El acero traicionó la entrega : gaviotas sobre faenas sin premio
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Con el primero de la tarde, fino de hechuras y marcado por la nobleza de El Parralejo, Diego Bastos bordó la liturgia taurina. Se fue a porta gayola como quien se entrega a los dioses del ruedo, trazando verónicas cadenciosas que anunciaban algo más que un simple comienzo. La estampita religiosa que pendía de su chaquetilla —y cayó al suelo durante el paseíllo— fue solo símbolo efímero, pues lo que de verdad brilló fue su arrojo inicial.
El Patillas marcó el ritmo desde el caballo: dos puyazos, el segundo fruto del encuentro frontal, justo como manda la ortodoxia más clásica. Bastos recogió el testigo con un quite por verónicas pleno de sabor antiguo. Salvador Lobato y José Germán clavaron buenos pares. La faena se brindó a José María Garzón, y el traje marfil y oro —herencia de Fortes— parecía vestir la memoria y la promesa.
Con estatuarios de hechura limpia y un molinete que supo a canela y temple, Bastos se metió en los medios. Allí, los derechazos tuvieron riñones, alma y compás, anunciando que la tarde traía aroma de faena grande. Hubo hondura y longitud, y el novillo respondió con nobleza. Por el izquierdo llegaron naturales sentidos, y los pases de pecho fueron largos como las esperas del aficionado. La faena tomó forma de arquitectura precisa, culminada con una estocada sincera. Cayó tarde el novillo, como bravo que se resiste a abandonar la lid. Gran faena para abrir plaza, y por ello tal vez quedó algo atenuado su eco. Pero el público, sensible y emocionado, pidió oreja. Y fue concedida, como justa recompensa a la entrega sin reservas. Oreja.
Bruno Aloi templó el silencio con verónicas de terciopelo al segundo de la tarde, como si quisiera detener el tiempo entre los suspiros del tendido. Teo Caballero, desde el caballo, dejó un puyazo sutil, medido como el trazo de un pintor que no necesita excesos. Después, el mexicano arriesgó en un quite por gaoneras que habló del fuego interior que lo sostiene.
Se arrodilló en el tercio tras brindar al respetable, y desde ese gesto de entrega brotó un molinete de seda y torería que cerró una serie que ya tenía alma. En los medios, los derechazos fueron hondos, de mano baja y poso largo, hechos con ese temple que no se ensaya: se siente. El novillo, noble pero falto de pulso, se quedó sin chispa para avivar la llama de la faena. Aloi, sin embargo, se mantuvo cerca, toreando en redondo con verdad y convicción. Y cuando el aire pedía cierre, lo dio de rodillas: manoletinas secas, escuetas, como golpes de valor en una faena que él sostuvo más que el animal. La espada no fue aliada en el desenlace: dos pinchazos precedieron a una estocada que fue certera, pero tardía. El público, consciente del intento y del esfuerzo, respondió con una ovación que tenía sabor a reconocimiento. Ovación con saludos.
El tercero de la tarde, más corto de presencia, encontró en El Mene a un torero con hambre de expresión. Lo recibió como se recibe a los sueños: con tijerinas de impulso y verónicas que hablaron de personalidad y pulso. Ángel Rivas dejó un puyazo justo, medido, como quien sabe que el exceso no siempre viste mejor al toro.
El Mene comenzó por abajo, con doblones que parecían caricias al tiempo. El novillo, falto de clase y de ímpetu, ofrecía poco; pero el salmantino, sin alardes, tomó el mando y convirtió la escasez en virtud. Toreó despacio, con temple, dejando que cada trazo respirara verdad. Todo fue suyo: el ritmo, el corazón, la cadencia. El de El Parralejo nunca terminó de entregarse, pero Mene, firme y fiel a su concepto, puso el alma donde faltaba la embestida. La faena terminó por bernardinas: ceñidas, limpias, con ese aroma a arrojo y cierre. Pinchó en la primera entrada y dejó luego una estocada algo trasera. Hubo más torero que toro, más convicción que materia prima. Y por ello, el público respondió con una ovación de reconocimiento al que construye belleza incluso sin tener los mimbres. Ovación tras aviso.
