Illumbe encendió velas por el arte perdido : Vellosino no acudió a la cita
¡Comparte esta historia!
El telón se alzó con el primero de la tarde, un toro de Vellosino que pesaba 640 kilos, imponente de cuerpo pero justo de cara, como si la bravura se le hubiese quedado a medio camino. Juan Ortega lo recibió con la cadencia de quien conoce el lenguaje del temple: verónicas suaves, casi susurradas. Óscar Bernal dejó dos puyazos en su sitio, el segundo más medido, como si el hierro quisiera respetar la dignidad del animal. Borja Jiménez, en su turno, bordó unas chicuelinas.
Ortega brindó al público, y con ello, ofreció también su alma. Comenzó el tercio por alto, con un molinete de gusto, buscando la poesía en un toro que ya mostraba su falta de música. La embestida era deslucida, sin ritmo, y Ortega, con valor y paciencia, trataba de hilvanar derechazos que encontraban más violencia que armonía. El de Vellosino, incierto y sin transmisión, pisó la muleta en uno de esos intentos, y por un instante, la tragedia rozó la escena.
Los naturales quisieron ser hondos, pero el toro, falto de fuerzas, se quedaba encima, sin terminar los trazos, como si se negara a seguir el compás. La faena se alargó, quizá demasiado, en busca de una emoción que nunca llegó. Ortega cerró con macheteo y un molinete invertido, antes de irse a por la espada. Culminó con una estocada tendida, rematada con certero golpe de verduguillo. El público, agradecido por el esfuerzo y la entrega, respondió con una ovación y saludos.
Salió el segundo, con peso en los lomos pero sin alma en la mirada. Protestado por su escasa expresión y el astillamiento en el pitón izquierdo, ya desde el principio se intuía que no habría gloria, solo resistencia. El toro no ofrecía lucimiento, y en su andar desganado se anunciaba la batalla contra lo imposible. Tito Sandoval, sabio en la medida, dejó dos puyazos con mimo, consciente de que cualquier exceso quebraría lo poco que sostenía al animal. Las protestas no tardaron: el toro no tenía fuerza, y la plaza lo sabía. No hubo brindis, como si Borja Jiménez entendiera que no se puede ofrecer lo que aún no existe.
Se fue a los medios, donde lo recibió pasándoselo por la espalda, buscando encender una chispa en la penumbra. Y allí, en el centro del ruedo, logró lo inaudito: que el toro no se derrumbara. Con los riñones encajados, los talones firmes y el alma volcada en cada pase, Jiménez tiró largo, profundo, hasta detrás de la cintura, como si quisiera arrancar de la nada un verso. Todo lo puso él. El toro, descolgado, pedía la muerte con cada embestida sin fe. No hubo bravura, no hubo transmisión, pero sí hubo torero. Y eso, a veces, basta. La espada cayó en el sitio, como un punto final necesario. El público, consciente del esfuerzo y del mérito sin materia, respondió con una ovación. No por lo que fue, sino por lo que pudo haber sido. Ovación con saludos.
El tercero salió con volumen sobrado pero rostro escaso, como si la fachada quisiera engañar al alma. De cara más que justa, el toro parecía más sombra que presencia. Pablo Aguado lo recibió con verónicas suaves, casi tímidas, como queriendo despertar algo que no estaba allí. Mario Benítez, en varas, fue sutil, consciente de la fragilidad del animal. El sevillano lo dejó con chicuelinas al paso, como quien entrega un suspiro. Brindó al público, y en ese gesto, ofreció también su esperanza.
Lo citó en los medios, por derechazos que tuvieron cadencia, ritmo, intención. Pero el toro era vacío. No había bravura, ni emoción, ni fondo. Aguado, con la elegancia que le caracteriza, intentó trenzar faena por todos los caminos posibles: derechazos, naturales, cambios de mano… pero nada caló en los tendidos. El toro no respondía, y el arte, sin interlocutor, se desvanecía.
La faena se alargó, demasiado quizá, como quien se resiste a aceptar que no habrá respuesta. Cerró por ayudados por alto, buscando un broche digno a una obra que nunca pudo ser. Pinchazo primero, luego estocada algo caída. El silencio fue el veredicto. No hubo ovación, solo respeto contenido. Silencio.
