El dios inca volvió a nacer entre pitones: Roca Rey incendia Vista Alegre

Última actualización: 28 de agosto de 2025Por

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Salió por toriles el primero de Victoriano del Río, bien armado, con el trapío que exige Bilbao, como si la plaza pidiera respeto desde la mirada del toro. Ortega lo recibió con escasas verónicas pausadas, sueltas, como quien intuye que el lucimiento será breve. En varas, el toro no se empleó en el primer encuentro, sí en el segundo, donde José Palomares dejó buenos puyazos, medidos y en sitio.

Con la muleta, Ortega se enfrentó a un toro que no quiso quedarse. Buscó tablas desde el principio, y el torero tuvo que taparle la salida, como quien intenta convencer al que ya ha decidido marcharse. No había lugar al triunfo, pero sí al intento. Algún derechazo tuvo cadencia, pulso, esa hondura que no necesita ruido. El trasteo final tuvo torería, dignidad, y ese aroma de quien sabe que no siempre se torea para ganar. Abrevió. Tres pinchazos y una estocada baja cerraron la escena. Silencio en Bilbao, como quien reconoce el esfuerzo sin recompensa. Porque a veces, el toreo es eso : tocar las teclas de un piano que no quiere sonar.

El segundo de Victoriano del Río, muy armado de pitones, no concedió espacio al saludo de capa. Fue toro serio, de los que imponen desde la salida. En varas, José Manuel Quinta dejó dos puyazos medidos, como quien sabe que el toro no necesita castigo, sino respeto.

Roca Rey brindó al público, y Bilbao se puso en pie. No por cortesía, sino por reconocimiento. Porque el peruano siente a Bilbao, y Bilbao le siente a él. El inicio fue de estatuarios cambiados por la espalda, ejecutados con precisión milimétrica, como quien desafía al miedo con elegancia. La plaza, entregada, comenzó a latir al compás del torero. Vinieron los derechazos largos, sostenidos, sin bajar del todo la mano, como si Roca Rey sujetara las fuerzas del toro con la yema de los dedos. El de Victoriano del Río tuvo nobleza y acometividad, y el torero lo fue sometiendo poco a poco, con hondura, con encaje, con ese temple que no se aprende, se tiene. Las series fueron largas, hasta el final de la cadera, donde sus brazos alcanzan lo que otros apenas rozan.

El cierre fue por bernardinas, y en ellas se palpó la tragedia como un suspiro. Cambios de lado tan cerca de los pitones que el aire se cortaba. Bilbao, de nuevo, en pie. Y cuando dejó la estocada fulminante, seca, certera, fue como un puñetazo de Sugar Ray Robinson: directo, limpio, definitivo. Oreja con fuerte petición de la segunda. Bronca al palco.

El tercero de Victoriano del Río, otro tío de seria expresión, fue recibido por Pablo Aguado con verónicas que no se ejecutan, se suspiran. Cada lance tuvo compás, cada movimiento, la cadencia de quien torea con la música dentro. Salvador Núñez dejó dos puyazos severos, marcando el pulso de un toro que pedía respeto desde el peto.

Tras el castigo, Aguado bordó delantales de gusto, como quien acaricia la bravura sin apurarla. Ortega, en el quite, dibujó chicuelinas que fueron pinceladas breves sobre un lienzo que empezaba a latir. El inicio de faena fue por trincherazos, rematados por un molinete de belleza serena y un pase de pecho pleno de naturalidad, como si el toreo se deslizara sin esfuerzo. Y entonces, al son de “Agüero”, surgió la cadencia. Aguado trenzó naturales de mucho gusto, con el compás cerrado, como quien baila con el toro sin romper el silencio. El de Victoriano del Río tuvo nobleza y embestidas limpias, y el sevillano las comprendió como se comprende un poema: sin traducirlo, sólo sintiéndolo.

La estocada cayó en el sitio, de gran efecto. Bilbao, por un instante, se quedó sin aliento y sorprendentemente no rompió con tan importante actuación. Hubo petición, pero no fue mayoritaria. Vuelta al ruedo para Pablo Aguado, como quien deja una caricia en la memoria sin exigir aplausos. Porque hay faenas que no se celebran: se recuerdan.

