Donde el peligro fue maestro, Adrián enseñó su verdad sin palabras

Última actualización: 25 de julio de 2025Por

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El primero de la tarde emergió del toril con 469 kilos de engaño contenido. No era un toro desbordado, sino uno de hechuras serias, recortado en presencia, vestido con el trapío que exige la liturgia de Santander.

Lo esperó Fortes como quien se entrega al destino: de rodillas en tijerina, después en verónicas que abrían los compases de la tarde, y chicuelinas que perfilaron el primer suspiro. Apenas un picotazo dejó Francisco de Borja, discreto en el castigo, como si el toro pidiera medida y no hierro.

Quitó Fortes por gaoneras apretadas, que rozaron el humo del peligro con temple y firmeza. Raúl Ruíz dejó pares templados, rítmicos, marcando el tránsito hacia lo hondo. Fortes brindó al público, volteó la montera: cayó boca arriba como augurio de suerte buscada.

Inició por doblones que bordaron el suelo, queriendo domesticar la aspereza. El toro venía de lejos, sí, pero en el final soltaba la rabia, los derrotes como espinas desatadas. No fue enemigo fácil, se revolvía tras cada trazo, escarbando la intención.

Entonces, surgió la tanda: riñones encajados, naturales de trazo limpio y alma clara. El toro se coló, rozó los cuartos, y Fortes, a merced, sacó la muleta en un instante que contuvo la tragedia. Esa quietud, esa sangre que no se derrama, también es toreo.

Erró con la espada al primer intento, dejó luego una estocada que bastó. El descabello fue certero. Y aunque sonó el aviso, la ovación que siguió no midió tiempo: celebró el coraje, la entrega, esa danza entre hombre y fiera que dura apenas un suspiro… pero deja eco. Ovación tras aviso.

Templadas verónicas de recibo al segundo de Juan Pedro Domecq por parte de Fernando Adrián. Dejó Javier Díaz Manrique un puyazo trasero. El toro empezó a perder las manos y el público empezó a pedir el pañuelo verde. Pañuelo verde.

El segundo bis, que corrió turno por exigencias del guion, saltó al ruedo con el orden cambiado pero no la nobleza alterada. Era un toro armonioso, de presencia elegante aunque falto de cara, bien puesto para quien sabe ver el fondo más allá del frente.

Lo recibió Fernando Adrián de rodillas, como quien se entrega en cuerpo entero: larga afarolada, luego verónicas limpias, chicuelinas sin apreturas, toques de temple donde la arena aún contenía el eco del primero.

Un único puyazo bastó. Javier Díaz Manrique lo dejó en el sitio, con mesura y tino, porque el bravo pedía arte y no castigo. Adrián brindó al tendido. Lo recibió en el tercio con estatuarios de pulso firme, pasándoselo por la espalda dos veces como quien desvela secretos. Fueron lances de calado hondo. En los medios hilvanó derechazos sublimes, de ritmo milimétrico. No hubo prisa, sólo tiempo medido, cinco muletazos, y entre tanda y tanda, una pausa que tejía el respeto entre hombre y bestia.

Todo fue torería. No sólo en el brazo, sino en el andar: el gesto en la cara del toro, el paso lento, la elegancia firme. Aquella virtud que pocas veces se muestra y muchas se olvida. El toro, noble y fijo, se fue hacia tablas. Se rajó. Pero Adrián no huyó del cambio, se metió entre pitones en el tendido seis, arropado por más de mil jóvenes que se alzaron ante el valor sin condición. Allí, en el suspiro último, la faena se tornó leyenda.

Cerró con bernardinas entre las maderas, a un filo de la tragedia, sin una duda en la mirada. Estocada tendida, algo caída, pero efectiva en su sentencia. Cayeron las dos orejas como un templo derramado sobre la arena. Dos orejas.

El tercero fue un toro hermoso de Juan Pedro Domecq, más serio de semblante que su predecesor, de presencia que imponía sin estridencias. Plácido Sandoval le dejó un puyazo medido, justo en la geografía de lo clásico, y luego, en banderillas, el toro hizo hilo, persiguió con intención, marcando que no sería faena ligera.

Jiménez lo brindó al público, gesto de compromiso antes de la palabra con la muleta. En los medios lo citó por el péndulo, como quien encarna el riesgo con quietud, y ya en ese instante el toro prendió la tarde. Se encajó de riñones y tejió derechazos de hondura, muletazos que respiraban temple y que remató con pases de pecho largos, como suspiros que se estiran en el viento.

Tuvo que medir alturas, porque al apretarle, el toro perdía las manos. Jiménez entonces dio pausas sabias entre tanda y tanda, hilando una faena de cadencia casi musical. Por el pitón izquierdo, sin embargo, el toro mostró aristas más duras, se volvió más tosco. Aun así, el torero no rehuyó, le arrancó pases de las flores, derechazos que bajaron hasta detrás de la cintura, como quien escribe con la piel.

Fue entonces cuando se metió al cuerpo del toro, se lo pasó terriblemente cerca, muy encima, sin márgenes. Y allí, frente al abismo, dejó ver que quien tiene valor tiene verdad, y quien tiene verdad, tiene el alma hecha para la gloria.

