El arte sin alarde : Morante, Ortega y Aguado templaron Marbella y se fueron con la luna
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Al toro que abrió plaza, de la ganadería de Garcigrande, lo saludó Morante con majestad y hondura, recibiéndolo con verónicas de exquisita cadencia, templadas como suspiros, que parecían acariciar el albero con la delicadeza de un susurro. En el tercio de varas, Ángel Rivas dejó un puyazo algo trasero, sin mayor historia. Con la muleta, Morante brindó la faena al señor Fermín Bohórquez, y dio comienzo a una obra de arte tejida con temple y solemnidad. El inicio, por alto, fue seguido de trincherazos de sabor añejo, coronados por un cambio de mano de excelsa factura. Desde los tendidos se alzó el cante, como si el duende se hubiese posado en el ruedo. El toro, repetidor y con nobleza, permitió al sevillano hilvanar muletazos de gran expresión, que pusieron al público en pie en la segunda tanda. Aquello olía a cante grande. Los naturales, trazados por bajo, no hallaron la misma armonía, pues el astado comenzaba a soltar la cara. Lo más logrado vino por el pitón derecho, donde Morante bordó el toreo con abaniqueos y molinetes de seda, todo envuelto en una atmósfera de suavidad y embrujo. Mas el toro, como si se le agotara el alma, fue perdiendo fuelle, y sus embestidas se tornaron deslucidas, sin clase ni ritmo. Con la espada, la obra se emborronó: cinco pinchazos precedieron a una estocada caída y baja. El público, dividido entre la ovación y el silencio, reconoció la inspiración, aunque no la ejecución final. Silencio.
Al segundo de la tarde, también de Garcigrande, lo recibió Juan Ortega con un ramillete de verónicas de lentitud majestuosa, plenas de gusto refinado, como si el tiempo se detuviera entre los vuelos del capote. El toro tomó un puyazo medido, sin excesos, cumplidor. Pablo Aguado intervino en el quite con chicuelinas de temple y reposo, pero al cerrar la serie, la tragedia asomó su rostro: el toro, encelado, se lanzó al sevillano justo cuando éste se adornaba mirando al tendido. El capote, que fue tropiezo, se tornó providencia, evitando el percance por milagro. Ortega, en respuesta gallarda, ejecutó unas tafalleras que nacieron de frente y se remataron detrás de la cintura, con sabor añejo y torería. Brindó la faena al maestro Paco Ojeda, y en tablas inició con el cartucho de pescao, seguido de un molinete que dio paso a unos ayudados por alto, de rodilla flexionada, llenos de cadencia y empaque. Fue un arranque rotundo, de los que marcan faena. Ya en los medios, por el pitón derecho, hilvanó una tanda de derechazos que se hundían hasta la cintura, con mano baja y ligazón exigente. Por el izquierdo, el toro mostró clase y nobleza, pero pronto se apagó, dejando apenas destellos de toreo caro, aunque sin el picante que enciende la llama del tendido. Ortega cerró su obra con manoletinas de rodilla flexionada, de gran señorío, que pusieron en pie a Marbella entera. La espada viajó certera: estocada casi entera en el sitio. El premio fue justo. Oreja.
Al tercero de la tarde, de la misma divisa, lo saludó Pablo Aguado con tres verónicas de recibo, breves pero de buen trazo. El toro salió cruzado en la capa, sin entrega clara, y al sevillano le correspondió la ardua tarea de hacer de maestro en la lidia, enseñando a embestir con paciencia y saber. En el tercio de varas, el astado se empleó con bravura, derribando al picador en su acometida. Aguado, sentado en el estribo, dio inicio a la faena con ayudados por alto de exquisito gusto, coronados por un molinete de bandera, pleno de torería. Ya en los medios, la faena tomó cuerpo con derechazos de gran armonía y cadencia, todo envuelto en una atmósfera de despaciosidad. A pies juntos, dejando la muleta en la cara, el sevillano trató de hilvanar los muletazos con orden y pulso, ante las repetidas embestidas del de Garcigrande.
Por momentos, el toro desbordó al torero, pero Aguado, con templanza y serenidad, recondujo las embestidas sin perder la compostura, mostrando oficio ante la incertidumbre del animal. La suerte suprema fue resuelta con una estocada contraria. El público, generoso como el palco, concedió dos orejas que premiaron la entrega y el gusto del sevillano.
