma, sin celo, como si el ruedo no le perteneciera. Andy Cartagena, sobre «Dama», se echó encima con decisión, como quien sabe que el toreo a caballo también es conquista. El rejón de castigo fue más voluntad que lucimiento, preludio de una faena que habría de construirse sin ayuda.

Con «Cartago», el rejoneador puso dos banderillas de poder a poder, clavadas con pulso firme y corazón abierto. El toro, ausente, apenas se empleaba, y todo lo que sucedía en el ruedo nacía del jinete. Luego vino «Duende», pero ni su magia pudo encender la embestida vacía del astado. La faena se volvió monólogo, sin réplica ni eco.

Entonces apareció «Licor», y la plaza despertó. Dos banderillas largas al violín, saltos con coces que rompieron el aire, y el público, agradecido, se puso en pie. Fue un instante de fuego en una faena de ceniza.

Con «Hechicero», Cartagena quiso cerrar con tres cortas, pero la presidencia, más pendiente del guion que del arte, negó el permiso. Solo una quedó en lo alto, como símbolo de lo que pudo ser. En la suerte suprema, seis pinchazos precedieron al rejón certero. El toro, inmóvil, obligó al torero a echarse encima, como quien arranca el final con las manos. Fue silenciado. Silencio.

El cuarto salió como quien no quiere ser toreado: agarrado al piso, con la mirada baja y la intención alta, barbeando las tablas como si buscara la fuga. Pero Diego Ventura, jinete de pulso firme y alma torera, lo enfrentó sin titubeos. A lomos de «Querido», dejó dos rejones de castigo que fueron más que acero: fueron aviso de que la faena se construiría desde la voluntad.
Con «Quirico», lo llevó cosido a los cuartos traseros, dibujando una vuelta al ruedo que no fue paseo, sino conquista. Cada tranco fue una declaración, cada giro una respuesta al toro que no quería entregarse. Ventura sacó agua de un pozo seco, y lo hizo con torería.

Los mejores pasajes llegaron con «Nómada», caballo de temple y elegancia. Las banderillas fueron trazos limpios, y los muletazos de aire y grupa tuvieron cadencia de faena grande. El silencio del toro se llenó con la música del jinete.
Para cerrar, apareció «Brillante», y el nombre no fue casual. Tres banderillas cortas de altísima nota, clavadas con precisión y alma. El rejón de muerte fue medio al principio, pero Ventura empujó con todo, y el rejonazo en dos tiempos tuvo efecto fulminante. El toro cayó como caen los que han sido vencidos con respeto.

Al saludar, Ventura hizo gestos de incomprensión: la segunda oreja no llegó, aunque la petición fue clamorosa. El palco, rígido, quizá tuvo el criterio para no otorgar esa segunda oreja por el rejonazo en dos tiempos. Pero la plaza, que sabe leer el alma, ya había dictado sentencia: faena de verdad, de las que se quedan. Oreja con petición de la segunda.

Al quinto lo saludó Andy Cartagena con la elegancia de quien conoce el pulso de Cuatro Caminos. A lomos de «Felino», dejó un rejón de castigo sutil, como quien no hiere, sino marca el compás. El toro, serio en presencia, aguardaba el diálogo, y Cartagena lo inició con temple.

Con «Cartago», caballo emblema de su cuadra, la faena tomó cuerpo. Dos banderillas de pureza, clavadas con el alma, y el toro cosido a la grupa como si el aire mismo lo empujara. Fue vibración, fue música sin partitura.
«Baena» trajo las piruetas, el giro que embelesa, y banderillas que parecían brotar del suelo. Luego apareció «Bandolero», y la plaza se encendió: a dos patas, caminó hasta el estribo como quien desafía la lógica, y dejó una banderilla al violín que puso al público en pie. Fue arte en movimiento, fue desafío convertido en belleza.

Con «Pintas», la faena se cerró con solemnidad: un par a dos manos a toro parado. El rejonazo, algo trasero, no empañó el conjunto. La ovación con saludos fue sincera, como quien reconoce que el espectáculo no siempre se mide en trofeos. Ovación con saludos.

El sexto de Los Espartales salió con la sombra larga del atardecer sobre Cuatro Caminos. Diego Ventura lo citó al quiebro con «Guadalquivir», y el rejón de castigo fue como un suspiro que abre la puerta al arte. El toro, serio y de mirada áspera, encontró en el jinete un rival que no se conforma con lo fácil.

Con «Fabuloso», la faena alcanzó su cima. Lo llevó cosido a la grupa, metiéndose hacia los adentros, esquivando un derrote que quiso romper el aire. El caballo, bello y valiente, recibió el roce de la embestida en varias ocasiones, como quien se ofrece sin reservas. Fue riesgo, fue entrega, fue toreo a caballo en su forma más pura.

«Nómada» trajo la elegancia, esa que no se impone, sino que se insinúa. Los pasajes fueron de bella factura, como pinceladas sobre arena. Luego apareció «Quitasueño», que bailó en la cara del toro, y a escasos metros dejó el quiebro de la tarde: tan cerca, tan justo, que la verdad se podía tocar con la yema de los dedos.

Y entonces salió «Bronce», sin cabezada, para dejar una banderilla que fue más que acero: fue símbolo. Se fue hacia atrás, hacia la meseta de arrastre, como quien se despide con reverencia. Con «Guadiana», Ventura cerró con tres cortas al violín, templadas y valientes, como notas finales de una sinfonía.

Un pinchazo y un rejonazo rubricaron la obra. La oreja fue concedida, pero el eco que quedó en Santander fue más profundo: el de un torero que convierte cada caballo en verso, y cada embestida en oportunidad. Oreja.

Corrida de Rejones : Mano a Mano.
Santander (Cantabria):
Entrada : Casi lleno.
Toros : Los Espartales : De buena presencia y escaso juego.
– Andy Cartagena : Ovación tras aviso, Silencio y Ovación con saludos.
– Diego Ventura : Ovación con saludos tras petición, Oreja con petición de la segunda y Oreja.
Incidencias : Tras finalizar el paseíllo sonó el Himno Nacional.
Fotografías : Arjona / Lances de Futuro.

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