Finalizó por ayudados por alto, serenando el cierre. Pinchazo primero, luego estocada caída, suficiente. Sonó el aviso, y con él, una ovación con saludos que reconoció más el coraje que la perfección. Porque en Santander, la verdad pesa más que la forma. Ovación con saludos tras aviso.

El cuarto no trajo grandeza en su estampa. Justo de presencia, frío en la salida, dejó a Fortes sin capa que contar. Tormenta sin viento. Se empleó en el peto, sí, con un puyazo algo delantero de Francisco de Borja, pero sin levantar la sangre.

No hubo brindis. El gesto quedó guardado, como si lo que venía no necesitara palabras, solo hechos. En los medios, Fortes se postró de rodillas, y desde esa entrega bordó muletazos encajados, y no se olvide: encajado y de rodillas puede ser templo si hay verdad en los brazos. Así lo mostró el malagueño, y la música, sin pedir permiso, empezó a hablar.

En tierra abierta, en los medios, hilvanó derechazos que sabían a fragua vieja, con ese sabor que no se enseña, solo se tiene. Porque Fortes es otro torero. La madurez le habita. Y su momento se anuncia sin alardes: lo dice el silencio que sigue a cada muletazo.

El toro era reservón, sin entrega clara. Noble, sí, pero sin transparencia. No hubo embestida limpia, y nada se regaló. Fortes puso todo: el alma, el ritmo, la torería. Toreó en redondo, frío, firme, como quien declara una fe sin testigos.

Los naturales fueron lo más puro de la tarde. Cada uno escrito con pulso limpio y verdad honda. Cerró por ayudados por alto, como quien firma con caligrafía antigua. Pinchó primero. Luego vino una estocada algo caída. El aviso sonó, pero la ovación que llegó reconoció la obra por encima del tiempo. Vuelta al ruedo tras aviso.

El quinto, del hierro de El Pilar, pisó la arena con buena estampa, pero vacío por dentro. Salió suelto, sin fijeza, como quien atraviesa el ruedo sin mirar atrás. No hubo capa posible para Adrián, apenas gestos sin eco ante la indiferencia del toro.

Alberto Sandoval dejó un puyazo en el sitio, justo y sin alarde. Nada más se pidió al castigo, porque el animal no prometía ni batalla ni entrega.

Adrián, sin demora, se fue a los medios. De rodillas, se lo pasó por la espalda en gesto firme, como quien desafía el silencio con un golpe de verdad. Luego llegaron los naturales largos, hondos, comenzados muy adelante y llevados hasta donde el cuerpo se curva, detrás de la cintura. Toreo de pulso y de profundidad.

La faena fue de picar piedra, porque el toro era brusco, seco en su embestida, sin alma que dialogara. Pero Adrián puso lo que faltaba: voluntad y capacidad. Todo vino del torero, nada del enemigo.

Cerró por manoletinas ceñidas, ajustadas hasta el suspiro, y dejó media estocada seguida de un golpe certero de descabello. La ovación con saludos no celebró la obra, sino el esfuerzo. Porque a veces, en el toreo, el mérito está en construir donde no hay cimientos. Ovación con saludos.

El sexto, en línea con sus hermanos de camada, ofreció presencia más que poder. Lo recibió Borja Jiménez de rodillas, valiente desde el primer contacto, con largas afaroladas que rozaban el suelo como declaración de intenciones. Luego vinieron verónicas limpias, de temple sereno, como quien conversa con la arena y no con la bravura aún dormida.

Vicente González dejó un puyazo algo caído, discreto preludio a un toro que empezaba a mostrar su carácter en sordina. Jiménez lo citó por doblones por abajo, en los que ya hubo que tragar, porque el toro se paraba a mitad del viaje, y con la mirada clavada en la taleguilla del sevillano, tiraba hacia adelante sin aviso ni cadencia.

Peligro sordo, que no bramaba, pero amenazaba. Jiménez, sin alzar la voz ni el gesto, fue metiéndolo en faena con toques firmes y sitio preciso. Siempre cruzado, siempre en la verdad, llevó al toro toreado, como quien dialoga con el riesgo sin necesidad de dramatismo.

Por el pitón izquierdo dejó naturales de riesgo desmedido, cada uno costando un mundo y un suspiro. Faena hecha desde la entrega y la técnica, desde el pulso y el corazón. El valor de Jiménez no se gritó, se mostró.

Con la espada dejó media estocada y luego otra caída. Sonó el aviso, y la ovación se elevó no tanto por lo redondo como por lo auténtico. Porque cuando un torero transforma la amenaza en forma, el aplauso sabe por qué nace. Ovación tras aviso.

Corrida de Toros :
Santander (Cantabria):
Entrada : Dos tercios.
Toros : Juan Pedro Domecq (1º,2º,2ºBis,3º,4º y 6º) y El Pilar (5º).
– Fortes : Ovación tras aviso y Vuelta al ruedo tras aviso.
– Fernando Adrián : Dos orejas y Ovación con saludos.
– Borja Jiménez : Ovación con saludos tras aviso y Ovación tras aviso.
Incidencias : Tras finalizar el paseíllo sonó el Himno Nacional.

Fotografías : Arjona / Lances de Futuro.

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