Ampuero se abrió en dos : Curro Díaz toreó al alma, Barroso al corazón

Última actualización: 11 de septiembre de 2025Por

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Salió el primero de Antonio Bañuelos, un tío con muchos kilos, serio, rotundo, como si la plaza se llenara de presencia en un solo animal. Sergio Domínguez lo recibió con “Ecuador”, firme y templado, dejando tres rejones de castigo, porque el segundo no entró entero y el tercero fue puesto en el sitio, como quien corrige sin perder el compás.

Con “Hispania” se vino arriba: tres banderillas de poder a poder, de colocación precisa, de verdad sin maquillaje. El caballo voló, el toro se entregó, y la plaza respiró toreo a caballo del bueno, más lidiador que estético, pues había que estar delante. Finalizó con “Litri”, donde la faena quiso cerrarse con pulso. Dos pinchazos precedieron al rejonazo certero, como quien encuentra la llave tras tantear la cerradura. Vuelta al ruedo.

El segundo de Antonio Bañuelos, bien armado, salió con nobleza contenida. Curro Díaz lo saludó con verónicas templadas, de buen trazo, como quien acaricia el aire sin romperlo. En el peto, el castigo fue sutil, respetuoso, como si el toro ya viniera escrito. Brindó al público, y el de Linares comenzó a trenzar una faena plena de gusto y clasicismo. Toreo vertical, asentado, girando sobre la pierna derecha como eje de una arquitectura serena. El toro, justo de fuerzas pero sobrado de clase, permitió que la muleta se convirtiera en pincel.

Los naturales fueron sublimes, y cada muletazo tuvo sinceridad y honradez torera. No hubo alardes, solo verdad. Cerró la obra con bellos remates por abajo, trincherazos de gran calidad, como quien firma con caligrafía antigua. Pinchó en el primer intento, y dejó una estocada algo baja en el segundo. Oreja.

El tercero de Antonio Bañuelos, bien presentado para lo que exige Ampuero, salió con nobleza y clase. Tristán Barroso lo saludó con verónicas de buen trazo, templadas, como quien acaricia la embestida sin romperla. En varas, el paso fue medido, justo, como si el toro pidiera respeto y no castigo. Brindó a su compañero de cartel, Curro Díaz, y con la muleta comenzó a hilvanar una faena de hondura, de trazo largo y alma abierta. El toro, noble y con calidad, permitió que el francés tejiera su toreo poco a poco, sin prisas, como quien sabe que la belleza no se fuerza.

Vinieron los derechazos de poder y mando, y Barroso se gustó. Y Ampuero, con él. La faena creció en intensidad, en expresión, en verdad. Y cuando todo estaba dicho, dejó una estocada en el sitio, de efecto fulminante, como quien firma sin tachaduras. Dos orejas.

El cuarto de Antonio Bañuelos salió con patas, con brío, como si la plaza se llenara de movimiento. Sergio Domínguez lo recibió a lomos de “Esférico”, dejando dos rejones de castigo, medidos, como quien marca el terreno sin romper la armonía. Lo mejor de su tarde llegó con “Olé”, caballo de fina estampa, que bordó quiebros de belleza y pasajes de temple y poder. La tercera banderilla fue la cima: colocada con templanza, con expresión, como si el tiempo se detuviera en el embroque.

Con “Quite” llegaron las banderillas de clasicismo, sobrias, bien trazadas, como quien respeta el canon. Cerró con “Nana”, dejando dos banderillas cortas de buena factura, como quien quiere rematar con dulzura. Pero la espada no acompañó. Un metisaca y un segundo encuentro que descordó al toro. El puntillero falló en repetidas ocasiones, y la plaza respondió con sonora pitada al banderillero. Silencio.

El quinto de Antonio Bañuelos, bien presentado, salió sin alma para el lucimiento. No hubo capa que brillara, ni brindis que anunciara esperanza. En varas, el castigo fue severo, como si el destino ya estuviera escrito en el morrillo. Pero Curro Díaz no se resignó. Lo metió en vereda, como quien doma el silencio. Empezó a trenzar muletazos de envergadura, extrayendo lo poco que tenía un toro sin celo ni transmisión. Toreo de fondo, de convicción, de quien no espera que el toro lo regale, sino que lo exige.

Y cuando la faena pedía cierre, se metió entre pitones. Dos tandas en redondo, rematadas con un desplante desarmado que caló hondo, como si el gesto dijera más que el muletazo. La estocada fue grande, rotunda, como quien firma con sangre lo que el toro negó con alma. Oreja.

El sexto de Antonio Bañuelos no dio lugar al lucimiento de capa. En el caballo, el paso fue sutil, sin estridencias, como si el toro pidiera respeto más que castigo. En la muleta, embistió a trompicones, con nobleza pero sin ritmo, como si dudara de sí mismo.

Pero Tristán Barroso no dudó. Poco a poco, con pulso y verdad, lo fue metiendo en faena. Se encajó de riñones, apostó por la verticalidad y el toreo de trazo corto, muy encima del toro, muy sentido, como quien torea desde dentro. Cada muletazo fue una conquista, cada serie una afirmación. Todo tuvo autenticidad. Y entonces, Ampuero se sintió con él. La plaza, que había guardado silencio, se rindió al temple. Cerró con manoletinas sin ayuda, como quien se entrega sin red. Y el estoconazo fue rotundo, como quien firma con sangre lo que ha escrito con alma. Dos orejas y rabo.

Corrida Mixta :
Ampuero (Cantabria):
Entrada : Un cuarto de plaza.
Toros : Antonio Bañuelos : El 6º fue premiado con la vuelta al ruedo.
– Sergio Domínguez : Vuelta al ruedo y Silencio.
– Curro Díaz : Oreja y Oreja.
– Tristán Barroso : Dos orejas y Dos orejas y rabo.
Sobresaliente : Daniel Menés.
Por Aitor Vian.
Fotografías : J.Pascual.

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