Entre alimañas y nobleza, Orozko celebró el valor de los que torean sin red
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El primero de El Collado, de imponente presencia, salió con alegría, como si la seriedad se vistiera de movilidad. Diego Mateos lo saludó con verónicas templadas, de trazo sereno, como quien acaricia la embestida sin romperla. Fernando Vanegas respondió al quite por verónicas.
Con la muleta, Mateos apostó por el pitón izquierdo, donde el novillo mostró fondo y nobleza. Allí dejó naturales de gran trazo y gusto, templados, hondos, como si el toreo se tejiera sin prisas. Por el derecho, el animal embistió a trompicones, exigiendo desde el principio, y el sevillano se impuso con mando, sometiendo al volumen con firmeza. La faena fue de entrega, de pulso, de saber estar. Cerró con un pinchazo y una estocada en el sitio. Oreja.
El segundo de Sánchez Arjona no dio lugar al lucimiento de capa. Apenas unas verónicas sueltas dejó Fernando Vanegas, como quien mide antes de entregarse. El novillo, más que exigente, ya anunciaba que la faena no sería de caricias, sino de pulso. En banderillas vino lo más brillante. Vanegas se creció, y dejó excelentes pares, destacando un segundo al violín que puso en pie a la plaza: por su exposición, por su colocación, por la verdad que no se disfraza.
Con la muleta, apareció la alimaña clásica de Santa Coloma: picante, áspera, difícil. Pero el venezolano se cruzó, tiró de las embestidas, y toreó con verdad. El novillo vendió cara su lidia, y Vanegas pagó el precio con entrega. Lo hizo todo a favor del toro, y aún así, lo sometió. Dejó un pinchazo y una gran estocada. Oreja.
El tercero de Sánchez Arjona, armado de presencia, salió derrotando con violencia en todos los burladeros, como si la bravura se desbordara sin control. No hubo lugar para el lucimiento de capa, solo para la prudencia. En banderillas se rozó la tragedia. Uno de los subalternos dejó un par en lo alto, de gran exposición, y al acudir Eduardo Rodríguez, el sobresaliente, a cortar al novillo, ambos chocaron en la cara del burel. La fortuna quiso que no hiciera presa por ninguno. Estaban en tablas, y un percance allí hubiera sido de extrema gravedad. Tras el choque, los dos toreros se abrieron uno para cada lado, y el novillo se estrelló contra las tablas de chapa. Un suspiro de aliento se sintió en Orozko, como si la plaza respirara de nuevo.
Con la muleta, el novillo fue más que dificultoso, exigente, sin regalar nada. Diego Mateos se mantuvo firme, estructurando faena con disposición, con mérito, con torería. Cada muletazo fue una conquista, cada serie una afirmación de valor. Dejó un pinchazo y una estocada algo baja, necesaria de varios golpes de descabello. Silencio.
El cuarto de El Collado fue el más imponente de la tarde, un novillo de presencia rotunda que exigía respeto desde el primer instante. Eduardo Rodríguez, sobresaliente por segunda jornada consecutiva, quitó por tafalleras más que meritorias, y Orozko se puso en pie ante un chaval que toreó con altura y atención, como si el cargo fuera vocación. En banderillas, compartieron tercio Vanegas, Rodríguez y un subalterno. La idea era buena, el gesto torero, pero el novillo descompuso el conjunto, apenas permitía pasar, y el tercio terminó con dos pares y escaso lucimiento. Vanegas, consciente del esfuerzo colectivo, brindó a toda la cuadrilla, a Diego Mateos y al sobresaliente, que vino sin cuadrilla por ser sustitución de última hora. Todos fueron partícipes, todos fueron toreros. El brindis fue más que un gesto: fue una declaración de compañerismo.
Con la muleta, el novillo derrochó clase y calidad, pero a medida que la faena avanzaba, acusó el exceso de capotazos en banderillas. Vanegas toreó con hondura, con verdad, dejando derechazos sublimes hasta que el toro se apagó. Por el izquierdo, los naturales no tuvieron la misma calidad, pero el venezolano lo llevó muy toreado, con pulso y respeto. Dejó un pinchazo y una estocada algo contraria. El novillo tuvo muerte de bravo. Oreja. Porque hay faenas que se construyen con más que técnica: con alma, con equipo, con torería. Y Fernando Vanegas, en Orozko, toreó como quien sabe que el ruedo también se comparte.
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