A chaleco abierto y corazón desnudo: la arrolladora épica de Samuel Navalón en Hellín

Última actualización: 7 de abril de 2026Por

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El abreplaza de Alcurrucén pisó la arena sumido en un letargo, huérfano de fuego y codicia. Anclado en los medios, obligó a El Cid a peregrinar hasta sus dominios para robarle alguna verónica suelta. Tras un severo puyazo y un tercio de banderillas que exigió a los hombres de plata pisar terrenos de angustia, el maestro de Salteras brindó al cónclave. Descorrió el telón llevándose al astado al centro y desnudó su cetro: esa zurda prodigiosa, cinceladora de tantas glorias.

Con paciencia de orfebre, dándole todas las ventajas, brotó el milagro. La muleta voló rastrera barriendo el albero, confirmando que el magisterio del torero sigue intacto. Y aunque el pitón derecho fue un erial de embestidas broncas, El Cid coronó la danza con un soberano desplante a cuerpo limpio. El acero, esquivo en el primer encuentro, viajó fulminante en el segundo embroque. Cayó el toro y el clamor de la plaza se fundió en una cálida ovación.

Irrumpió el segundo con sed de embestida, astillando los burladeros con codicia, aunque el capote de Víctor Hernández no logró tejer el lucimiento deseado. Tras el castigo medido en el caballo, se desató la épica. Brilló la lida de Marcos Prieto y el ruedo contuvo el aliento con las banderillas de Yelco Álvarez: con los pitones rozándole el corazón, clavó con tanta verdad que fue obligado a saludar montera en mano bajo el clamor.

El brindis voló hacia el tendido, honrando las cicatrices madrileñas de Cristian Pérez. En el tercio, el manchego se hizo de hielo; ni los secos derrotes iniciales del astado lograron quebrar su aplomo. Ya en los medios, de figura erguida y riñones encajados, esculpió derechazos que hicieron vibrar la tarde. Al natural, la zurda barrió la arena, y el sutil quiebro de sus muñecas hizo bailar al de Alcurrucén en una danza hipnótica, abrochada al final con manoletinas de angustioso ajuste.

Con la espada en todo lo alto, el desmayo de un espectador en la grada detuvo el tiempo. Enfriada la escena y tras la pausa, tanto el acero (pinchazo y estocada contraria) como el descabello (tres pinchazos) se mostraron esquivos, diluyendo el triunfo y dejando la obra en una sentida ovación tras aviso.

El tercero irrumpió con fuego en la sangre. Samuel Navalón lo esperó de hinojos, incendiando Hellín con vibrantes largas cambiadas para luego mecer el engaño en verónicas de cadencia. Tras el castigo medido en varas y un quite por ajustadísimas chicuelinas, Candelas dictó una lección en banderillas asomándose al balcón para dejar los palos en todo lo alto.

Con el toro brindado a Cristian Pérez, el diestro echó de nuevo las dos rodillas a la arena para iniciar el trasteo. Ya en los medios, la fiera se arrancó de largo y Navalón logró domar el vendaval, encauzando la embestida con derechazos de trazo hondo y rotundo. Fue en esa cumbre del fragor cuando un infortunado tropiezo desató el drama: el astado hizo presa, propinándole una paliza brutal que amenazó con quebrar sus costillas bajo la arena. Pero el héroe, de raza indomable, no se rinde. Se desabrochó el chaleco, se irguió frente a la adversidad y, maltrecho, arrancó derechazos colosales que levantaron como un resorte al coso albaceteño.

El epílogo fue de infarto, tejiendo unas bernardinas a cuerpo limpio, sin la ayuda del acero, que hicieron hervir los tendidos. Una estocada tendida, pero de efecto fulminante, desató la locura final y puso en sus manos el merecido premio de las dos orejas.

El cuarto asomó por chiqueros y El Cid lo envolvió en el vuelo del capote, dibujando hondos delantales y mecidas verónicas. Tras el castigo medido de Javier Ortiz en el peto, el maestro de Salteras sumó su brindis al sentido homenaje coral a Cristian Pérez.

