Con los riñones encajados y el alma abierta, Borja Jiménez conquista Azpeitia frente a los Murteira
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Paco Ureña salió pronto y en la mano, recibiendo al de Murteira Grave con verónicas de pecho abierto, acompasadas, y una media rematada hasta el final, como quien quiere dejar claro que el toreo empieza desde el saludo. El toro, de muy buena presencia, fue castigado con severidad por Cristian Romero en varas, marcando el tono áspero de lo que vendría. El murciano quitó por chicuelinas, rematadas con la cintura rota, de gran expresión. En banderillas, Agustín de Espartinas dejó dos pares de categoría y saludó montera en mano, encendiendo el tendido.
La faena comenzó en los medios, Ureña de rodillas, citando de lejos. El toro se comió la muleta en el primer muletazo y se la rompió, obligando al cambio. Volvió a ponerse de rodillas, y esta vez sí, enjaretó derechazos de poder, de torero que no se arruga. El toro, sin fondo, se quedaba corto, embestía a trompicones, y Ureña tragó. Se cruzó, se metió en cercanías, toreó sin perderle un paso, dejando derechazos uno tras otro, en la delgada línea que separa el triunfo de la tragedia. Faena de exposición, de valor seco, de torero que no negocia con el miedo.
Finalizó por manoletinas, muy cerca, y dejó una estocada caída casi entera. Vuelta al ruedo con fuerte petición, premio a la entrega, al valor, y a la torería sin adornos.
El segundo de Murteira Grave salió imponente, con estampa de respeto y hechuras de embestir. Borja Jiménez lo recibió con verónicas alternadas por chicuelinas, en un saludo variado y expresivo que marcó el pulso de la faena. En varas, Tito Sandoval dejó un puyazo sutil, medido, como quien sabe que el toro pide mimo más que castigo.
En los medios, Jiménez inició por estatuarios, pasándoselo por la espalda, y ya perfilado, enjaretó muletazos soberbios, citando de largo y girando sobre su pierna izquierda, eje firme de unos derechazos que fueron, hasta el momento, los más impactantes de la feria. Toreo de figura acoplada, de brazo que dibuja y cuerpo que acompaña, con la barbilla encajada en el pecho y los riñones entregados.
Las zapatillas parecían imantadas al suelo, de emoción contenida. Los naturales tuvieron profundidad, cadencia, y un sabor de toreo caro. El desplante final rozó la tragedia, como si el valor se midiera en milímetros. Gran toro de Murteira Grave, bravo y con clase, y gran momento el que atraviesa el diestro de Espartinas, que lo entendió y lo exprimió con torería. Finalizó por ayudados por alto, y dejó una estocada trasera, necesaria de un certero golpe de verduguillo. Oreja tras aviso, premio a la conjunción de bravura y poder, de toro y torero.
El tercero de Murteira Grave, bien armado, no dio juego en el capote. Salió sin celo, sin intención de embestir, como si la lidia le fuera ajena desde el primer paso. En varas, Rubén Sánchez le aplicó un castigo severo, intentando despertar lo que no parecía estar ahí.
En banderillas, Fernando Sánchez saludó montera en mano tras un par cumbre, de los que encienden el tendido aunque el toro no acompañe. Con la muleta, Tomás Rufo trató de estructurar una faena, pero no se le vio cómodo ni en momento. El toro tenía querencias descaradas a tablas, y apenas se desplazaba. En una serie, llegó incluso a fugarse con el torero delante, dejando claro que no había voluntad de embestir. Rufo lo sostuvo como pudo, intentando que hubiera faena donde no había materia. Pero entre la falta de entrega del toro y la ausencia de decisión plena del torero, el conjunto se diluyó. Faena imposible, más por la condición del animal que por el intento del torero.
La estocada cayó baja, y Rufo pidió perdón, consciente del desacierto. Ovación con saludos, más por el respeto que por el resultado, ante un toro que no solo negó el triunfo, sino también la faena.
