Entre el cemento y el manso: Galdós pone la única luz en la penumbra de Cañaveralejo
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A veces la fiesta se viste de luto no por la tragedia, sino por la ausencia de casta. Lo vivido este 27 de diciembre en la Copa Champañera no fue una tarde de toros, fue un simulacro de paciencia. Con un cuarto de entrada que dejaba ver demasiado cemento en los tendidos de Cañaveralejo, la corrida de Campo Real saltó al ruedo para confirmar los peores presagios: un encierro anovillado, de presencia discutible y, lo que es peor, vacío de alma. Una «mansada» sin paliativos que convirtió el arte de Cúchares en una labor de enfermería y técnica defensiva.
En este páramo de bravura, el peruano Joaquín Galdós fue el único capaz de encontrar agua, cortando una oreja que sabe a premio de consolación, pero también a justicia poética por su capacidad lidiadora.
La técnica contra la nada
Joaquín Galdós se llevó el lote, si es que así se le puede llamar. Ante su primero, el segundo de la tarde, el peruano desplegó esa tauromaquia cerebral que le caracteriza. El toro, noble pero de fuerzas justas, pedía suavidad y Galdós se la dio. Hubo temple en los naturales, tirando del animal con pinzas, sin obligarlo, convenciéndolo de embestir. Fue una faena de pulso quirúrgico que el palco, en un acto de sensatez, premió con una oreja tras una estocada efectiva.
En el quinto, el guion se torció. El viento, ese enemigo invisible que barrió el ruedo caleño, se alió con un toro de embestida irregular y descompuesta. Galdós lo intentó, quiso poner orden donde solo había caos, pero la faena no pudo romper. Lo suyo fue un ejercicio de dignidad profesional ante un oponente que no ofrecía nada.
Román: querer es… estrellarse contra un muro
Abría plaza Román, un torero que en Cali se siente como en casa, pero ni el cariño de la afición puede levantar a un toro muerto en vida. Su primero fue un animal «abanto», distraído, que pasaba por allí sin enterarse de la pelea. Román, voluntarioso, se encontró con el vacío. Silencio.
Lo mejor de su actuación —y quizás la imagen de la tarde— llegó en el cuarto. El toro salió con algo más de gas (un espejismo) y permitió que Román y Galdós protagonizaran un quite al alimón. Fue un destello de torería antigua, un guiño a la galería que despertó a los tendidos del letargo y recordó a las parejas clásicas de la tauromaquia. Pero tras el capote, la realidad volvió a imponerse. El toro se apagó como una vela y Román se atascó con los aceros, escuchando dos avisos. Su silencio final pesó como una losa.
Zulueta: el futuro se topa con el presente
Cerraba la terna el joven sevillano Javier Zulueta, nombre propio de la esperanza, que venía a Cali a mostrar sus credenciales. En su primero dejó detalles, pinceladas de ese concepto puro que atesora, dibujando algún muletazo suelto que tuvo sabor. Pero para pintar hace falta lienzo, y el de Campo Real era un trapo roto.
El sexto fue la cruz definitiva. Un animal con peligro sordo, que se colaba y miraba más al torero que a la muleta. Zulueta no pudo acoplarse, y es lógico; ante la falta de recorrido y la mala clase, la inexperiencia se paga. Pasó fatigas con la espada, cerrando una tarde gris que no debe manchar su proyección, pero que sirve de aviso: en América, el toro también exige, y cuando no embiste, muerde.
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