El cuarto salió de toriles como si ya arrastrara el peso del puyazo, aplomado, vencido antes de empezar. Ortega lo recibió con verónicas templadísimas, de pausa lenta, como si quisiera detener el tiempo para insuflarle vida al astado. José Palomares, consciente de la debilidad del animal, dejó dos leves puyazos, apenas un roce. Borja Jiménez quitó por verónicas, pero la lidia se tornó caótica, desordenada, como si el toro deshiciera cualquier intento de armonía. No hubo brindis. Ortega sabía que lo que tenía delante no era materia de faena, sino de cuidados.
Comenzó por doblones por abajo, intentando despertar algo que no existía. Las fuerzas del toro eran más que justas, y Ortega se convirtió en enfermero, sosteniéndolo con muletazos por arriba, buscando equilibrio donde no había ni cimiento. Y entonces, de la nada, como un milagro breve, extrajo una serie de naturales extraordinarios. La música sonó, sorprendida, como si no creyera lo que veía. Pero fue solo un espejismo. El pozo estaba seco, y no había más agua que esa breve gota de arte.
Cerró con molinetes de gusto, dignos, y se fue a por la espada. Pinchazo, media estocada, y tres intentos con el descabello. El silencio tras el aviso fue el eco de una faena imposible, de un torero que quiso hacer arte con lo que no tenía alma.
Salió el quinto, de Vellosino, el mejor presentado hasta entonces, con expresión y picante en la mirada. Borja Jiménez lo recibió por verónicas, templadas y con sabor, como quien presiente que esta vez sí hay materia para el arte. En varas, Vicente González fue sutil en el paso por el peto, respetando la movilidad del toro. Jiménez brindó al público, y comenzó por doblones en redondo por abajo, marcando desde el inicio el compás de una faena que prometía.
Y cumplió. El de Espartinas estuvo sublime: dio tiempos entre tanda y tanda, dejó derechazos hondos, con mucho encaje, asentado, dueño del terreno y del ritmo. Sonó “Camino de Rosas”, y la música no fue adorno, sino reflejo de lo que ocurría en el ruedo. El sevillano empezó a cuajar una faena curtida, estructurada, con cabeza y corazón.
El toro tuvo transmisión, movilidad, y Jiménez lo citaba siempre de lejos, como quien respeta al compañero de danza. Le corrió bien la mano, lo llevó largo, y mostró una gran dimensión torera. La faena tuvo la medida justa, sin excesos, sin alardes, solo verdad. Pero la muerte se resistió. Costó colocarlo, y al final, en la puerta del patio de cuadrillas, dejó un pinchazo y una media estocada. Falló con el descabello en repetidas ocasiones, y el eco de lo vivido se diluyó un poco en ese epílogo. Aun así, el público reconoció la obra. Ovación con saludos. Porque cuando hay encuentro entre toro y torero, aunque el final no sea perfecto, el arte ya ha sucedido.
Salió el sexto, sin cara pero con volumen, como el tercero. No hubo espacio para el lucimiento con el capote. El toro, aunque falto de expresión, tenía movilidad. En varas, Salvador Núñez midió bien la bravura, sin excesos ni castigos innecesarios. Pablo Aguado no brindó. Fue directo al grano, y comenzó la faena llevándolo con el pico, dejando derechazos de buen gusto. El toro, noble y colaborador, permitió una faena limpia, aunque sin ajuste. No hubo apreturas ni riesgo, pero sí intención de poner duende, de acariciar la embestida con temple.
La faena tuvo momentos de estética, pero no alcanzó vuelo. Aguado trató de imprimir su sello, ese aroma sevillano que a veces basta con insinuar. Pero faltó conexión, faltó emoción. A la hora de matar, cuatro pinchazos. El toro cayó sin necesidad de un quinto encuentro. Y el silencio fue justo, como quien reconoce el intento pero no encuentra motivo para el aplauso.
Fotografías : BMF Toros.
¡Comparte esta historia!
También podría gustarte

Paró Ismael Martín a la verónica al primer novillo de la tarde [...]


El toro de la alternativa de García Pulido se llamó «Incordioso» un [...]
































