Entre el arte y la bronca : El Cid y Roca Rey tocan pelo, Ortega naufraga ante Santander

Última actualización: 29 de julio de 2025Por

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Saltó al ruedo el primero, justo en presencia, del hierro de Domingo Hernández. Lo saludó El Cid con verónicas de temple pausado y largura medida, más que templadas, como quien acaricia la nostalgia desde el primer lance. La plaza, aún envuelta en el recuerdo de la tarde anterior, acogía con palmas el regreso del de Salteras.

En el caballo, Pedro Geniz dejó un puyazo sutil, respetando las justas condiciones del astado, que tampoco se empleó en exceso. Tras el quite, nuevamente por verónicas de similar factura, El Cid volvió a firmar el clasicismo en cada gesto.

Brindó al público, como quien ofrece su alma a la tierra que tantas veces fue suya. En los medios se colocó para torear por el pitón derecho, desplegando el dominio sereno de quien conoce cada pulso del toreo. Muleta planchada, juego de alturas, y una quietud que ponía los suspiros al borde del graderío. Recto como una vela, aguantó derechazos hondos, con el toro cada vez más cerca, sin apenas mover un aliento. Valor seco, sin aspavientos. De Salteras y de verdad.

El toro, noble y de embestida franca, permitió faena de pulso firme y esencia torera. El final llegó con estocada casi entera y un certero golpe de descabello. Cayó el toro y la oreja se concedió con justicia.

El segundo de la función llegó con volumen sobrado, pero más que justo de cara. Con sus 613 kilos, salió andando de toriles y fue pronto protestado por el respetable, que no vio en su estampa el reflejo de una corrida de postín. Aun así, en el saludo con capote se dejó alguna verónica de gusto y una media bien rematada.

La suerte de varas fue doble y desigual: un primer puyazo más sutil de José Palomares, como quien guarda puerta con discreción; y otro más recio de Óscar Bernal, que marcó el trazo con más firmeza. La lidia, sin brindis previo, se volvió caótica y despertó la impaciencia del tendido, que no cesó en su pitada.

Con la muleta, Ortega lo recibió por alto y lo llevó a los medios dejando trincherazos de emotividad. El toro, reservado pero con pinceladas de peligro, soltó un derrote dirigido a la hombrera, y ahí se palpó la tragedia contenida. El torero gaditano, intuitivo y pinturero, supo ver que no había materia para faena redonda, y convirtió su quehacer en danza sutil, como quien torea sobre la nada, sin rival, pero con alma.

Los naturales vinieron sueltos, de uno en uno, como destellos efímeros en un aire sin vibración. Toreó con mimo, pero sin eco, y la emoción quedó atrapada en la falta de fuelle del astado. Cuadrarlo fue una guerra: se arrancaba pronto, huía a tablas, escarbaba, miraba al tendido como si buscara otra historia.

Tras dos pinchazos y el fantasma del tercer aviso, Ortega optó por estocada baja, muy baja, excesivamente baja que puso punto final. El público, que no encontró redención en lo visto, respondió con pitos. Faena de belleza fugaz y frustración sostenida. Pitos.

El tercero, más en tipo que sus hermanos, no permitió lucimiento de capa. Roca Rey apenas lo tanteó, pues intuyó que el trazo se escribiría más adelante. En varas, José Manuel Quinta dejó un puyazo medido, sin romperle el alma al toro, respetando su condición.

Llegó entonces el quite, con el capote a la espalda, sublime en ejecución y dramático en el remate: el toro se le fue encima en un suspiro y Roca lo sorteó como quien se juega la eternidad en un parpadeo. Fue un gesto seco, heroico, de los que no se ensayan.

Por estatuarios en el tercio inició la faena, con firmeza y verdad. En los medios, los derechazos llegaron largos y con hondura, envolviendo al toro hasta el final de cada trazo. La mano izquierda dibujó naturales de enorme profundidad, y en uno de ellos, con el toro entregado, se lo pasó por la espalda en un alarde que rozó la tragedia. Fue ese instante donde se suspende el aire.

