El acero congela la tarde de la ilusión en Valdemorillo
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Borja Jiménez y Tomás Rufo cortan una oreja por coleta en un mano a mano de alta tensión y argumentos, condicionado por los fallos a espadas y el juego desigual del desafío ganadero.
La cubierta de Valdemorillo colgó el «No hay billetes» para uno de los carteles con más miga del inicio de temporada. Un mano a mano generacional, o más bien de estatus, entre la madurez reposada de Borja Jiménez y la ambición desmedida de Tomás Rufo. Sobre el papel, un duelo de altos vuelos; sobre el albero, una tarde de «uy» y de «ay», donde la Puerta Grande se quedó cerrada no por falta de toreo, sino por la cruz de la espada.
Se lidiaron toros de El Capea (1º y 2º), Hermanos García Jiménez (3º y 6º) y Fuente Ymbro (4º y 5º). Un desafío ganadero que tuvo su cumbre en los ejemplares de Ricardo Gallardo, bravos y encastados, que pusieron la emoción que a ratos faltó en el resto del envío.
Borja Jiménez: La profundidad y la miel en los labios
Abrió plaza Borja Jiménez ante un toro de El Capea que tuvo la virtud de la nobleza pero el defecto de la fuerza justa. El sevillano, que atraviesa un momento de clarividencia absoluta, lo entendió a la perfección. No le obligó de inicio, dándole tiempos, para después romperse al natural. Hubo muletazos de trazo largo, cintura encajada y ese temple que ya es marca de la casa. La estocada, aunque algo perpendicular, fue suficiente para que cayera la primera oreja de la tarde.
Lo del quinto, un bravo toro de Fuente Ymbro, fue el nudo gordiano de su actuación. El animal pidió el carnet de figura y Borja se lo enseñó. Faena de menos a más, de poder a poder, donde el torero de Espartinas se abandonó en series diestras de mucha transmisión. La plaza rugía y el doble trofeo se palpaba en el ambiente gélido de la sierra, pero el acero se atascó. Dos pinchazos previos a la estocada dejaron el premio en una vuelta al ruedo tras fuerte petición, con el sabor agridulce de lo que pudo ser un triunfo rotundo. En el tercero, un animal soso de García Jiménez, poco pudo hacer más que mostrar disposición; silencio tras mal uso de la espada.
Tomás Rufo: La raza del toledano
Tomás Rufo no vino a Valdemorillo a especular. Al segundo de la tarde, del hierro de El Capea, le buscó las vueltas con inteligencia, pero el animal, manso y rajado, no ofreció opciones de lucimiento real. El toledano porfió, pero la espada le privó de cualquier reconocimiento (silencio).
La moneda de cara salió en el cuarto. Un «tío» de Fuente Ymbro, encastado y con movilidad, con el que Rufo destapó el tarro de las esencias de su tauromaquia: mano baja, sometimiento y ligazón. Entendió que el toro requería mando y se lo dio en tandas vibrantes por el pitón derecho que calaron hondo en los tendidos. Esta vez la espada viajó certera y paseó una oreja de peso, de las que cuentan.
Cerró la tarde ante un sexto de García Jiménez que se movió pero sin clase. Rufo, consciente de que la Puerta Grande dependía de esa faena, tiró de raza y expuso una enormidad, pisando terrenos comprometidos. Sin embargo, la espada volvió a ser un muro: tres pinchazos antes de la estocada definitiva enfriaron al cónclave y todo quedó en silencio tras aviso.
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