Al cuarto de la tarde lo esperó Bastos como quien desafía al destino: de nuevo a porta gayola, sin titubeos ni pasos atrás, con el hambre intacta de quien sabe que la gloria no se concede, se arranca. Luego bordó verónicas limpias, sueltas. Juan Manuel Sangüesa marcó el compás desde el caballo con un puyazo medido, sin estridencias. El brindis fue al corazón joven de los abonados del tendido 6, y desde los medios, Bastos evocó a Sevilla con ese «cartucho de pescao» que, más que lance, es reverencia a una escuela. Los naturales brotaron hondos, con trazo largo y alma serena. Y enseguida se dibujó la verdad del animal: noble, sí, pero sin la fiereza que prende fuego al ruedo. El sevillano fue torero sabio: no exigió, no apretó. Dio tiempo, ofreció pausa, cuidó cada pase como quien protege un cristal. Los muletazos tuvieron cadencia y ritmo interno, como un susurro que entendía al novillo. Bastos sostuvo la faena desde su temple, escondiendo las carencias del de El Parralejo y exaltando sus discretas virtudes. Cerró con luquesinas y un desplante desarmado, seco, como quien dice sin decir: aquí estoy.
La espada, esquiva, le negó el premio rotundo. Dos pinchazos y una estocada casi entera que coincidió con el tumulto en el tendido alto, agitando el aire y la atención. Pero el ruedo, atento a lo esencial, respondió con una ovación tras aviso que tornó en vuelta al ruedo. Bastos volvió a demostrar que la faena no siempre depende del toro, sino del alma que la quiere crear. Vuelta al ruedo tras aviso.
Al quinto lo saludó Bruno Aloi con verónicas desde la rodilla flexionada, como quien planta verdad desde el gesto mínimo. Sus muñecas hablaron en susurros: buen gusto, compás, y esa elegancia que no se anuncia, pero se siente. En varas, Antonio Prieto dejó un puyazo severo, seco y rotundo, como llamado de clarines a la exigencia. El quite fue una sinfonía breve: chicuelinas alternadas con tafalleras, que tejían emoción en la distancia.
Con la muleta, el joven capitalino volvió a desafiar desde el centro, recibiendo por la espalda con pases del péndulo que tensaron el aire. Luego llegaron los derechazos, templados y sentidos, aunque no exentos de enganchones. El novillo, de embestida áspera y a trompicones, pedía orden, y Aloi se lo impuso con firmeza, cuidando cada serie, sosteniendo el hilo. Faltó alma en el oponente, que se dejó someter sin transmitir fuego, pero el torero se mantuvo en cercanías, buscando el eco allí donde no lo ofrecían. En la recta final, se jugó el cuerpo con manoletinas apretadas, y en el volapié se tiró con la verdad desnuda. Fue prendido sin daño, como si la suerte suprema respetara el gesto puro. En ese instante, con el acero marcando el epílogo y las gaviotas sobrevolando Cuatro Caminos, se escribió la imagen que quedará: la de un torero queriendo ser. La oreja fue merecida no por lo que dio el novillo, sino por lo que aportó el hombre. Oreja.
El sexto se presentó con hechuras de toro, aunque sin el gesto altivo que impone respeto. Salió incierto, como si dudara del ritual que se le venía encima. Héctor Piña lo recibió en varas con un puyazo serio, justo y sin alardes, donde se mide la esencia del temple.
El Mene no esperó al novillo: lo citó desde los medios, con decisión y hondura. Los primeros derechazos fueron trazos lentos, pausados, con esa cadencia castellana que parece austera, pero esconde verdad. Toreó como dicta la tierra que le vio nacer: con serenidad y respeto, sin forzar, buscando siempre la pureza del gesto. Los naturales brotaron como joyas discretas: sin aspavientos ni ruido, sólo verdad al frente. Qué corte más puro tiene El Mene, y qué forma de hablar sin levantar la voz. Pero como tantas veces ocurre, el novillo empezó a desentenderse de la faena, a apagarse en su nobleza sin ofrecer pelea. El torero buscó prolongar la emoción, pero el animal ya no respondía. Cerró con ayudados por alto, buscando dignidad más que lucimiento. En la suerte suprema dejó un pinchazo y luego una estocada entera, y con el acero aún dentro, regaló naturales que supieron a epílogo íntimo. La ovación tras el aviso no premió la faena completa, sino el alma que la sostuvo mientras se desvanecía. Ovación tras aviso.
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