El cuarto de Murteira Grave, con menos cara que sus hermanos, fue recibido por Paco Ureña con verónicas de sello propio, templadas, hondas, como quien torea con el alma desde el primer lance. Tras el puyazo medido de Juan Bernal, volvió a dejar otro ramillete de verónicas que calaron en el tendido. Brindó al público y comenzó por ayudados por alto, con solemnidad. El toro no era fácil: pedía papeles, colocación precisa y agilidad mental en cada embestida. No tenía bravura ni movilidad, pero sí peligro seco, de ese que no avisa. Ureña lo vio claro y se puso muy encima, encajado como solo él sabe, tirando de una embestida que a veces pasaba y otras tantas soltaba derrotes con peligro en cada pitón.
Fue faena de exposición, de torero que no se esconde, que se entrega aunque el toro no lo acompañe. Faena de mérito, de valor sin alharacas, de quien sabe que el toreo también se mide en la capacidad de sostener lo que no embiste. Dejó una estocada en el sitio, metiendo bien la mano. Luego, tres intentos con el descabello antes del acierto. Ovación tras aviso, reconocimiento a la entrega y al oficio ante un toro que no ofreció nada, salvo peligro.
El quinto de Murteira Grave, aplaudido por su estampa seria y armoniosa, fue recibido por Borja Jiménez de rodillas con una larga afarolada seguida de una cambiada, como quien quiere dejar claro desde el saludo que hay torero y hay intención. El paso por el peto fue sutil, medido por Vicente González, respetando la condición del toro.
Brindó al público y comenzó una faena de encaje, asentado, firme, tirando de la embestida por abajo, poniendo todo a favor del toro y del toreo. Inconmensurable el de Espartinas, que se lo pasó por la espalda como quien sortea dos navajas vivas, pues el toro derrotaba con casta en cada trazo. Bravo, exigente, con emoción.
Jiménez puso poder y mando, y la faena fue creciendo en intensidad. Los molinetes fueron adornos extraordinarios, y las vitolinas, pasajes de torero con gusto y expresión. Finalizó por ayudados por alto, rematados con un larguísimo pase de pecho, como quien sabe que las faenas tienen una medida concreta: lo justo, sin excederse, y a matar.
Sonreía Jiménez tras sentirse en plenitud, consciente de haber cuajado una faena de peso. Con la espada se emborronó el conjunto: un pinchazo y una estocada algo caída en dos tiempos. Oreja, premio a la firmeza, al temple, y al momento dulce de un torero que manda y emociona.
El sexto y último de Murteira Grave, aplaudido por su imponente presencia, salió con aire de respeto. Tomás Rufo lo saludó con verónicas y delantales de mucha categoría, templados, con cadencia. En varas, José Antonio Barroso dejó un puyazo medido, justo y eficaz. El tercio de banderillas fue de los que se recuerdan: Sergio Blasco lidió con agilidad, mientras Andrés Revuelta y Fernando Sánchez dejaron pares en lo alto, con torería, saludando montera en mano ante el clamor del tendido puesto en pie.
Rufo brindó al público e inició la faena por estatuarios, con solemnidad. En los medios, dejó derechazos de largura, con ligazón y temple, en un inicio muy torero. El toro pedía juego de alturas, pues el exceso de mano baja rompía la embestida. Rufo lo entendió y toreó con la muleta cogida desde atrás, donde realmente pesa, con la yema de los dedos, llevándolo toreado, con suavidad y firmeza. Lo citaba desde adelante y lo llevaba hasta detrás, hasta donde llega la hombrera, en una expresión de toreo profundo. Los naturales fueron soberbios, muy por encima del toro, con hondura y estética. Finalizó en redondo, en cercanías, con luquesinas y un desplante de altura.
Antes de cuadrarlo, dejó manoletinas ceñidas, de emoción contenida. Pinchó en el primer intento y dejó una estocada en el sitio en el segundo. Oreja, premio a una faena de inteligencia, que cerró Azpeitia con aroma de grandeza.
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