Del barroco al alarde : Pamplona vibra entre la quietud de Fortes y el ímpetu de Adrián
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Salió el primero de La Palmosilla, cuajado, serio en su expresión, con la estampa digna del rito que se avecinaba. Lo recibió Fortes a porta gayola, con un farol de arrojo puro, como queriendo detener el tiempo al filo de la nada. Ya en el tercio de capa, desgranó verónicas de seda, templadas y lentas, que olían a torería antigua. Una chicuelina bien trazada cerró el saludo, como una firma elegante al pie de una carta sentida. El primer puyazo, trasero y sin gran fuerza, fue obra de Antonio Muñoz, mientras las nubes tejían presagio de agua sobre el ruedo. Con viento y lluvia abrazando el tercio de varas, Fernando Adrián quitó por saltilleras, rebelde al clima, firme en el oficio. Fortes, rodilla en tierra, arrancó su faena toreando en redondo, gustándose en cada giro, como si las inclemencias fueran solo decorado de su entrega. En los medios surgieron derechazos con hondura y empaque, y con la mano izquierda dejó naturales plenos de sabor, roto de riñones y alma abierta. El toro, bravo en origen, se fue apagando como candela al final del fandango. Aún así, tuvo clase, tuvo querer. El público pamplonés, sabio y sensible, leyó con emoción el momento dulce del malagueño. Finalizó por manoletinas ajustadas, que hablaron de valor sereno, seco, sin alardes. Estocada en lo alto. La oreja, más que premio, fue testimonio de arte y corazón.
Salió el segundo, de imponente cornamenta pero más bajo de hechuras, y con esa mirada que pide respeto sin alzar la voz. Fernando Adrián lo recibió de rodillas, como queriendo medirle el alma desde el primer farol. En la capa no humilló, guardando su altivez ante el trapo, presagio de una lidia exigente. En el peto, Alberto Sandoval apenas dejó dos leves puyazos, algo medido para un animal que en su primer encuentro fue parco en entrega. Cambió su actitud en el segundo, buscando el peto con más acometida. Ginés Marín quitó por chicuelinas, templadas y sentidas, como si tejiera con hilos invisibles entre la lluvia y el viento. Fernando Adrián lo citó desde lejos en los medios, dejando derechazos que supieron a verdad. El toro, de embestida complicada, se arrancaba pronto pero con hilo, protestando en cada viaje. Aún así, el madrileño logró hilvanar naturales de hondura, con esfuerzo y tesón, ligando en la rectitud más que en el temple. Finalizó por manoletinas y un desplante de rodillas, de esos que narran el coraje sin estruendo. La suerte suprema se tornó áspera: dos pinchazos, un metisaca, media estocada y hasta seis intentos con el descabello, mientras el toro echaba la cara arriba como retando a la misma muerte. Silencio tras el aviso.
Salió al ruedo un tercero largo y con poderío, de esos que imponen desde la puerta de toriles. Lo recibió Ginés Marín con verónicas pausadas, templando como si tejiera un lienzo en pleno viento. Cerró el saludo con una media de exquisito sabor, dejando en los tendidos el primer murmullo de expectación. Ignacio Rodríguez ejecutó dos puyazos leves, suficiente para marcar el tránsito por el caballo sin quebrar el misterio del toro. En el quite apareció Fortes con chicuelinas y tafalleras, aireando la capa con solvencia y chispa torera. Ginés brindó la faena al público, ese gesto íntimo que anuncia entrega. Sentado en el estribo regaló tres ayudados por alto de caligrafía firme, y otros tres en pie, como quien borda sin esfuerzo lo que tantos sueñan. En los medios, la faena tomó vuelo: derechazos con cadencia, esa “difícil facilidad” que sólo algunos elegidos dominan. Sabor, temple y esencia en cada natural, y una cuarta tanda que rozó el clasicismo: pase de las flores, derechazos hondos, y clase a raudales de un toro que pareció comprender su papel fugaz en esta obra. Porque sí, se rajó a mitad de faena, refugiándose en tablas, pero mientras duró… fue casi místico. Ginés no lo permitió deslucirse: se metió con él en tablas, sacándole los últimos derechazos, ya más breves pero igual de sentidos. Con la espada hubo un pinchazo, luego un espadazo en dos tiempos. Sonó el aviso, pero la ovación fue de las que guardan respeto.