El cuarto de Victoriano del Río, bien presentado, salió al ruedo sin ofrecer nada. Desde el primer instante se cerró toda posibilidad de faena, como si el toro viniera con la puerta clausurada. En varas, Óscar Bernal protagonizó una sangría que dolió en los tendidos: cuatro puyazos severísimos, uno tras otro, y la bronca fue monumental. Pero más aún la que aguardaba a Ortega.

El torero, tras un breve trasteo sin alma ni intención, se fue a por la espada. Entonces se entendió el porqué del castigo desmedido: Ortega no quiso saber nada del toro, que cabe decir que era un prenda. No hubo pulso, ni búsqueda, ni siquiera el intento de diálogo. Sólo un bajonazo, muy bajo, bajísimo, y la muerte al instante. Bilbao, que no perdona la falta de entrega, rugió. Bronca de las que se recuerdan, de las que no se disuelven con el paso del tiempo. Pitos rotundos, casi ensordecedores.

Con el quinto de Victoriano del Río, Roca Rey se fue a porta gayola como declaración de intenciones, como quien se planta ante el destino sin pedir permiso. El gesto, que hacía tiempo no se veía en el astro peruano, tuvo más valor si cabe. Y en ese gesto, se rozó la tragedia: muy cerca estuvo de ser prendido, pero salió indemne, como quien desafía al miedo y lo vence.

En el tercio dejó otra larga cambiada, delantales de temple y una media eterna, como si el tiempo se detuviera en el vuelo del capote. En varas, Sergio Molina fue ovacionado por dos puyazos medidos, justos, como quien sabe que el toro trae dentro la música. Pablo Aguado, en el quite, bordó chicuelinas toreras, evocando a otras épocas, como si el ruedo fuera un recuerdo. Roca Rey brindó al público, y de rodillas en los medios se lo pasó por la espalda, en un alarde de valor que cayó más que de pie en Bilbao. La plaza se rindió, no por costumbre, sino por convicción. En los medios dejó derechazos eternos, muy largos, y el toro, con picante, respondió con codicia, con fijeza, con esa bravura que no se enseña, se tiene.

Los naturales fueron por abajo, con verdad, con ese pulso que no se impone, se ofrece. El toro, “Cantaor”, fue repetidor, noble, con clase, y Roca Rey lo entendió como se entiende a los grandes: sin prisas, sin alardes, sólo con entrega. La estocada fue fulminante, seca, certera. Dos orejas para el torero, vuelta al ruedo para el toro. Bilbao, de pie, celebró no sólo una faena, sino una comunión.

El sexto de Victoriano del Río, de excelente presencia y expresión seria, fue recibido por Pablo Aguado con el intento de toreo puro desde la capa. Pero el toro, aunque bien hecho, no quiso acompañar el gesto. En varas, Mario Benítez no se excedió, y el público lo reconoció con palmas justas, como quien agradece la mesura.

En banderillas brilló Iván García, que saludó montera en mano tras dos pares de ejecución impecable, como si en medio del desencanto hubiera aún espacio para la luz. Con la muleta, Aguado trenzó una faena de voluntad. El toro se mostró alegre en la arrancada, pero con la cara a media altura, sin entrega, rematando sin alma. Pasaba sin ton ni son, aquerenciado en tablas, como quien está pero no quiere estar. Aguado, fiel a su estilo, abrevió con dignidad. Cuatro tandas de intento, de pulso, de búsqueda, que no encontraron cadencia ni eco. El público lo reconoció con palmas sinceras, como quien sabe que el arte también vive en el esfuerzo. Pinchazo, media estocada, y un descabello que se atascó: nueve golpes de verduguillo. Silencio tras aviso. Porque hay tardes en que el toreo no se impone, pero el respeto permanece.

Corrida de Toros :
Bilbao (Vizcaya):
Entrada : Casi lleno.
Toros : Victoriano del Río : De excelente presencia y juego variado. El 5º fue premiado con la vuelta al ruedo.
– Juan Ortega : Silencio y Pitos.
– Roca Rey : Oreja con fuerte petición de la segunda y bronca al palco y Dos orejas.
– Pablo Aguado : Vuelta al ruedo tras petición y Silencio tras aviso.
Incidencias : Viruta y Fernando Sánchez saludaron tras parear al 5º. Iván García hizo lo propio en el 6º.

Por Aitor Vian.
Fotografías : Philippe Gil Mir (haz clic para ver la galería completa).

Bilbao 21-08-2025

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