Curro Vázquez, César Rincón y Olga Casado, por la Puerta Grande de Madrid en el homenaje a Antoñete
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La jornada del Día de la Hispanidad en Madrid comenzó con un acto de memoria y arte. La Monumental de Las Ventas colgó el cartel de «No hay Billetes» en su función matinal para acoger el esperado Festival Benéfico Pro Monumento a Antonio Chenel «Antoñete», una cita que reunió a varias leyendas del toreo y que se convirtió en un emocionante viaje al pasado.
El cartel, de auténtico lujo, contó con el rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza, y los matadores Curro Vázquez, César Rincón, Enrique Ponce, Morante de la Puebla y la novillera Olga Casado. Las reses, de diferentes ganaderías (incluyendo Garcigrande, El Capea y José Luis Osborne), ofrecieron un juego desigual, pero permitieron momentos de gran toreo.
La faena de la mañana la firmó Curro Vázquez. El maestro, a sus 74 años, demostró que la torería no tiene edad. Ante un toro noble y con clase, el Curro de Madrid bordó el toreo a la verónica y, en la muleta, supo extraer series de gran empaque y temple. El público, entregado y emocionado ante la resurrección de un estilo, le pidió y le concedió unánimemente las dos orejas, saliendo a hombros por la Puerta Grande, un triunfo que resonó a gloria.
Junto a él, el colombiano César Rincón mostró la garra y la rotundidad que lo hicieron ídolo de Madrid. Su faena, de toreo vertical y poderosos muletazos, caló hondo en los tendidos. La efectividad con el acero le permitió pasear también las dos orejas y unirse al maestro Vázquez en la salida a hombros.
Enrique Ponce dejó ver su inmensa clase en una faena de maestría y sello personal. A pesar de que su novillo se apagó pronto, Ponce supo alargar y mimar las embestidas, extrayendo agua de donde no la había. Cortó una oreja que pudo ser más, pero su magisterio quedó patente.
Morante de la Puebla, cuyo compromiso con el festival fue absoluto, lidió su novillo entre los vítores y la expectación que genera su figura. A pesar de que su oponente no fue un dechado de virtudes, el de La Puebla dejó detalles de su genio y temple. Paseó una oreja, sumando un trofeo al festival benéfico antes de la corrida vespertina, donde anunciaría su histórica retirada.
El festival lo cerró la novillera Olga Casado, que demostró actitud y buen concepto. La joven madrileña no se amedrentó ante el compromiso, y su faena, resuelta con decisión, fue premiada con dos orejas, lo que le permitió abrir la Puerta Grande junto a las dos leyendas del toreo.
El rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza fue ovacionado, sin demasiada colaboración de su astado de El Capea, pero con la brillantez habitual en sus monturas.
La mañana fue, en esencia, un emotivo homenaje a la memoria de Antoñete, revivido a través de la pasión intacta de los que fueron sus compañeros y la ilusión del futuro del toreo.
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