Salió el cuarto, alto pero sin alardes de presencia. En apariencia, uno más. Pero Fortes quiso darle alma desde el primer lance, y lo hizo con un gesto que dejó huella : tomó el capote por la esclavina y lo condujo por alto, en un recibo tan personal como inédito. Un saludo íntimo, cargado de simbolismo, que pareció brotar más del corazón que del libro técnico del toreo. Francisco de Borja administró dos puyazos en su sitio, conscientes de la justa fuerza del toro. No se pidió más castigo, ni hacía falta. Y entonces, vino la sorpresa: Fortes sacó una silla, se sentó con serenidad y desde esa quietud, inició la faena por alto. Pamplona apenas se percató… era el toro de la merienda, el de los bocatas y las charlas desenfocadas. Pero quien miró, vio arte. En los medios, se encajó de riñones y bordó muletazos hondos, de gusto antiguo. El toro, falto de transmisión, acompañó sin decir mucho. Pero los naturales fueron tan puros, tan rotos de cintura, que parecieron versos. A medida que la faena avanzaba, el toro se fue apagando aún más, casi desvaneciéndose. Final por bernardinas, de trazo justo, rematadas por un soberbio pase de pecho que cruzó hasta la hombrera contraria. La estocada cayó baja, pero la oreja fue tributo al torero valiente que, sin esperar respuesta del toro ni del público, dejó una página inédita en su historia.
Salió el quinto, bien presentado, con el trapío que exige esta plaza severa. Sin lucimiento con el capote, pasó discretamente por el primer tercio. José Antonio Barroso administró dos puyazos leves, midiendo con sabiduría la justa exigencia del burel. Pero Fernando Adrián tenía otra idea: de rodillas en los medios, lo recibió por la espalda en un alarde de entrega total. Y desde allí, la faena empezó a fluir con derechazos de notable trazo. Volvió a la rodilla en los medios, como si el suelo fuera su territorio natural, regalando muletazos hondos, ligados, llenos de actitud. El madrileño se lo pasó por la espalda, en gestos de arrojo y temeridad, marcando una faena que, aunque alocada por momentos, tuvo el aroma de la autenticidad. Y como ocurre cuando el alma torera se desborda, vino la voltereta: un desplante, un instante, y el toro le prendió con violencia. La caída fue dura, pero afortunadamente sin aparentes consecuencias más allá del golpe. Se repuso con entereza y dejó una estocada tendida, suficiente para hacer claudicar al toro. Adrenalina, valor, y esa conexión casi irracional que a veces se impone a la razón. Quizá excesivas en frío, pero el calor del percance dictó sentencia.
Y cerró la corrida un toro de semblante serio, armónico de hechuras y con pitones que hablaban de respeto. En la capa no terminó de definirse, pero Ginés Marín dejó una media de gusto, como pincelada delicada en un lienzo aún por descubrir. Pasó con discreción por el caballo, donde Guillermo Marín dosificó el castigo ante las justas fuerzas del astado, evitando quebrar un fondo que ya venía medido. Con la muleta, el extremeño lo recibió de rodillas en el tercio, iniciando pronto la faena con toreo en redondo. Ligó los pases con temple y cerró la tanda con un molinete, en una apertura que mezcló prontitud y compostura. En los medios, Ginés apretó más, buscando el fondo oculto del toro, y dejó derechazos de notable hondura, siempre tratando de hilvanar los muletazos, dándole recorrido con pulcritud. Los muletazos fueron limpios, largos, y se sintió que el toro iba toreado, aunque la transmisión no terminó de levantar vuelo. Faltó ese brillo visceral, pero lo que hubo fue orden, estructura y una faena con sentido. Finalizó por bernardinas, con ese sabor clásico que Ginés sabe administrar. Pinchó antes de dejar una estocada en lo alto. La oreja fue justa, premiando el saber estar del torero que cerró con oficio una tarde de contrastes.
Fotografías : Emilio Méndez / Suerte Matador.
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