El final fue en redondo, con el toro totalmente sometido, como rendido ante la voluntad torera de un figurón que se crece en la exigencia. Entró a matar dejando media estocada baja pero agarrada, y el público respondió con ovación tras el aviso y una petición clara no atendida por el palco, reconociendo la entrega y el pulso firme de quien pone cuerpo y alma. Ovación tras aviso.

No hubo espacio para el lucimiento con el capote, pero El Cid conoce los tiempos del toreo como quien conoce los silencios de su alma. En varas, Espartaco dejó un puyazo medido y firme, y El Cid quitó por delantales, dibujando el aroma de los lances antiguos.

Con la muleta tomó el mando pronto, toreando por derechazos curvos, cadenciosos, como quien pasea la historia de su mano. El toro, noble y pronto, tuvo clase al principio, y el de Salteras, en estado de gracia esta feria, lo entendió con exactitud. Cada pase parecía brotar desde dentro, como música pausada y honda.

A medida que avanzaba la faena, el toro fue perdiendo celo y recorrido, pero mantuvo el buen son. Y El Cid, fiel a su concepto, se aferró a la calidad para seguir hilvanando muletazos con temple. No buscó alardes ni emotividad barata: toreo de poso y autenticidad, donde la figura recta y el pulso calmo contaban más que el estruendo.

La suerte suprema se le atragantó: tres pinchazos antes de una estocada caída que cerró el capítulo. Aun así, la ovación con saludos fue reflejo del respeto ganado por quien torea con los hilos del tiempo y no necesita más que una muleta bien puesta para decirlo todo, besó la arena como quien abraza a toda una gente que tanto cariño le aguarda. Ovación con saludos.

El quinto, áspero de alma y reservado en presencia, no concedió ocasión alguna para el lucimiento de Ortega con el capote. En varas apenas se entregó, como si ya adivinara que la tarde no era suya. En banderillas, hizo presa con la mirada a los subalternos, fija en el horizonte, como presagio de complicaciones.

La muleta no fue más generosa. Desde el primer trazo se reveló el desencuentro: toro brusco, sin celo, de cabeza alta y embestida descompuesta. Ortega lo intentó con pulso templado y compostura, pero aquello no era faena, sino batalla sin eco. El toro se rajó pronto, sin alma ni recorrido, y el torero quedó frente al vacío, justificando con dignidad lo que la bravura le negó.

La suerte suprema fue reflejo del desconcierto: siete pinchazos, una media estocada y una estocada entera cerraron el trámite. Sonaron los dos avisos y con ellos los pitos del tendido, que ya había renunciado al milagro.

Cerró la corrida el sexto, del hierro de Domingo Hernández, sin ofrecer lucimiento de capa. Toro serio, de buena expresión, que se empleó con firmeza en el peto de Sergio Molina. Sin brindis, Roca Rey fue directo al corazón del ruedo, iniciando faena por estatuarios en el tercio, como quien quiere marcar desde el primer instante.

Lo llevó a los medios por abajo, largo y con gobierno, y el astado se arrancó con prontitud, chispa y nobleza. El peruano, conocedor de su terreno, empezó a construir una faena por el pitón derecho, donde hubo momentos de emoción, con muletazos hondos, largos, y mando seco. Se intuía grandeza.

Sin embargo, el toro fue apagando su son, y la faena perdió cuerpo, pero Roca Rey, lejos de aflojar, tiró de cercanías, donde el dominio y el valor hablaron alto: un cambiado por la espalda que rozó la tragedia sacudió el tendido, y el final en redondo fue clase y firmeza. Entró a matar con decisión, dejando una estocada como un puñetazo: efecto fulminante. La plaza se puso en pie y la oreja fue concedida con petición de la segunda.

Corrida de Toros :
Santander (Cantabria):
Entrada : Lleno con cartel de «No hay Billetes».
Toros : Domingo Hernández.
– El Cid (Que sustituía a Cayetano): Oreja y Ovación con saludos.
– Juan Ortega : Pitos tras dos avisos y Pitos tras dos avisos.
– Roca Rey : Ovación tras aviso y Oreja con petición de la segunda.
Incidencias : Tras finalizar el paseíllo sonó el Himno Nacional.
Fotografías : Arjona / Lances de Futuro.

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