El tiempo se detiene en Cañaveralejo: La noche en que tres generaciones tocaron el cielo de Cali
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Dicen que el toreo es el arte de parar el tiempo, pero lo de esta noche en Cañaveralejo fue algo más: fue el arte de plegarlo. En el marco místico del Festival del Señor de los Cristales, tres líneas temporales convergieron en el ruedo de la «Copa Champañera» para demostrar que la tauromaquia no entiende de edades, sino de almas. Bajo la luna caleña, César Rincón, Sebastián Castella y Marco Pérez no lidiaron reses; lidiaron con la historia, y salieron de ella a hombros de una afición enloquecida.
Rincón: El retorno del Emperador
Lo de César Rincón trasciende el análisis técnico; entra en el terreno de la teología taurina. Cuando el maestro bogotano se abrió de capa, Cañaveralejo guardó un silencio reverencial, de esos que solo se le regalan a los mitos. No vino Rincón a cumplir el expediente ni a vivir de las rentas de su leyenda. Vino a torear.
Y vaya si lo hizo. Con la muleta, César destapó el tarro de las esencias añejas. Hubo muletazos que duraron una eternidad, traídos desde el pitón contrario, enganchando al novillo con los vuelos y llevándolo cosido hasta detrás de la cadera. Fue un toreo sin prisas, curvo, profundo, con ese poso que solo dan los años y la gloria sufrida. Rincón nos recordó por qué mandó en el mundo: porque su toreo es verdad desnuda. La plaza rugió no por la espectacularidad, sino por la pureza. Dos orejas que supieron a reencuentro con el amor de su vida.
Castella: Un francés con alma de salsero
Si Rincón fue la nostalgia hecha arte, Sebastián Castella fue el poder absoluto. El francés juega en Cali como local, y esa complicidad se notó desde que pisó la arena. Su faena fue un monumento a la verticalidad y al valor seco, ese que no necesita alardes para helar la sangre.
Castella planteó la faena en una baldosa. Citó de lejos, se dejó venir al animal y, sin mover una zapatilla, ligó series donde el mando fue la nota dominante. Cuando el novillo pidió cercanías, Sebastián se metió entre los pitones con una naturalidad pasmosa, gobernando las embestidas con una muñeca de seda y un corazón de hierro. Hubo temple, hubo ligazón y, sobre todo, hubo esa jerarquía de quien se sabe figura máxima. Cali se rompió las manos con él. Castella no falló y se llevó el doble trofeo tras una estocada que fue un cañón.
Marco Pérez: La revolución no pide permiso
Y para cerrar el círculo mágico, apareció el niño. Marco Pérez. Lo de este chico escapa a la lógica. Salió al ruedo con la insolencia propia de la genialidad y puso la plaza boca abajo. No es solo que toree bien para su edad; es que torea con una intuición que muchos no logran en toda una carrera.
Marco fue un vendaval. Con el capote meció las embestidas con un gusto exquisito, pero con la pañosa se transformó. Bajó la mano hasta enterrarla en el albero, exigiendo al novillo, arrastrándolo en naturales largos y templados que hicieron saltar a la gente de sus asientos. Tiene desparpajo, tiene conexión y, lo más importante, tiene un valor sereno que asusta. La plaza fue un manicomio. No hubo compasión con el novillo ni mesura en los tendidos: la faena fue un estallido de júbilo, un grito de esperanza hacia el futuro.
Epílogo de una noche soñada
Al final, la imagen fue la de la felicidad completa. El ayer glorioso, el hoy rotundo y el mañana ilusionante saliendo por la misma puerta, unidos por el hilo invisible del triunfo. El 28 de diciembre de 2024 no será recordado como una fecha más en el calendario; será recordado como la noche en que Cali vio, en un solo festejo, toda la grandeza que cabe en el toreo.
Festival :
Cali (Colombia):
Toros : Juan Bernardo Caicedo.
– César Rincón : Oreja y Ovación tras dos avisos.
– Sebastián Castella : Dos orejas y Ovación.
– Marco Pérez : Oreja y Oreja tras dos avisos.
Fotografías : Toro Vive.
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