El cuarto, de imponente trapío respecto a los anteriores, se presentó en el ruedo marbellí. Morante lo saludó con una tijerina de rodillas, gesto de valor y estética, preludio de unas verónicas templadas, de aroma antiguo y sabor sevillano. El paso por el peto fue sutil, sin excesos, como si el toro supiera que lo que venía era cosa seria. Curro Javier, fiel escudero, dejó pares de categoría, saludando montera en mano ante el reconocimiento del tendido. La plaza ya estaba en ambiente de faena grande. Morante, con la muleta y de rodillas, inició la obra con ayudados por alto, rematados por una trincherilla de categoría suprema, de esas que se quedan grabadas en la memoria del aficionado. Luego vinieron los derechazos, lentos, cadenciosos, y en uno de ellos el pitón rozó la barriga del torero, como quien roza la tragedia y deja un aviso de lo que puede ser. El sevillano no se arredró. Le tragó al toro, expuso con una entrega sin reservas. El animal soltaba la cara, incierto, y la sensación de percance flotaba en el aire. El revolcón llegó, sin cornada aparente, pero con el susto que hiela la sangre. Morante se rehízo, se cruzó, y volvió a torear con el alma. Derechazos hasta detrás de la cintura, y ese pase de pecho que fue caricia y redención, dejando la muleta sobre el lomo como quien tapa las heridas del toro y las propias. Se fue de la cara del animal con la plaza en pie, rendida ante la genialidad de un artista sin precedentes. La estocada fue en lo alto, matando al recibir, como dictan los cánones de la épica. Dos orejas y rabo, premio a una faena que ya es leyenda.
Al quinto de la tarde lo saludó Juan Ortega con verónicas de compás abierto y sabor profundo, un recibo de categoría, pleno de torería sevillana. El toro tomó un puyazo severo de manos de Óscar Bernal, que lo castigó con firmeza.
Ortega, en el quite, volvió a la verónica, esta vez a pies juntos, con el empaque de quien conoce el valor del silencio y la lentitud. Brindó la faena al respetable, y comenzó con un pase de las flores, seguido de un molinete y todo por abajo, como si el toreo se tejiera en suspiros. Los inicios fueron de perfume fino, de los que se paladean. En los medios, ejecutó derechazos templados, muy despacio, rematados con un molinete invertido que dio paso a un largo pase de pecho, como broche de orfebre. Por el pitón izquierdo, los naturales tuvieron compás y hondura. Ortega sonreía, cómodo y relajado en la cara del toro, mostrando sus credenciales de pureza y clasicismo. El toro, sin embargo, fue deslucido, sin entrega ni emoción, pero el sevillano le puso todo: alma, técnica y estética. Cerró la faena con trincherazos de rodilla genuflexa, y un abaniqueo torero que fue despedida y rúbrica. Con la espada, dejó un pinchazo y luego una estocada certera. El público, agradecido por la entrega, concedió una oreja.
El sexto, bien armado, fue recibido por Pablo Aguado con verónicas a pies juntos, pausadas y de gran compostura, como si el tiempo se detuviera en cada lance. Salvador Núñez dejó un buen puyazo, pero el toro salió del encuentro muy parado, sin ímpetu ni transmisión. Reservón desde el principio, el toro no ofrecía garantías. Aguado, consciente de la condición del astado, optó por no brindar. Lo intentó llevar a los medios, pero pronto se evidenció la vacuidad del animal: sin ritmo, sin entrega, sin transmisión. Todo lo tuvo que poner el torero, que se esforzó en mantener la faena a media altura, lidiando con un toro que cabeceaba y se negaba a colaborar. Ante la imposibilidad de construir una obra, Aguado recurrió al macheteo final, como dictan los cánones antiguos, y se fue a por la espada. Dejó dos pinchazos antes de una estocada certera. El silencio fue el epílogo de una faena digna pero sin eco.
Corrida de Toros :
Marbella (Málaga):
Entrada : Lleno con cartel de «No hay Billetes».
Toros : Garcigrande : De buena presencia y juego variado.
– Morante de la Puebla : Silencio y Dos orejas y rabo.
– Juan Ortega : Oreja y Oreja.
– Pablo Aguado : Dos orejas y Silencio.
Incidencias : Tras finalizar el paseíllo sonó el Himno Nacional. Curro Javier saludó tras parear al 4º.
Fotografías : Eduardo Porcuna.
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