Inició la danza llevándose al animal por alto hacia el corazón del ruedo. Ante un astado carente de fuego y sostenido por alfileres, el sevillano tuvo que oficiar con mimo de enfermero. Manejó las alturas con tacto de seda, sabedor de que el menor castigo por bajo quebraría la frágil compostura de su oponente. Huérfana de emoción la embestida, acortó distancias, pisando terrenos de angustia para exprimir hasta la última gota de aquel pozo seco. El epílogo destiló torería: dibujó bellos ayudados por alto y trincherazos de cartel, sellando la obra con un romántico beso en la testuz, como rúbrica y adiós a su fugaz alianza.

Sin embargo, el acero se tornó en cruz. Hasta ocho pinchazos hondos precedieron al letal y fulminante espadazo definitivo. Pese a escuchar dos avisos, el coso se volcó en una ovación reverencial, un tributo de pura admiración que obligó al torero, reticente al principio, a saludar desde el tercio abrazado por el cariño innegociable de la afición.

El quinto irrumpió en la arena como un vendaval. Víctor Hernández, sediento de gloria y dispuesto a reventar la plaza, lo aguardó hincado de hinojos. La vibrante larga cambiada fue la chispa que encendió los tendidos, prologando un ramillete de mecidas y templadas verónicas.

Tras el castigo medido de Agustín Collado en el peto, el diestro cortó la respiración del coso con un quite por ajustadísimas saltilleras, un alarde de valor puro. En los rehiletes, Marcos Prieto honró la plata con pares de gran exposición. Desplegó la franela en los medios, clavado en la arena para esculpir hieráticos y bellos estatuarios. Y entonces, como un trueno en una tormenta de verano, estalló la tanda más rotunda de la tarde: atornillado sobre una pierna derecha inquebrantable, toreó muy encima, girando y sometiendo la fiera embestida. Cuando el astado buscó el refugio de las tablas, marcando su mansa querencia, la zurda le robó naturales de una hondura infinita.

El manchego exprimió al animal hasta la última gota de su bravura, abrochando la lidia en redondo y culminando con un desplante a pecho descubierto, arrojando los trastos para poner a Hellín en pie. Sin embargo, el laberinto del acero emborronó la gesta; tras fallar con los aceros y tener que recurrir al verduguillo, el anhelado trofeo se esfumó, quedando todo en una clamorosa y merecida vuelta al ruedo tras sonar un aviso.

El cierraplaza, dueño de una estampa imponente y erigido como el mejor presentado del encierro, saltó a la arena para encontrarse con la inspiración de Samuel Navalón. El torero lo recibió esculpiendo una preciosa tijerina, preludio mágico de las verónicas más hondas, templadas y acompasadas que mecieron la tarde.

El tercio de varas desató la fuerza bruta y el dramatismo. El astado se arrancó haciendo romana en los pechos del caballo, derribando con estrépito al picador Agustín Moreno. Repuesto del trance, el castigo en el segundo encuentro cayó con severidad, marcando el hierro un tanto bajo. Pero Navalón, lejos de amilanarse, volvió a acariciar el viento en un quite donde trenzó, con angustioso ajuste, ceñidas chicuelinas y vibrantes tafalleras. Con la montera en mano y el alma entregada, ofrendó la última labor de la tarde al público. Ya en el corazón del ruedo, descorrió el telón parando el tiempo con unos pases del péndulo dictados con soberana autoridad y la planta clavada en la arena. A partir de ahí, la obra fue un derroche de firmeza y trazo largo. El toreo al natural le exigió tragar quina y mostrar sus credenciales; el bravo y exigente ejemplar de Alcurrucén derrotaba buscando las nubes al final del viaje, amenazando con desdibujar la hermosa escultura del torero.

Aun así, la faena fue un manantial de chispa y vibración frente a un gran astado. A la hora de la verdad, el acero viajó tendido y algo trasero. El laberinto final del descabello pidió dos dolorosos peajes antes de encontrar el golpe certero. Finalmente, tras sonar un aviso, cayó en sus manos una oreja de peso, digno broche para clausurar la épica de la tarde.

Corrida de Toros :
Hellín (Albacete):
Entrada : Más de media plaza.
Toros : Alcurrucén.
– El Cid : Ovación con saludos y Ovación con saludos tras dos avisos.
– Víctor Hernández : Ovación con saludos tras aviso y Vuelta al ruedo tras aviso.
– Samuel Navalón : Dos orejas y Oreja.
Incidencias : Tras finalizar el paseíllo se guardó un minuto de silencio en memoria de Ricardo Ortiz, recientemente fallecido. Yelco Álvarez saludó tras parear al 2º.

Fotografías : Paco Gabaldón.

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